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Lucian Freud, la carne de la verdad

Las obras del pintor fallecido son, tal vez, una de las más honestas modulaciones de la melancolía contemporánea

Día 23/07/2011
Lucian Freud, la carne de la verdad
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Un empleado de Sotheby´s con «Autorretrato con ojo negro», de Freud

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l gran maestro de la desnudez era también, en cierto sentido, experto en escatología. Basta recordar que en 1961, el mismo año que el sarcástico Piero Manzoni enlató «mierda de artista», empleó la sustancia hedionda para pintar la delicada cabeza de un niño de pecho. Jean Clair apuntó que el trabajo de Lucian Freud era el de reconstruir poco a poco el objeto total y, gracias al color, restituirnos su goce, «ese impulso por el que progresivamente vivimos y amamos». Acaso quería recordarnos que lo más profundo es la piel pero sin dejar de mostrar una arrugas, una gordura o, mejor, una morbidez que nombra tanto la soledad cuanto la decrepitud.

Esos sujetos desnudos revelan lo que significa ser mortal. Frente al placer del encuentro con la modelo que encontramos en todos los cuadros de Picasso o la poderosa lógica de la sensación de Francis Bacon, las obras de Lucian Freud son, tal vez, una de las más honestas modulaciones de la melancolía contemporánea. Su «verdad desnuda» nos deja sin palabras: no hay anécdotas ni decorado, el cuerpo impone su ley de la gravedad. Desde los dibujos de su madre tumbada en la cama, esperando el final, hasta la infinidad de retratos de amigos, Lucian Freud fue trazando una suerte de autorretrato a través de los cuerpos y los semblantes de los que le rodeaban, incluidas sus mascotas. «El tema de mi pintura —declaró— es autobiográfico» y, efectivamente, trató con intensidad de mostrar una zona afectiva en la que son fundamentales la memoria y la sensualidad, la verdad y la esperanza. Nieto de Sigmund Freud y también obsesionado con los sueños, con esos momentos en los que estamos, literalmente, abandonados a algo que nos domina porque, como dijera Shakespeare, estamos hechos de la misma materia.

El pintor miró con detenimiento a los que dormían en su desvencijado sofá del estudio o a esa mujer que está acurrucada junto a su perro o a ese hombre que abraza tiernamente a su amada. Hay una hondísima ternura en las superficies despojadas de casi todo lo que pintó Lucian Freud tomándose todo el tiempo del mundo. Algunos críticos censuraron el retrato que hizo de la Reina de Inglaterra por haberla «envejecido», cuando lo que había hecho era situarla en una dimensión «aurática», sacándola de su reinado para instalarla en otra historia. Todo lo que tenía de crudeza esa forma de mirar estaba, insisto, también atravesado por una cordialidad absoluta.

El ambiente destartalado e incluso hospitalario del estudio servía para centrar todo el protagonismo en la desnudez. Aquel primer plano del sexo femenino que Courbet, profeta del realismo, presentara como «origen del mundo» reaparecía en Lucian Freud. Buscaba la esencia del sujeto y, una y otra vez, sentía el hechizo de la piel que no despertaba un ensueño erótico. «En la medida en que me concierne —dijo sin retórica—, el pigmento pictórico es la persona. Quiero que funcione para mí como lo hace la carne». Esa carnalidad al desnudo es la verdad en pintura.

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