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Recuerdo de Ángel Palomino

Día 16/10/2011 - 18.08h
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Los autores del artículo reivindican la figura del escritor toledano Ángel Palomino, a quien quieren sacar del incomprensible olvido. Fue un intelectual adelantado a su época que abordó todos los temas con una fina ironía

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Ángel Palomino
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Es conveniente distinguir, por un lado, la visión política que defiende un escritor y, por otro lado, el conjunto de su obra, aunque a veces haya una relación inevitable entre ambas. A veces resulta fácil hacer esta separación, por ejemplo cuando valoramos la belleza de una escultura, la de un edificio o un cuadro, pues en estos casos normalmente dejamos a un lado la ideología de su creador. Esto quizá no resulte tan fácil cuando se trata de la literatura, pero eso no implica que en el ámbito literario no deba hacerse tal separación. Desde luego que sería injusto que la ideología se impusiera como criterio relevante para juzgar (a favor o en contra) una obra literaria.

Hacer un recuerdo del novelista toledano Ángel Palomino supone resaltar una obra que nos parece interesante desde un punto de vista literario y que, sin embargo, duerme en el cajón del olvido. Reivindicar su obra implica reconocer también la actividad de un escritor que estuvo comprometido con Toledo, su ciudad natal.

El escritor Ángel Palomino Jiménez nació en la calle de Tornerías el 2 de agosto de 1919 en Toledo. Estudió el bachillerato en los Maristas. Hizo Ciencias químicas en la Universidad Central de Madrid. Fue profesor en la Academia militar de Toledo, donde enseñó Historia y Geografía. Posteriormente se dedicó a la actividad empresarial (desempeñando funciones directivas en cadenas hoteleras, como la de Meliá), lo que le llevó a viajar por todo el mundo, algo que reflejó en sus libros. Una curiosidad: fue director del Hostal del Cardenal de Toledo.

Finalmente, se dedicó por completo a la literatura, un mundo que descubrió en la década de los cuarenta. Como otros grandes literatos, comenzó escribiendo relatos breves y cuentos, llegando a ser colaborador activo en la prensa (en el ABC, el Ya, El Alcázar, la Codorniz…), donde a veces publicaba artículos con el seudónimo de G. Campanal y Ulises. Además, Ángel Palomino fue miembro numerario (tenía la medalla XXIV) de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, donde ingresó con un discurso (que fue contestado por Esperanza Pedraza) titulado «Toledo, capital de Europa para el año 2000», en el que defendía la existencia de razones poderosas para que Toledo fuera la capital de España y que la familia real podría residir en el Alcázar. En su discurso, Palomino expuso que la ciudad de Toledo nunca ha perdido totalmente el rango de capital de la nación, pues en muchas ocasiones ha sido el corazón primado y eminente de la hispanidad.

Falleció en Madrid el 20 de febrero de 2004 de un infarto (que le sobrevino en el transcurso de una comida), cuando contaba con 84 años. Ese día finalizó una vida intensa y polifacética, que en un tiempo vistió el recio uniforme militar (se retiró siendo capitán) y en otro se manchó los puños de la camisa de tinta, que pasó por las aulas de la Universidad y se impregnó de los olores a barniz y madera del taller paterno.

Escribió más de 33 libros, entre los que hay que incluir libros de cuentos (como el divertido Un jaguar y una rubia), de poesía humorística (como La Luna se llama Pérez), de biografía (Caudillo, que dedicó «a mis amigos escritores antifranquistas»), de epístolas (como Mis cartas a su Majestad y a otros personajes importantes), de humor (como Insultos, cortes e impertinencias. Cómo hacerlo), de imitación del estilo de otros escritores (como Pseudo García Márquez, pseudo Cela y otros pesudos más) y de historia y ensayo (como Defensa del Alcázar. Una epopeya de nuestro tiempo). Pero donde más destacó fue, sin duda, en el ámbito de la novela. Algunas de sus novelas tuvieron un enorme éxito de ventas, avalado por importantes premios literarios. Quizá sus novelas más conocidas sean Zamora y Gomorra (Premio Club Internacional de la Prensa en 1968), Torremolinos Gran Hotel (premio Alfaguara y Nacional de Literatura en 1971), Madrid Costa Fleming (Finalista del Planeta en 1973) y Divorcio para una virgen rota (Finalista del Planeta en 1977). Su última novela apareció en el 2000 y se tituló Han volado el toro del coñac. En este volumen ya se abordaba de forma premonitoria la posibilidad del fin del mundo de la tauromaquia.

¿Cómo era su estilo literario típicamente palominiano? En nuestra opinión, debemos resaltar cuatro características: 1.Sus novelas no se articulaban en torno a un argumento unitario. Tenían un carácter coral pues aparecían muchos personajes, lo que propiciaba la abundancia del diálogo y la presencia de numerosas tramas argumentales. 2.Sin duda, en sus escritos hay una apuesta por el sentido del humor (la crítica le relacionó con Fernández Flórez), que se expresa en muchas ocasiones como un método de crítica social. La ironía y buen humor no sólo se quedó, por cierto, en el ámbito de la literatura, pues nos consta que era un ingrediente más de la forma de ser de Ángel Palomino, que afloraba con naturalidad en su vida cotidiana. 3. En sus novelas hay un realismo que refleja un conocimiento profundo de la historia y de la sociedad española de ese momento, analizado siempre desde el cristal de la ironía, y 4. Abordó temas actuales de su momento (especialmente el boom turístico español y el aperturismo sexual, como reflejó el landismo en el cine) y otros en los que en cierta medida se adelantó a su tiempo, como el del divorcio, las drogas, los avances tecnológicos, los problemas de la corrupción, cómo las leyes a veces benefician a los delincuentes, etc. Hoy día casi todos sus libros están descatalogados, aunque aún quedan algunos en librerías de viejo.

Ángel Palomino sentía y vivía Toledo en su sangre; sus cargos de responsabilidad en el mundo hotelero le hicieron trasladar su residencia a Madrid, pero eso no impidió que perdiese el contacto con la ciudad Imperial. Escribió una novela que quiso que fuera toledana y que pasó desapercibida en lo que él denominaba con coña el ecosistema toledano. Nos referimos a Quiero un hijo de Julio, en la que un artista llamado Christo proyecta empapelar la catedral de Toledo y una mujer, que enviudó, quiere tener un hijo en Toledo, que es la cuna de la biogenética (es una manera de criticar la deshumanización del arte y de la ciencia). Creemos que es una verdadera lástima el olvido que padece este escritor que tanto amó Toledo (y que tiene, cosas del caprichoso destino, una calle dedicada en Torremolinos). Pero nos queda la obra y el amor por la peñascosa pesadumbre de un hombre bueno y generoso. Y el interesante legado de no tomarnos las cosas demasiado en serio.

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