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«Tenemos una casquería muy interesante para salir de feria»

Andrés Peláez, director del museo nacional del teatro, 24 años en el cargo

Día 12/07/2011
MIGUEL BERROCAL

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Usted es el director de museo que más años lleva en el cargo: 24. Y, políticamente incorrecto, no se alía ni a diestra ni a siniestra.

-Tengo tanta ideología que prefiero callarme. Y no me senté en la puerta del Sol con los indignados de puro milagro. El problema era ver quién me levantaba luego.

-¿Con quién se trabaja mejor, con la derecha, la izquierda, el centro o los mediopensionistas?

-Con las personas inteligentes, con los valores éticos.

-El museo se lo debe todo a usted.

-Desde 1989 hasta el 2004 esto no lo querían ni los pobres. Cuando llegué aquí, a Almagro, el primer mes el papel higiénico lo pagaba yo de mi bolsillo. Empezaron a interesarse por el Museo cuando Nuria Espert, Tamayo y Nieva hicieron las primeras donaciones.

-Marsillach también fue espléndido.

-Ordenó que el viejo Museo del Teatro, en los bajos del Romántico, que estaba empapelado y abandonado, se trasladara a Almagro. Se pudo recuperar.

-A Marsillach, el mismo tipo que le había aplaudido por la noche al día siguiente le amenazaba...

-...De muerte, incluso, cuando le nombraron director general del INAEM.

-¿Quiénes eran esos odiadores profesionales?

-Adolfo levantaba verdaderos afectos y unos odios viscerales muy grandes. Eran colectivos. Contra él atentaban desde el sector de la música. Y él no daba puntadas sin hilo. Decía que prefería un verso de Tirso de Molina a la Orquesta Nacional. Se puede imaginar lo que pensaban los músicos.

-¿Cómo casa el Museo Nacional del Teatro con el Centro de Documentación Teatral?

-Somos un matrimonio fantástico, sin abortos. Nosotros no abortamos nada. Todo lo guardamos.

-¿Qué supuso para usted José Luis Alonso?

-El gran maestro. Y la generosidad de sus herederos. Todo lo que guardaba pasó al Museo.

-Alonso se «cagaba», textualmente , en los festivales y en el teatro al aire libre.

-¡No lo podía soportar! Le ponía enfermo ese teatro en medio de ruidos, motos, calor, incomodidad... Y le doy toda la razón. A mí me pasa igual. Por ejemplo, El perro del Hortelano, que se acaba de estrenar aquí, yo lo veré en el teatro Pavón, con una temperatura adecuada, donde no se me escapan los versos.

-A usted, dentro de dos, tres, cuatro siglos, le encontrarán en su museo, es usted imperecedero.

-Pero aquí no van a dejar mis cenizas, como tantas hay de gente de teatro. El museo guarda verdaderas joyas de elementos de casquería.

-Despácheme cuarto y mitad, por favor.

-El corazón del tenor Anselmi, que tengo a mi espalda, un discípulo de Gayarre. Decían que las madrileñas, más que por la voz, iban a verle por sus muslos. Era una especie de Celia Gámez, pero al revés. Este es el único museo que tiene corazón.

-¿Cómo lo mantienen?

-Está perfectamente embalsamado, en una urna.Mucha gente dice que el corazón trae buena suerte, me pregunto si buena o mala. Guardamos también las cenizas de Andrés Mejuto, existen mascarillas mortuorias de María Guerrero, de Antonia Mercé, en fin toda una galería interesante por si alguna vez queremos salir por las ferias...

-¿Le hubiera gustado vivir en el Siglo de Oro?

-Ahí habría mandado a la madre de alguien, pero a mí no me interesa nada. Me gusta mucho el XIX.

-En diez años se han ido Rabal, Marsillach, Agustín González, López Vázquez, Alexandre, Fernán-Gómez, Berlanga... ¿Se acabaron los titanes?

-Es cierto. Pero todavía nos quedan Flotats, José Luis Gómez, y jóvenes de una calidad extraordinaria como Carlos Hipólito, Eduard Fernández, Joaquín Notario, Pepa Pedroche, una actriz extraordinaria, como Blanca Portillo. A mí se me cae la baba cuando veo trabajando a Nuria Espert, una diosa eterna. Y Julia Gutiérrez Caba: ¿cómo es posible que esté en su casa una actriz de esa categoría?

Homenaje en Almagro

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