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Kore-eda y Julie Delpy, juegos de familia

El director japonés viene dispuesto a ganar una Concha de Oro con «Milagro»

Día 21/09/2011

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Al director japonés Hirokazu Kore-eda este festival le debe una (Concha) y ayer vino dispuesto a cobrársela. Su película «Milagro» contiene todo el habitual catálogo de virtudes del cine de este hombre, además de una nueva: la mirada amable. No cambia de mundo…, la familia, la infancia, la vejez…; ni de perspectiva, coloca la cámara a la altura de los niños de la historia…, pero endulza de amabilidad su mirada y sólo permite que la amargura sea sospechada fuera de campo, en la zona de adultos. Se centra en dos hermanos que viven separados, uno con su madre y otro con su padre, en dos ciudades diferentes y que pronto estarán unidas por el tren bala. Por si alguien lo ignora, cuando dos trenes balas se cruzan se le cumplirá un deseo a quien lo pida: ése es el mcguffin de la película de Kore-eda, y el resto es descripción y emoción a media altura, recogida con mucho sentido del humor (está llena de ocurrencias infantiles sobre la penosa vida de los adultos) y con todo el desparpajo de que son capaces sus protagonistas, Koki Maeda y Oshiro Maeda, dos hermanos muy populares, al parecer, de los programas infantiles de la televisión. «Milagro» es una película con dos capas, dos sabores, aunque sólo una de ellas está a la vista, pero no es difícil paladear a lo lejos el sutil regusto de infelicidad controlada en el contraplano de esos niños.

Un día en la Bretaña

En cierto modo, la otra película a competición compartía los mismos ingredientes; la francesa «Le skylab», dirigida por la actriz Julie Delpy, es un vistazo autobiográfico y nostálgico a su infancia familiar, resumido en un día campestre en la Bretaña para celebrar el cumpleaños de la abuela, el mismo día de 1979 en que el skylab iba a caer por esa zona del planeta. La crónica es jugosa en impresiones y expresiones: cada miembro de la familia, los adultos y los chiquillos, busca con notable ansiedad su protagonismo en la anchura de la foto, tener su momento, ser algo importante en la memoria de Albertine, o sea, de Julie Delpy. La historia conecta de inmediato con el público, que encuentra en esos personajes y en sus manoseadas relaciones (el delirante mundo de las puyas entre familiares adquiere aquí un colorido fantástico) un motivo para divertirse. Hay momentos francamente buenos en la playa nudista, en la mesa, en la sobremesa, en la discoteca para jovenzuelos…, por lo que se ve, Julie Delpy tuvo una infancia movida, entretenida y folclórica, o así, al menos, se la ha pintado a sí misma.

Por lo demás, Isaki Lacuesta sacó a la luz «El cuaderno de barro», un documental sobre la increíble actividad de Miquel Barceló por los acantilados de Bandiagra, en Malí, lo que tal vez le dé (y al tiempo, le quite) sentido a su película «Los pasos dobles», pues es en esta donde sus pasos, dobles o sencillos, llegan a algún sitio.

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