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Biescas quiere olvidar 15 años después de la tragedia

Hay víctimas que todavía reclaman a la Administración por impago de las indemnizaciones

Día 08/08/2011 - 10.25h
El último cuerpo hallado tras la riada que asoló el camping “Las Nieves” en Biescas el 7 de agosto de 1996 fue el de un niño de seis años. Los equipos de desescombro lo localizaron el 7 de julio de 1997, casi un año después. A sus padres, a sus dos hermanos, a su tía y a sus dos primos los rescataron inertes horas después de la tragedia. De eso hace ya quince años. Durante siete minutos en el campamento ubicado en un cono de deyección en el pirineo aragonés cayó una precipitación focalizada sobre la cuenca del Valle de Tena. En concreto, 185 litros por metro cuadrado que crearon una pared natural por acumulación de sedimentos superior a los diez metros de altura. Las consecuencias, devastadoras: 87 muertos de distintas zonas de España y varias nacionalidades, decenas de heridos, cientos de enseres personales perdidos y una localidad marcada por la tragedia.

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Las muestras de solidaridad de los vecinos fueron ejemplares. Diversas voces se han erigido para denominar a Biescas como el nacimiento de la Protección Civil en España, pues hasta ese momento la asistencia psicológica y psiquiátrica a las víctimas era nula. A raíz de las inundaciones, se crearon planes de actuaciones en todas las comunidades autónomas y se incrementaron las dotaciones presupuestarias destinadas a la material. No obstante, la actitud más ejemplarizante de aquellos días la protagonizaron los vecinos del Valle de Tena. Es unánime la opinión de que su intervención resultó imprescindible para paliar las consecuencias sufridas por las víctimas supervivientes al siniestro, y para la localización y el rescate de las que perecieron en él. Los propios vecinos se organizaron en servicios de rescate, fueron los encargados de comunicar a muchos el fallecimiento de sus propios familiares y realojaron en sus casas a evacuados que no tenían donde pasar la noche porque los servicios de asistencia no habían previsto adecuadamente las instalaciones en los pabellones de las ciudades aledañas.

Una lección ciudadana de coraje y compromiso cívico. El resto de la ciudadanía quedó conmocionada con la tragedia; sus Majestades los Reyes, el Presidente del Gobierno y varios ministros visitaros la zona cuando los equipos de rescate todavía estaban en plena trabajo y la televisión retransmitió casi en directo el transcurrir de las tareas de salvamento, lo que provocó no pocas críticas por el decoro con el que se trató a las víctimas de la tragedia.

Los tribunales han culpado a las Administraciones por imprevisión, al desestimar la concurrencia de causa mayor en lo inusitado de las lluvias. “Fue extraordinaria, pero no totalmente insólita en el Pirineo”, reza la sentencia. De hecho, en el proceso de solicitud de autorización de apertura del camping se obvió un informe pericial donde se indicaba: “Por su localización existe un riesgo para las instalaciones y un peligro para las personas que van a utilizarlas”. Después de la tragedia se encontró, incluso, un informe del ingeniero de Montes, Pedro Montserrat, quien ya en 1988 alertaba sobre la peligrosidad de urbanizar el cono de deyección en el barranco de Arás, donde se instaló el camping, porque la presencia de espinos amarillos daba señas de inestabilidad, “algo que cualquier día puede volver a bajar enterrando la urbanización proyectada”, señalaba el autor.

Las indemnizaciones cifradas para las familias superaron los 11 millones de euros y no se estipularon hasta el año 2005, después de que la justicia hubiera cerrado la vía penal que intentaba achacar responsabilidad a los funcionarios por inobservancia administrativa. La culpabilidad de la Administración y su deber de resarcir civilmente quedó, no obstante, acreditado por la Audiencia Nacional en 2005 y ratificado por el Supremo en 2010. Más de una decena de familias, sin embargo, no ha recibido indemnizaciones por parte de Medio Ambiente -declarado corresponsable junto con la Diputación de Aragón-, porque no se personaron en el proceso. La Diputación General de Aragón sí ha llegado a acuerdos particulares con estas víctimas para pagarles su parte proporcional. El periplo judicial de los afectados por obtener un reconocimiento administrativo a su dolor, pues, continúa.

Heridas abiertas

La localidad de Biescas, mientras tanto, vive todavía hoy con el foco mediático de la tragedia, aunque poco recuerde en el pirineo aragonés a aquel 7 de agosto de hace quince años. El turismo no sufre más avatares que los derivados de la situación de crisis económica, y son miles las familias que siguen teniendo una segunda residencia en Biescas y alrededores. “El invierno es fabuloso”, comenta José Manuel, dueño de El Rincón Montañés. Hace cuatro años decidió ir a vivir a Biescas. Él es uno de los pocos que quieren hablar para los medios. La mayoría prefiere no hacer declaraciones. “Olvidar y pasar página” es la máxima que repiten los vecinos. Ninguno quiere hablar de aquel 7 de agosto. Demasiadas heridas, demasiada sangre, demasiados muertos que asumir en un valle cerrado, idílico, exuberante, donde siete mil familias invaden literalmente cada verano a las ochocientas que se reconocen y saludan por su nombre durante el invierno. Siete mil cada verano ininterrumpidamente, también después de la riada de 1996. Biescas, y todo el Valle del Tena, mantiene fiel a su gente: “Para los que amamos el Pirineo no hay otra opción: este es el mejor lugar”, comenta José Manuel.

Ha tardado quince años en proyectarse en Biescas un nuevo complejo de camping, pero la “gente lo demanda y ahora estamos en ello”, comentan a ABC desde la Oficina de Turismo. El Camping Gaving, ubicado desde 2001, según han contado los vecinos, a cinco kilómetros de donde se encontraba el malogrado “Las Nieves”, pero en la cara Este, la abierta, del Valle, no ha querido efectuar declaraciones a ABC. Al parecer, está, como todos los complejos turísticos en los alrededores de Biescas, repleto.

La losa del aniversario sigue siendo demasiado pesada para los vecinos. Cada año por estas fechas reciben a un aluvión de medios de comunicación que pretenden que evoquen sus momentos en aquellos días, el número de cuerpos que hallaron, cuánto lloraban los bebés que acogieron a pasar la noche en sus casas. Después de quince años se han negado. Han impuesto el silencio. Lo hacen con exquisita educación, con disculpas, casi con pudor; intentando que se les entienda, que “si fuera otra cosa” ellos estarían dispuestos a hablar. E invitando siempre a conocer Biescas, su Biescas, en el que viven, el que conocen, al que han decidido dedicar su vida por encima del recuerdo de la tragedia, esa que conmocionó al país un 7 de agosto de 1996.

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