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Harold Bloom: «Le di la espalda a la Academia sin pensar que sería un éxito»

El más respetado crítico literario acaba de publicar un nuevo libro, «Anatomía de la influencia»

Día 15/10/2011

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Harold Bloom (Nueva York, 1930)es el rey de la selva de la crítica literaria incluso cuando está a punto de quedarse sin fuerzas. En su casa de New Haven, en Connecticut, se enfrenta a esta entrevista con todo en contra. Tiene más de ochenta años, su salud es una «catástrofe» y no es imposible que su último libro sea literalmente el último. Sin embargo nunca se vio un testamento tan lleno de vida. Con «Anatomía de la influencia» (Taurus Pensamiento) se despide el mejor Bloom: el caballero defensor de los literariamente débiles, prisioneros de un mundo académico ideologizado y decadente que les condena a pensar y a leer inanidades políticamente correctas. Bloom morirá con las botas puestas. Lanzando gritos de guerra y advertencias tales como: «Si no puedes leer a Shakespeare en inglés, no lo leas en español, no hay traducciones lo suficientemente buenas; lee a Cervantes».

—¿Sugiere usted que tanto monta, monta tanto?

—Desde un punto de vista poético, de acceso a lo sublime, Shakespeare y Cervantes son lo mismo. Comparten el mismo nivel de grandeza. A mí no me consta que existan traducciones de Shakespeare al español lo suficientemente buenas. Entonces, mi consejo para un lector en español es que lea a Cervantes.

Hay que aclarar que Bloom predica y encarna una lectura tan ardiente y creativa que es casi reescritura en sí misma. Citando a Longino, el remoto y misterioso autor de un «Tratado sobre lo sublime» que nada ni nadie han superado, Bloom nos recuerda que la literatura sublime —«no la basura de Stephen King o J. K. Rowling»— se reconoce no por su pretenciosidad sino porque «transporta y engrandece» a sus lectores. «Al leer a un poeta sublime, como por ejemplo Píndaro o Safo, experimentamos algo parecido a la autoría, llegamos a creer que hemos creado aquello que sólo hemos oído», constata.

Ese es el núcleo del pensamiento de Bloom y de su obra fundacional de juventud, «La ansiedad de la influencia». En ella Bloom describía cómo todos los grandes autores —y algunos lectores extraordinarios— luchan a brazo partido contra la fascinación que les suscitan otros autores. «Borrar el nombre de tu precursor mientras te ganas el tuyo propio es la meta de los poetas poderosos o severos», zanja este crítico que por momentos parece más un psicoanalista.

—¿Por eso es por lo que usted reivindica la lectura incorrecta de los clásicos, mientras sea apasionada y grandiosa?

—Yo creo que a los verdaderamente grandes solo se les puede leer así, de un modo muy apasionado y muy personal. Hay lecturas erróneas poderosas y hay lecturas erróneas débiles, pero las lecturas correctas son imposibles si una obra literaria es lo bastante sublime. Es decir, pluridimensional.

De ahí la espléndida guerra sin cuartel que Harold Bloom lleva décadas sosteniendo, y amenaza con sostener «hasta mi último día», contra todas las mafias académicas que cifran el interés de un autor en su orientación sexual, su grado de feminismo o de contestación del capitalismo. «Intenté forjar un arma contra la tormenta de la ideología que se iba gestando, y que pronto barrería a muchos alumnos», afirma con tristeza, a la vez que describe lo suyo como «una defensa desesperada de la poesía, un grito en contra de que acabe subsumida por cualquier ideología».

—Le di la espalda a la Academia sin pensar que eso sería un éxito. Yo no buscaba el éxito, sólo seguir leyendo y enseñando sin renunciar a nada. Y ayudando a mis alumnos y a la gente a no perder de vista las líneas maestras de la tradición cultural occidental.

—Pero con «Anatomía de la influencia» usted pasa de describir el gran árbol genealógico de esa tradición a cortar ramas concretas. Usted se atreve a determinar cómo ha influido exactamente cada autor en otro a lo largo de la historia. Ese nivel de detalle ya es más discutible, ¿no? ¿En realidad no debería haber tantas «Anatomías de la influencia» como lectores, de acuerdo con sus propias teorías?

—Por supuesto. Pero insisto en que la crítica literaria, tal y como yo pretendo practicarla, no es filosofía, ni política ni religión institucionalizada. Es una meditación sobre la vida, es una forma de vida en sí misma. La mejor forma de vida que yo conozco. Pretendo tender un puente al que se agarren millones de lectores abandonados, excelentes lectores anónimos, hambrientos de individualidad. Esa individualidad que la contracultura institucionalizada condena como algo arcaico.

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