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Las 24 horas del horror

A Lucía la mató su ex novio por 3.000 euros; a Ester su marido porque le sobraba; a Clementina después de una romería Las 24 horas de los asesinos

Día 25/09/2011 - 12.21h

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Es la lista negra que se agranda con nombres femeninos: 45 mujeres asesinadas; solo tres de cada diez habían denunciado y una cifra para la reflexión: el 63 por ciento de las víctimas tenían más de 40 años. El pasado fin de semana —tres crímenes en Castellón, Sevilla y Tenerife— la crónica del horror machista escribió una de sus páginas más espeluznantes.

20.15 horas, Vinaroz

Era jueves y era un día más. Después de esa hora nadie volvió a ver con vida a Ester Ortí Julián, 47 años, manojo de vitalidad y dedicación. Su marido fue el dueño de sus últimos pasos; tanto los había calculado que, incluso, había levantado días antes una tumba para ella. Una pared de ladrillo donde la emparedó en una casa de campo. «Había planeado el crimen perfecto. Si no lo hubiéramos desenmascarado, jamás habríamos podido encontrar el cadáver», explican fuentes de la investigación. La Guardia Civil tardó 12 horas en detener a José Juan García Roda (58 años), pero ya era tarde para Ester. No había denuncia; ni sospechas de malos tratos. «Se había cansado de ella, como el que se harta de un juguete roto y decide tirarlo. Suena terrible, pero es lo que dijo. No se imaginaba separándose ni cambiando su vida. Pretendía que todo siguiera igual... sin Ester».

La violencia de género no tiene perfiles. Casi siempre hay señales, aunque a veces demasiado difusas. Ester pasó la tarde del jueves 15 de septiembre con su hermana Pilar y una amiga en Vinaroz. A las ocho y cuarto, se despidió de ésta última. Se marchaba a casa pero antes, le dijo, iba a pasar por un almacén de su propiedad, unos 50 metros antes del domicilio. Había quedado con su marido. Allí mismo la mató.

A la mañana siguiente, José Juan acudió al cuartel de la Guardia Civil para que buscaran a su esposa. Cuenta que ella no ha ido a dormir, que no se ha llevado dinero ni documentos. Para entonces, la familia y los amigos de Ester empiezan a colgar carteles con su rostro y sus datos. No sospechan del yerno y cuñado, pese a que los agentes lo marcan desde el minuto uno. Demasiadas contradicciones; escasa convicción de quien aspira a ser el asesino sin errores. Doce horas después, los agentes le detienen por la desaparición de su mujer.

La investigación puntillosa y secreta de la Policía Judicial de la Comandancia de Castellón se centra en varias entradas y registros: la casa familiar, el almacén, el coche... José Juan, con el paso de las horas, empieza a derrumbarse y pide declarar. El sábado por la noche ya describe el crimen a los agentes sin ahorrar detalles; recula en algún momento, pero se ve perdido. Mató a su mujer en el almacén, metió su cuerpo en el maletero del turismo que ambos utilizaban y condujo 40 kilómetros, una media hora hasta una casa de campo de su propiedad, abandonadísima, en Amposta (Tarragona). Allí, en una bodega medio en ruinas había preparado la tumba de quien compartió con él 14 años. Emparedó a su víctima, acabó de levantar la pared y la pintó. Luego se fue a dormir.

A la una de la tarde del domingo 18, los agentes y la comisión judicial encontraron el cadáver. Ni los dos hijos de él treintañeros, de su primer matrimonio, ni la familia de Ester podían imaginar este desenlace. Ella había trabajado en una inmobiliaria y la conocía todo Vinaroz: «Tenía poder adquisitivo, amigos y una familia que la arropaba». Él, técnico de mantenimiento en un hotel y músico en una orquesta de verano, es descrito como «normal, trabajador y algo tímido» —más bien, extremadamente frío y calculador—, precisan los investigadores. Se negó a declarar ante el juez de Vinaroz, que lo envió a prisión por «homicidio doloso (violencia de género)». Quienes hablaron con él saben que no es un homicida, sino un asesino que planeó una vida alternativa en la que no cabía Ester.

