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Jaime Caballero «Cruzar el lago Ness a nado impone, y no por el monstruo»

Ha convertido la natación en un «segundo trabajo», por cierto, nada relajante: experto en largas distancias, sus retos tienen un poso humanitario

Día 05/09/2011
Jaime Caballero «Cruzar el lago Ness a nado impone, y no por el monstruo»
LUSA/ABC

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En las negras y profundas aguas del loch Ness dicen que habita un monstruo. El asunto no es baladí: Nessie ha puesto en el mapa del mundo a este bellísimo rincón de las Highlands escocesas mucho más que su sobrecogedora belleza natural y las venerables piedras del castillo de Urquhart. Cientos de miles de turistas llegan cada año atraídos por el morbo y escrutan desde las atalayas y los barcos de recreo la superficie por si descubren un remolino, una espuma o una sombra dignos de sospecha. Los que se asomaron a los muros de Urquhart el pasado 18 de agosto hicieron un avistamiento que los dejó estupefactos: un tipo surcando a nado el lago en mitad de la niebla. Una visión casi tan asombrosa como la del mítico plesiosaurio.

«Iba ya bastante fastidiado... Bueno, en realidad quería abandonar desde la hora uno. Sufría tiritonas y tenía los dedos de las manos como garfios. Cuando veía un pequeño cabo de tierra lo tomaba como referencia, y al comprobar lo que me costaba dejarlo atrás me desesperaba. Bebía agua cada media hora y barritas energéticas cada hora; casi no me las podía tragar. El lago Ness impone, y no por el monstruo, sino por su agua oscura y el ambiente fantasmagórico que lo rodea. Pero me repetía a mí mismo por qué estaba allí con el cuerpo untado de grasa, soportando temperaturas de 7 a 11 grados». Una razón deportiva. Pero, sobre todo, de otro signo.

El donostiarra Jaime Caballero, 35 años, protagonista de esa historia, trabaja en una fábrica de papel. Su segundo «empleo» es la natación. Hizo deporte de niño, pero desde los 14 a los 24 años lo abandonó por completo. Llegado a ese tramo decidió cuidarse y empezó a nadar, participando en carreras populares al principio, fijándose otros objetivos más ambiciosos después. En 2005 cruzó el estrecho de Gibraltar. Dos años más tarde, el Canal de la Mancha, versión nocturna; tardó 10 horas y 29 minutos. En 2009 se atrevió con la travesía Bilbao-San Sebastián; más de cien kilómetros en los que empleó 27 horas.

Y entonces quiso probar el agua dulce. «¿Por qué el lago Ness? Es un escenario mundialmente conocido que solo diez personas han logrado cruzar de forma individual y sin neopreno. Yo he sido el primer español en conseguirlo». Cuarenta kilómetros entre Fort Augustus e Inverness. El segundo lago más grande de Escocia por superficie, pero el mayor en volumen debido a su gran profundidad (226 metros en su parte más honda; contiene más agua que todos los lagos de Inglaterra y Gales juntos), fue conquistado en 1974 por Michael Read, una leyenda de este deporte. «Le pedí que me acompañara a Escocia. Hace 37 años tardó 14 horas y tuvieron que sacarlo en ambulancia. Yo invertí 12 horas y 2 minutos. Antes de zambullirme, me dijo: “Lo que más me gusta es que lo vas a hacer tú, no yo”».

Recta final de infarto

Con el apoyo de ENCE como sponsor principal, de la Diputación Foral de Guipúzcoa y del Club Natación Easo, empezó a entrenar fuerte: en piscina (de hora y media a dos horas en sesiones de mañana y tarde) y un par de veces por semana en el mar. En abril buscó temperaturas más bajas en la laguna Negra (Soria). «La flotabilidad es mayor en el mar, aunque de vez en cuando te chocas con algo desagradable. Una vez me metió un “viaje” una carabela portuguesa (sifonóforo con apariencia de medusa cuya picadura es muy dolorosa). En un lago no pasan estas cosas; ni hay corrientes, aunque tienes la sensación contraria por culpa del viento. De hecho, de las 58-60 brazadas por minuto pasé a 48 en un momento en que se levantó oleaje».

El cansancio y el frío (la mezcla de vaselina y lanolina con la que se cubre no es lo mismo que un neopreno) estuvieron a punto de derrotarlo. «Lo pasé muy mal, sobre todo en los últimos 500 metros. Pensé que mi equipo me engañaba desde el barco de apoyo. Me paraba cada dos metros, me quitaba las gafas, me cabreaba. Entonces me acordé —como durante todo el recorrido— de mi tío José Mari, que murió de ELA (esclerosis lateral amiotrófica) y de otras víctimas de esta terrible enfermedad. Mi sufrimiento era opcional, no como el de ellos. Estaba aquí para lograr una hazaña deportiva, sí, pero sobre todo para dar más visibilidad a la Asociación Siempre Adelante, que ayuda a la investigación y cuidados paliativos de la ELA. Cuando terminé, al borde de la hipotermia, me sentía tan emocionado que quería llorar... y no podía. Estaba seco».

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