Cataluña

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La dignidad del Raval

Día 02/11/2011

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Con el Pla de barris del Raval Sud de Barcelona ya aprobado, quizás sea éste un buen momento para incidir en elementos que, más allá de las pancartas balconeras, condicionan la dignidad de los espacios del Raval y de sus habitantes. La campaña del «Volem un barri digne», que nació en parte de la sensación de «promesa incumplida» que había en el vecindario, sigue obsesionada con la visibilidad de la miseria y, al igual que ha hecho alguna campaña mediática reciente, reivindica más la presencia policial y el código penal que otros dignificadores urbanos como son los espacios verdes y públicos, la vivienda en condiciones, la mezcla social y el equilibrio de usos, la tranquilidad, la salubridad y los equipamientos.

Los «problemas» del barrio ya fueron denunciados con vehemencia en el pasado, por los higienistas de finales del XIX, y descritos por reporteros como Francisco Madrid, de «El Escándalo», quien en 1925 bautizó al «Barrio Chino». Más adelante, en los años treinta, los arquitectos del GATCPAC propusieron medidas de cirugía urbana para paliar la situación «por imperativo de la profilaxis más elemental».

En los sesenta, los arquitectos Bonet, Bohigas y Martorell recuperaban la idea de machacar sin muchas contemplaciones parte del área, mediante la propuesta de un eje que debía unir las Ramblas y Montjuic. La redención, por lo visto, llegaría con las excavadoras. En todo caso, la «conflictividad» de la zona viene de lejos y, más que a la coyuntura actual, se debe a la perpetuación de determinada situación funcional y estratégica respecto al resto de la ciudad. Se debe recordar que, ya en el siglo XVIII, las casernas de las atarazanas incentivaron la prostitución a su alrededor, y desde 1951 fue la sexta flota americana la que se encargó de reflotar el negocio del sexo en el Chino.

Así, puestos a denunciar cabría considerar también las numerosas oportunidades perdidas en el barrio, y las deficiencias y errores urbanísticos y arquitectónicos que éste ha ido padeciendo, ya desde la apertura de la avenida Drassanes y la construcción de la Torre Colón, a mediados del siglo pasado.

El patio del antiguo Hospital de la Santa Creu i Sant Pau es, actualmente, el único espacio verde «digno» de una zona condenada al abarrotamiento. Los Horts de Sant Pau, la plaza Folch i Torres, la Illa Robadors (que parece recuperar un pedazo de la trama propuesta por Bonet & Cia.), la futura Gardunya o el interior de la nueva Universitat de Geografía y Historia son ejemplos de espacios públicos insuficientes y mal cualificados. En su momento no se quiso parar la avalancha de hoteles, bares, apartamentos y guiris, como tampoco se supo articular, hace veinte años, el espacio urbano en los aledaños del MACBA, ni se ha protegido o reciclado el patrimonio edilicio, que cuenta con algunos ejemplos fantásticos de «casa-fàbrica».

Mientras, las nuevas arquitecturas como la Filmoteca, las oficinas de la Seguridad Social y el Hotel Acta Mimic de la calle Arc del teatre, proponen volúmenes descontextualizados y kitsch que, más que «hacer ciudad», la trastornan insensiblemente. La dignidad espacial, urbana y arquitectónica también está en juego: las pancartas, en ocasiones, ocultan los verdaderos problemas.

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