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Jesse Owens, la leyenda olímpica

Se impuso a Hitler, en los Juegos de Berlín de 1936, al ganar cuatro medallas de oro de atletismo en seis días

Día 31/10/2011

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La hazaña sucedió en seis días de agosto de 1936. Hitler quería aprovechar los Juegos Olímpicos de Berlín como una demostración de la superioridad de la raza aria. Lo vemos en el documental «Olympia», de Leni Riefensthal.

Es el 3 de agosto. En el pasillo central de los 100 metros, un atleta negro, Jesse Owens, mira hacia delante, muy concentrado, con la frente fruncida. Sale como una bala, gana con facilidad, iguala el récord del mundo: 10.3 segundos.

Al día siguiente, es la final de salto de longitud. Jesse se ha hecho amigo de un atleta alemán, Lutz Long: «Colocó mi chándal en el punto exacto donde tenía que poner el pie, para que no me descalificaran». Vuela Jesse por el aire, sin aparente esfuerzo: gana y logra un nuevo récord olímpico: 8.06 metros. Años después, sigue recordando a su amigo: «Lloré el día que supe que Lutz había muerto, en la guerra».

En las eliminatorias de 200 metros, Owens ha batido el récord mundial: 21.3. En la final, el día 5, rebaja la marca hasta 20.7, nuevo récord olímpico y mundial. Una niña le entrega una corona de laurel y un tiesto con un pequeño roble. Le aclaman más de cien mil personas. En el podio, saluda militarmente, llevándose la mano a la frente.

El día 9, en la final de 4x100, el equipo de los Estados Unidos, con Jesse Owens, gana y logra un nuevo récord: 39.8 segundos. En una semana, cuatro pruebas atléticas y cuatro medallas de oro. Solo lo igualará Carl Lewis, en 1984.

Jesse Owen derrotaba, así, las tesis racistas hitlerianas. Dijeron que el Führer no saludó al vencedor... Lo desmiente el propio Owens en su «Autobiografía» (1970): «Cuando pasé, el Canciller se levantó, me saludó con la mano y yo devolví el saludo». Y resume su hazaña, con sencillez: «Para mí, lo importante era competir y ganar. Y haber hecho un amigo».

Había nacido en 1913 en Oakville (Alabama): era hijo de un granjero, nieto de un esclavo. Se llamaba James Cleveland («Jesse» es la pronunciación inglesa de sus dos iniciales).

Comenzó a correr en el instituto, a la vez que arreglaba zapatos: «Todo lo que los chicos podíamos hacer, en Alabama, era correr, así que corríamos». A los 18 años conoció a Ruth, «mi primer, mi único amor», y se casaron. Aceptó estudiar en la Universidad Estatal de Ohio, que le garantizaba un trabajo para su padre. El 25 de mayo de 1935, en solo 45 minutos, batió cuatro récords mundiales universitarios.

La hazaña de Berlín cambió su vida. En Alemania, firmaba tantos autógrafos que llegó a sufrir calambres en el brazo derecho y a utilizar a un doble... Pero no volvió a competir.

Al volver a Estados Unidos, el recibimiento fue apoteósico: los negros lo veían como un símbolo de su raza; los blancos, como el vencedor de Hitler. Pero siguió sufriendo las consecuencias del racismo: no lo recibió el presidente Roosevelt; no podía entrar en los restaurantes de los blancos ni subir en la parte delantera de los autobuses... Y algo más concreto: «Todos me estrechaban la mano, me daban palmadas en la espalda, me llevaban a sus fiestas. Pero nadie me ofrecía trabajo».

Se ganó la vida de muchas formas: aceptó correr contra caballos; fue botones en el Waldorf, animador de espectáculos, relaciones públicas, profesor de atletismo, pinchadiscos de jazz... No se quejaba: «Tengo amor, tengo recuerdos y mis semejantes me respetan». Murió de cáncer de pulmón en 1980, a los 66 años.

Hablaba Owens de los Juegos Olímpicos como metáfora de la vida: «La Olimpiada verdadera es la vida interior de cada uno. La vida, en sí, es una Olimpiada, donde luchamos cada día por mejorar nuestras marcas. Cada uno debe encontrar su propio camino, abrirlo y avanzar valerosamente. Así podremos lograr una victoria para siempre».

El atletismo fue el amor de su vida: «Siempre amé correr: puedes hacerlo a solas; puedes ir en cualquier dirección, lento o rápido, contra el viento o a favor, buscando nuevas perspectivas. Depende solo de tus piernas y de tu valor».

Y concluía: «Toda una vida de entrenamiento se resume en diez segundos». La de Jesse Owens se resumió en seis días de agosto de 1936, en Berlín, en los Juegos Olímpicos.

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