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Juan Manuel Fangio, «El Chueco»

Elegido en 1980 mejor piloto de la historia, veía en los coches algo más que piezas: a veces hasta les hablaba

Día 24/10/2011
Juan Manuel Fangio, «El Chueco»

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El automovilismo, entonces, era menos tecnológico, más romántico. En una vieja película, Fangio muestra lo que él necesitaba para correr: «En una sombrerera de mujer cabía todo: las antiparras, los guantes de cuero...». La cámara lo acompaña por el difícil circuito de Mónaco: va sentado, al aire, muy poco protegido; da botes, por los baches...

Los especialistas no tienen duda: ha sido el mejor. Así fue proclamado, en votación, en 1980. Tuvo el récord de títulos hasta que lo cedió, en el 2003, a Schumacher.

Por sus piernas arqueadas, le llamaron «el Chueco»; también «el Maestro», «el Gaucho»... Había nacido en Balcarce (Buenos Aires), en 1911, hijo de emigrantes italianos. A los once años, quiso ya trabajar como mecánico: «Los domingos iba a barrer al taller, sólo para mover los autos».

Montó un pequeño taller. En 1936, por primera vez, corrió en Marcos Juárez... con un taxi. Consiguió su primer coche de competición por suscripción de sus amigos.

En 1948, sufrió un accidente y murió su acompañante, Daniel Urrutia. Dio el salto a Europa: debutó en la Fórmula Uno en 1950, en Reims, con el equipo de Alfa Romeo. Ese año, quedó subcampeón del mundo, por detrás sólo de su jefe, Giuseppe Farina.

Pronto iba a cumplir su sueño: el 28 de octubre de 1951 ganó el Gran Pemio de España, en Pedralbes, y se proclamó Campeón del Mundo, con Alfa Romeo.

En 1952, sufrió su más grave accidente. Venía de correr en Irlanda: «Llegué a Monza después de conducir toda la noche, con lluvia. Durante la carrera, el cansancio fue más fuerte que yo». Estuvo cuatro meses fuera de los circuitos: muchos le daban ya por acabado.

No fue así. En 1953, ganó en Monza, desbordando a los dos ídolos italianos, Alberto Ascari y Giuseppe Farina, en la última vuelta. Fue segundo en la clasificación mundial, con Maserati.

Ingresó en 1954 en la «scuderia» Mercedes: conduciendo el mítico coche «Flecha de Plata», ganó los campeonatos mundiales de 1954 y 1955: «Tuve el sentimiento de estar sobre un auto perfecto, del tipo que los pilotos soñamos durante toda la vida». De las dos versiones del coche, prefería Fangio conducir el modelo sin guardabarros: así, veía mejor dónde colocaba las ruedas delanteras, en las curvas.

Ganó todavía el Campeonato Mundial con Ferrari, en 1956, y con Maserati, en 1957. Anecdóticamente, en su país le dieron un trofeo de su misma talla y peso; le declararon «Ciudadano ilustre de Buenos Aires», junto a Jorge Luis Borges.

Se retiró de las pistas el 10 de julio de 1958, en Reims: el mismo lugar donde había debutado, diez años antes. Murió, en su tierra, el 17 de julio de 1996.

Todos admiraban su estilo seco, preciso: en cada curva, repetía exactamente la misma conducción. Planeaba detenidamente su estrategia: «Las carreras se ganan en la preparación de los autos... Hay que ser amigo de los mecánicos. Ellos son los que hacen la carrera con vos».

No quiso nunca ser un corredor espectacular: «Para ganar, lo primero que hay que hacer es llegar... Las carreras se ganan lo mismo por una fracción de segundo que por un minuto».

Era un mecánico muy experto: en San Remo, la noche antes de la carrera, como el motor no funcionaba a su gusto, se pasó más de una hora puliendo el cigüeñal... y ganó, al día siguiente.

Todos subrayan su máxima sencillez. En Rosario, una vez, notó el circuito sucio, antes de la carrera, y, sin pensarlo más, cogió una escoba y se puso a barrer...

Le preocupaba dar buen ejemplo a los jóvenes. Se hizo famosa una máxima suya: «Hay que intentar ser el mejor, pero nunca creerse el mejor».

En las fotos de sus grandes triunfos se le ve con el casco, sin abrochar; los anteojos, sobre la frente; con gesto paciente, nada divo; con la cara redondeada de un panadero, por ejemplo, o de un actor italiano de la época... Los coches fueron sus mejores amigos: «Los autos de carreras no son, para mí, un conjunto de piezas mecánicas. Hasta me ha parecido que tienen alma, que tienen vida. Saben responderte si se les trata bien. Yo, a veces, hasta les hablaba». Y ellos, sin duda, sabían responderle.

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