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Los secretos de La Almudena

Los 126 años de este cementerio guardan multitud de historias desconocidas por los madrileños que estos días llevan flores a sus familiares

Día 01/11/2011
En 2008, unos «okupas» se hicieron con el abandonado edificio que hay en la entrada principal del cementerio. Cuatro años después, continúan sin que un juez los desaloje. Las fiestas que organizan y la suciedad que generan perjudican la finalidad de este lugar sagrado.
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No tenía que inaugurarse el cementerio de La Almudena como lo hizo. Al menos no era lo que estaba previsto en el proyecto inicial de los arquitectos Arbós y Urieste para la construcción de la gran Necrópolis del Este en 1878. Un brote de cólera en Europa provocó en 1884 que se cerraran todos los cementerios en Madrid, desbordados de cadáveres. Así lo explica Agustín Mezcua, jefe del departamento de cementerios de la Empresa Mixta de Servicios Funerarios, encargada de gestionar los 13 camposantos municipales de la capital. Ante tal urgencia, deprisa y corriendo, se habilita un cementerio para acoger el servicio extraordinario de epidemias. Oficialmente, esta base póstuma se denominó Cementerio de Epidemias. Aún hoy se conserva esa calificación. Era el pequeño Pedro Regalado el primer cadáver al que se daba sepultura en este sagrado lugar.

Cuatro días antes se enterraba el cuerpo de Maravilla Leal González en el Cementerio Civil, que forma parte también de Epidemias. Supuestamente, esta joven se suicidó y por esa razón se denegó su descanso en la parte católica. Esta parcela es el reducto de la heterodoxia española, del inconformismo, de los reivindicadores obreros. En su tierra yacen los restos de Pablo Iglesias, Jaime Vera, Salmerón, Pi y Margall, Largo Caballero, Blas de Otero y una de las tumbas más visitadas, la de Dolores Ibárruri Gómez, la Pasionaria, entre otros.

Nace por reclamo popular

Con el tiempo, el Cementerio de Epidemias se incorpora a la Necrópolis, cuya obra queda paralizada por las necesidades del cólera. En 1925 se inauguraría toda la obra con ciertas modificaciones del primer proyecto. El lavado de cara lo ejerce el arquitecto Luis García Nava, que deja lo esencial de Arbós y Urieste, pero dotándole de un estilo modernista. En 1955 se procedería a su ampliación. Por el momento, no hay problemas de capacidad para futuros difuntos.

La Almudena, cuya acuñación se desconoce cómo cuándo y por qué surgió —aunque se entiende que recibe el nombre de la Virgen patrona de Madrid— se erigió por reclamo popular. Los cementerios de la época estaban desbordados de cadáveres y crecían hasta el punto de permanecer pegados a las casas de los ciudadanos.

Ya lo criticaban y notificaban Mesonero Romanos y Fernández de los Ríos aquellos años: «La distancia entre vivos y muertos es de diez metros o tabique por medio». El 20 de agosto de 1876, los vecinos del barrio de Chamberí escriben al Ayuntamiento solicitando la clausura de los cementerios del General del Norte, San Ginés, San Luis y La Patriarcal. «Basta salir a la calle de Fuencarral en dirección a estos cementerios a cualquier hora, y sobre todo cuando soplan los vientos del norte y noroeste [...] que con sus miasmas pútridas y nauseabundas pueden no sólo fomentar y recrudecer las epidemias, sino provocar su desarrollo, llevando el luto y la desolación al vecindario de Madrid». Entonces se consideró seguir el plan de José Bonaparte de crear los cementerios del Oeste y del Este.

Baja la afluencia de público

El valor cultural de este lugar es incalculable. Este camposanto, de los más grandes de Europa, se han ocultado cerca de cinco millones de cadáveres en sus 126 años de existencia. El Día de los Difuntos y de Todos los Santos, las visitas superan las 300.000 personas. Hace un cuarto de siglo, esta cifra alcanzaba el millón. Las razones pueden ser la pérdida de esta costumbre o, como explica Mezcua «la dispersión de la población a otros municipios». El incremento de incineraciones ha sido constante desde 1973, momento en que se inició el proceso con 48 cremaciones. Hoy, la cifra se eleva a 8.500 anuales. Algunas cenizas descansan en el cementerio y otras se las lleva la familia.

Los fantasmas y las leyendas se han sucedido en este lugar generación tras generación. «Antes, al realizarse mal los enterramientos se producían los fuegos fatuos —humo blanquecino que emana de cuerpos o vegetales en proceso de putrefacción—. Ahora las condiciones de seguridad y salubridad son inmejorables y no hay nada que pueda hacer creer a la gente que está viendo un fantasma».

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