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Rosario Castro: «Gades a veces hacía llorar a los bailarines, pero fue mi modelo»

«La cultura es un termómetro muy fiable del estado de ánimo de un país, y en España últimamente la temperatura anda un poco baja»

Día 15/07/2011
Rosario Castro: «Gades a veces hacía llorar a los bailarines, pero fue mi modelo»
MIGUEL BERROCAL

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Qué tendrá el mito de Carmen, que no se agota nunca...

-¡Pasión y fuerza racial! Esa esencia que tenemos las mujeres y que si sabemos arrancarla de dentro no hay quien la pare.

-Pero en este caso se trata de una peculiar variación sobre el tema. Si «La noche americana» recreó el cine dentro del cine, ustedes sirven en bandeja el teatro dentro del teatro.

-Porque a través de escenificar cómo preparamos la obra aportamos otra visión: el público ve cómo trabajamos los bailarines y cómo vivimos nuestro propio proyecto. Surge el enamoramiento entre nosotros, la rivalidad... Y, además, aunque el espectáculo tiene casi seis años, cada artista invitado va dejando su propia impronta, de modo que la obra nunca es la misma.

-Su compañía pisa fuerte en el mundo desde hace lustros. ¿Son más profetas fuera que dentro?

-Siempre esperamos con mucha ilusión salir fuera por cómo nos reciben, y es lo que nos gusta que nos pase también en España. Aquí tenemos nuestro sitio, aunque últimamente echamos de menos tener toda la programación que desearíamos, pero ahí seguimos, insistiendo para que no decaiga. Porque la cultura es un índice de cómo estamos, es un termómetro muy fiable, y ahora la temperatura anda un poco baja.

-Creo que en Rusia, pese al frío, suele ser alta.

-Allí meses antes de que lleguemos ya está todo vendido. Y en San Petesburgo logramos que por primera vez el Teatro Mariinsky se atreviera a invitar a bailarines de flamenco. Los rusos son muy entendidos, y lo saben todo de danza clásica y contemporánea, pero no teníamos ni idea de cómo iban a reaccionar ante el zapateado y las palmas. Y fue apoteósico, increíble... Como en Japón.

-¿Les aclamaron también los nipones, pese a su contención?

-Sí, porque no están acostumbrados a expresar sus sentimientos, pero les apasiona la danza española y te agasajan con todo su ceremonial y su glamour. Las mujeres van al teatro con su mejor quimono, y forman largas filas para entregarte un ramo de flores. Es apasionante ver esa receptividad que tienen con el flamenco, cómo lo viven. Y luego te esperan en el hotel en busca de una sonrisa, un saludo o de que les firmes un autógrafo. A los japoneses no es que les guste lo que hacemos, es que se entregan.

-¿Cómo dar empuje a la danza, pasión de minorías en España?

-Deberíamos trabajar mucho entre todos, porque es nuestra cultura. Cuando vas a Alemania o a Francia, cualquier pueblecito tiene su pequeña orquesta y su ballet. Pero aquí los jóvenes emprenden una carrera de conservatorio, la terminan y, ¿qué hacen? A nosotros se nos parte el alma cuando recibimos tantísimos correos electrónicos en los que chicos y chicas nos preguntan dónde pueden hacer una audición. Y, claro, no los podemos llevar a todos con nuestra compañía, pese a que hay mucha calidad y mucha preparación.

-Ha trabajado con grandes entre los grandes. ¿Sus referentes?

-En primer lugar, mi madre, Charo Romero, que tuvo una carrera importante en Granada hasta que se volcó en criarnos a nosotros. La pasión artística la llevábamos en la sangre, pero ella nos paraba un poco los pies y nos repetía que esta vida es muy dura, con muchos altibajos. Después nos trasladamos a Madrid, y allí me marcó trabajar con Antonio Gades, un maestro lleno de fuerza, por cómo te guiaba y también por cómo se enfadaba. Algunos bailarines lloraban, pero era necesario ese nivel de exigencia. Su empuje para sacar adelante una compañía propia ha sido mi modelo a seguir a la hora de crear la mía.

-Porque esto es un reto constante.

-Sí. Una de las alegrías de esta profesión es saber que, si has de volver a actuar al día siguiente, los fallos que has cometido los podrás corregir. ¡Y vuelves a quedarte insatisfecha, por mucho que el público te aplauda! Siempre quieres dar más.

De Granada al Mariinsky

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