Sociedad

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Viaje al corazón de los indianos chinos

Procedentes en su mayoría de Qingtian, los emigrantes chinos en España vuelven a su pujante país o se plantean marcharse a hacer negocios a otros mercados emergentes de Latinoamérica

Día 20/07/2011 - 06.36h

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Nada más llegar a Qingtian y preguntar en mandarín por un hotel decente y baratito, un joven con el pelo tintado que dice llamarse «David» responde en perfecto castellano. Hace ya varios años que David vive en Barcelona, donde regenta un «todo a 100», y aprovecha las vacaciones en su ciudad natal para supervisar las obras en la casa que se ha comprado con lo que gana en España y llevar a su hija al médico, «que en la Seguridad Social tardan varios meses en darnos cita».

En la recepción del hotel Tian He, el dueño, Zhang Xiaoyi, también saluda en castellano: «Hola, ¿en qué puedo ayudarte?». A sus 36 años, Zhang tiene un restaurante y dos tiendas en el distrito madrileño de Usera y acaba de pagar un millón de euros por el traspaso de este establecimiento, que cuenta con 100 habitaciones y 30 empleados.

Encajonado entre las frondosas montañas de la provincia costera de Zhejiang, el distrito de Qingtian es la cuna de la mayoría de los chinos que emigran a lo que ellos denominan «Xibanya» (España). De su medio millón de habitantes, se calcula que 150.000 se han marchado a Europa en busca de trabajo. Sobre todo a «Xibanya», donde un tercio de los más de 163.000 chinos con tarjeta de residencia proceden de Qingtian. Antes, las mafias pagaban el viaje y los emigrantes tenían que devolver deudas de hasta tres millones de pesetas trabajando durante años como esclavos en sus restaurantes y tiendas. Luego, las familias se prestaban hasta 20.000 euros para reagrupar a sus parientes en suelo español.

La tradición migratoria se remonta tres siglos atrás en la hoy industrializada región de Zhejiang, que exportó las primeras oleadas de buhoneros chinos a España en los años 20. Tras la muerte de Mao Zedong en 1976 y la apertura al capitalismo iniciada por Deng Xiaoping, un puñado de qingtianeses se asentaron en los años 80 en «Xibanya», que vio llegar un flujo masivo de emigrantes chinos en los 90. Anhelando un futuro mejor, acudían atraídos por el crecimiento económico previo a los Juegos Olímpicos de Barcelona y las posibilidades de negocio que se dispararon entre 1996 y el estallido de la crisis en 2008. Ahora que las tornas han cambiado, muchos de ellos han emprendido el camino de vuelta porque la «Tierra Prometida» de la prosperidad y el enriquecimiento ya no está en Europa o América, sino en su propio país.

El consulado español en Shanghái, que gestiona la parte del sureste de China que incluye a Qingtian, ha pasado de conceder 17.436 visados en 2007 a expedir 13.561 en 2009 y 14.212 el año pasado. «Los chinos ya no ven tan atractiva la economía española», sentencia el cónsul español en Pekín, Miguel Bauzá, quien detalla que han aumentado un 28% los visados de negocios y turismo y disminuido un 25% los de reagrupación familiar y trabajo. Así lo atestigua el caso del hotelero Zhang Xiaoyi. Su hija nació en «Xibanya» y buena parte de su familia permanece en Madrid, pero él prefirió regresar a China para abrir nuevos negocios porque «los ingresos del restaurante y las tiendas han caído unos 10.000 euros mensuales por culpa de la crisis».

Estilo de vida europeo

No es el único. Tras una década en Valencia, donde su esposa dirige un restaurante y su hijo de 21 años juega en un equipo local de fútbol, Ye Zhengfeng retornó a Qingtian para abrir una bodega de vinos españoles. «Es un buen negocio porque, a precios que oscilan entre los 20 y los 100 euros, cada mes vendo un millar de botellas y así me queda un margen de beneficio tras pagar los 24.000 euros al año que cuesta el alquiler», explica Zheng sacando un cigarrillo de un paquete de Marlboro español.

Traído por los emigrantes, en Qingtian se vende tabaco europeo —como delatan sus advertencias sobre la salud en español, italiano e inglés— por 55 yuanes (6 euros) y en sus calles destacan restaurantes como la cafetería Barcelona. Allí, sus clientes gustan de beber café —«el mejor importado a China», según dicen— y no el tradicional té verde. En algunas tiendas hasta se puede pagar en euros y en las faldas de la montaña abundan chalés con tejados de pizarra y balaustradas de mármol blanco que no desentonarían en Las Rozas. Son las suntuosas villas que han construido los que tuvieron éxito cuando se marcharon a «Xibanya» a hacer las Américas.

Como Shu Xiong, que llegó a Madrid en 1985, donde su hermano y su cuñado regentaban un restaurante cerca de la plaza de Colón y, cuatro años después, abrió su propio local en Fuenlabrada. «Ya no emigran tantos chinos porque ahora hay más oportunidades y se gana más dinero en nuestro país que en España», razona Shu, quien conduce un Mercedes que cuesta un millón y medio de yuanes (163.000 euros). Tras ahorrar en «Xibanya», se ha enriquecido construyendo bloques de treinta pisos en Qingtian gracias al «boom» que vive el sector inmobiliario chino. «Cuando me fui a España hace 25 años, no pensaba que China iba a crecer tanto, pero los cambios son tan rápidos que superaremos a Estados Unidos en las dos próximas décadas», augura optimista ante unas vitrinas con piedras de jade que llegan a valer hasta dos millones de yuanes (200.000 euros).

Todo un ejemplo a seguir en estos tiempos difíciles. Pero, ¿cuál es el secreto del éxito de los chinos? «Trabajo duro, esfuerzo, sacrificio, ahorro y firmar los contratos en los karaokes o las discotecas, algo que no entienden los occidentales», resume con sorna Rafa Wu, quien desmiente el falso mito de que los chinos no pagan impuestos. A sus 24 años, este joven hiperactivo y locuaz ha vivido 17 en Portugal y lleva dos en España, donde dirige 14 restaurantes de la cadena Wok. «A los siete años me fui con mi familia a Lisboa y a los 12 ya estaba trabajando en restaurantes y tiendas», recuerda en un castellano con marcado acento luso.

Familias muy protectoras

A la vista de su experiencia, Rafa critica que «la economía se ha fastidiado en España y Portugal porque la gente ya no trabaja allí y las familias son tan protectoras que mantienen a los hijos en casa incluso después de los 25 años». Por eso cree que el negocio está ahora en los mercados emergentes de Latinoamérica y África. «Estoy pensando en ir a Brasil y Argentina porque tengo contactos allí y hablo español, portugués, inglés, francés y un poco de italiano», afirma antes de anunciar otros dos proyectos en mente: «transportar basura para su reciclaje en China, aprovechando que los contenedores de los barcos vuelven vacíos, y abrir con un cocinero español un restaurante de tapas las 24 horas del día en la vecina ciudad de Wenzhou».

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