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La foto de los enigmas cumple 75 años

El 23 de septiembre de 1936 se publicó en la revista «Vu» uno de los iconos de la Guerra Civil, «Muerte de un miliciano», de Robert Capa. Hoy, el debate sobre su veracidad continúa

Día 02/10/2011 - 04.49h
La foto de los enigmas cumple 75 años
ROBERT CAPA

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Un miliciano, un fotógrafo. Una cámara, un disparo. El 23 de septiembre de 1936 se publicó por primera vez la famosa fotografía de Robert Capa «Muerte de un miliciano». Fue en la revista francesa Vu. Un año más tardé lo haría Life. La cámara hace click e inmortaliza al miliciano. Pero... ¿hubo algún disparo más o tan solo el tenue eco del disparador? Aquel día, en Córdoba, nace el icono, nace el enigma.

Porque la fotografía del miliciano cayéndose sobre su propia sombra nunca ha estado exenta de polémica. Ya en 1975, Phillip Knightley recogía en su libro «The first casualty» las declaraciones de O. D. Gallagher, periodista que aseguraba que el propio Capa le había confesado que todo era el resultado de una escenificación. La historia oficial, encarnada por el biógrafo Richard Whelan, siempre lo ha desmentido. El círculo empezó a cuadrarles cuando en 1995 un ex combatiente de Alcoy (Alicante), Mario Brotons, puso nombre y apellidos al famoso miliciano: Federico Borrell «Taíno». Había muerto, había respuestas. No hacía falta preguntar más, pensó el entorno oficialista del intrépido reportero. Capa estaba a salvo.

Sin embargo, en 2009 el profesor José Manuel Susperregui, en su libro «Sombras de la fotografía» sitúa el episodio en Cerro Ventorrillo, muy cerca de Espejo (Córdoba), en vez de en Cerro Muriano, también en la provincia andaluza. «Ahora aquello es una alfombra de olivos, por lo que cuesta identificar la zona, ya que la imagen carece de referencias geográficas claras. Es un terreno de barbecho en el que solo destaca una especie de claro en forma de pirámide invertida», cuenta Susperregui.

Precisamente, ese claro de la esquina inferior derecha es lo que le permitió al profesor situar la instantánea. «En otras fotos también aparece esa pirámide truncada. Gracias a un historiador de la zona y un alumno suyo que reconoció el paisaje pude ubicarla. Capa pasa por Espejo antes de llegar a Cerro Muriano. Por lo tanto la foto se realiza a finales de agosto o primeros de septiembre —explica—. Sin embargo, en Espejo la guerra no comienza hasta el 23 de septiembre, día en el que la imagen ya ha sido publicada».

El puzle se desmonta. Si Borrell murió en Cerro Muriano, no puede ser el personaje de la fotografía, porque esta se realizó en Espejo. Dos años antes del estudio de Susperregui, dos periodistas levantinos, Raúl Riebenbauer y Hugo Doménech, abordaron a Capa y a «Taíno», en el documental «La Sombra del Iceberg». «Logramos fotos de “Taíno” para que el médico forense hiciese un análisis de todas las facciones y sobre todo del envejecimiento. Borrell era un muchacho, y el miliciano es un hombre ya curtido. El médico concluyó que aquel no podía ser el alcoyano», explica Raúl Riebenbauer. La posterior localización, gracias a nuevas fotos en Espejo, lo confirma.

Para su compañero y profesor en la Universidad de Castellón, Doménech, «el pie de foto que apareció en Life en el 37 ha sido siempre la gran mentira de esta fotografía». Según la revista norteamericana, mostraba el momento en el que un miliciano moría abatido por un disparo en la cabeza. Se apoyaba en la mancha que asoma por encima de la cabellera. No era sangre, sino la borla de su gorro isabelino. «Igual que con el resto, dejábamos que las preguntas las respondiese quien pudiera. El forense hizo un estudio a fondo y determinó que no existe una causa razonable de la muerte», señala Raúl.

Susperregui considera que pocos interrogantes quedan ya. «Esta es la foto de los cinco níes, porque ni el miliciano es Federico Borrel, ni fue el 5 de septiembre del 36, ni fue en Cerro Muriano, ni se disparó con una Leica ni fue una instantánea». En su libro, el profesor expone cada uno de ellos. «No me cabe duda de que la foto está hecha con un trípode, porque entre esta fotografía y otra que apareció en Vu de un segundo miliciano apenas hay casi diferencia en el encuadre».

El libro de Susperregui y la hora y cuarto de documental de Doménech y Riebenbauer dejan poco lugar a dudas. «La foto es una puesta en escena —comienza Doménech—, pero no sé tampoco de qué se sorprenden. Era común. Centelles también lo hacía, aunque él sí que llegó a admitirlo. Capa lo ocultó, y se llevó consigo la verdad al morir en 1954 en Indochina». La lista de fotografías históricas y preparadas es larga, pero para el autor de «Sombras de la fotografía» eso no debería impedir cuestionar el símbolo. «Construyó una carrera e hizo auténticas fotos de guerra. Tuvo la suerte de dar la campanada con 22 años y yo no voy a negar la calidad histórica de su trabajo, por lo que fue un pecado de juventud al que le supo sacar rentabilidad. Pero hay que conocer la verdad. Punto».

Una verdad incómoda

La búsqueda no fue nada fácil. «Durante el rodaje de nuestro documental tuvimos un montón de dificultades con el entorno del fallecido Whelan. Para mí era inaceptable que tratasen de controlar y apropiarse de cualquier información sobre la fotografía, porque como icono no puede pertenecerles. Gestionan toda su obra porque se hacen exposiciones que viajan de Japón a Estados Unidos pasando por Europa. Eso es mucho dinero», recuerda el periodista y profesor castellonense.

Sobre su validez, Riebenbauer defiende que «transmite algo real porque la gente moría. Es una foto enorme y no creo que afecte a la honorabilidad de Capa, porque representa una verdad histórica». Más duro es Susperregui, quien la califica de «estafa informativa». «¿Por qué? Porque en la fotografía de guerra no se puede mentir. Sin embargo, han sabido vender a Robert Capa de forma que hoy parece que fuese el único fotógrafo que ha cubierto la Guerra Civil española».

No obstante, sigue quedando un gran enigma al que nadie ha sabido responder aún: ¿quién es el miliciano? «Es la gran pregunta. Con nuestro documental pretendimos en cierto modo devolverlo al anonimato del que siempre había gozado. ¿Quién fue? ¿Quién sabe?... Lo más paradójico es que con lo que se ha reproducido esta fotografía, con todo lo que se ha hablado, nadie haya podido reconocerlo nunca, decir “mira, ese era mi abuelo”», reflexiona Doménech. Raúl Riebenbauer, el otro autor del documental, añade algo más: «Los negativos, el de antes y el de después. Eso sería una forma de solventar todas las dudas. La otra sería la identificación del miliciano, pero es algo que probablemente nunca sepamos».

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