23.00 horas, Lora del Río

Era sábado y Lucía Montes García iba a salir con sus amigas. Habían quedado en la estación de tren de su pueblo, Lora del Río para ir a Sevilla. Lucía aparcó y vio como su ex pareja, Francisco Javier Sabet Calvo, 44 años, se acercaba al turismo. «Este va a hacerle algo al coche», les comentó y decidió salir. Apenas tuvo tiempo ni de recriminaciones. Él sacó un cuchillo de cocina de entre sus ropas y no paró hasta matarla, mientras la insultaba. Entre quince y veinte puñaladas, una de ellas en el cuello. Sabet no se inmutó. De la estación se fue al cuartel de Lora y contó a los agentes que acababa de matar a su ex pareja. Habían pasado menos de 40 minutos. Ella pensaba que su vida no corría riesgo. Una semana antes, a sus 47 años, había sido abuela por primera vez y estaba feliz.

Lucía Montes, trabajadora del campo, igual que su asesino, tenía muy claras las prioridades de la vida: sus hijas y estar tranquila. Había vivido siete años con Francisco Javier Sabet en la casa de él, pero las cosas empezaron a torcerse. El pasado 13 de julio lo denunció ante la Guardia Civil por insultos, amenazas y coacciones. Se habían separado, él había vendido un coche propiedad de ambos y se había quedado con el dinero. Estaba en liza la cuenta común del banco: 6.000 euros. El ex novio quería su parte y no había acuerdo posible. «Puta, o me pagas lo que me debes o te mato», la amenazó en esos días. Ella no aguantó más y se lo contó a los agentes. En la denuncia, lo describió como introvertido y antipático, pero dijo que no era celoso, ni tenía actitudes machistas.

Cuando le preguntaron si temía por su seguridad, Lucía respondió con un rotundo «no»; de hecho, rechazó una orden de protección. Lo único que quería, contó, era sacar sus cosas de la casa de él, pero Sabet había cambiado la cerradura y no la dejaba entrar. El sistema que decide la valoración de riesgo de las víctimas de violencia de género concluyó que este era bajo. No calibró, es imposible hacerlo, el rencor que él fue amasando. El 1 de agosto, Lucía tenía que haber ratificado la denuncia en el juzgado y no lo hizo. Sabet fue denunciado en 2002 por su primera mujer. En 2004 le condenaron a seis meses y le prohibieron acercarse a ella a menos de cien metros. No tenía antecedentes y no entró en la cárcel.

01.15 horas, Arona

Suena el teléfono. Luis Domingo Márquez Acosta, tapicero de 54 años, llama a su hijo en la madrugada del sábado al domingo. Le dice que pida una ambulancia y la mande a la casa familiar, en el barrio de Las Rosas de Arona. No le explica nada y cuelga. El hijo y otros familiares, que estaban de romería en Arico, a unos 20 kilómetros vuelven a casa. Cuando abren la puerta, encuentran a Luis con heridas de cuchillo en el pecho y el estómago. Su mujer, Clementina Morales González, de 38 años, está muerta, cosida a puñaladas en el salón. La otra hija del matrimonio, de cuatro años, duerme en su habitación.

La pareja y la niña habían regresado a casa a las once de la noche, después de pasar el día de fiesta en Arico con toda la familia. Luis había bebido bastante, pero ni habían discutido ni nadie percibió nada anormal. Dicen que él es un bebedor habitual, aunque no alcohólico. Clementina trabajaba en una guardería. Jamás lo había denunciado. Todos ignoraban que tuvieran problemas serios. El juez lo ha enviado a prisión, pero aún sigue ingresado en el hospital. Después de intentar suicidarse, llamó a su hijo para que lo evitara.

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