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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Los antipáticos

Teddy Bautista se había convertido, en gran parte por su culpa, en uno de los personajes más odiosos de España

Día 04/07/2011

VISTO el reciente giro del affaire Strauss-Kahn y comprobada la dolorosa experiencia sufrida no hace mucho por la atleta Marta Domínguez, conviene tentarse un poco la ropa antes de emitir juicios contundentes de valor sobre ciertos blietzkriegs judiciales que a menudo acaban sin imponer a los reos otra pena que la del telediario. En el caso de TeddyBautista y sus mariachis de la SGAE ha caído ya sobre ellos además el linchamiento moral de las redes sociales, donde la ira popular los ha lapidado con pedradas muy ingeniosas pero con frecuencia respaldadas en la impunidad del anonimato. El carácter antipático de ciertos personajes, forjado en su reiteración del abuso y la arrogancia, no los convierte en culpables de nada que no sea su propia mala fama; los delitos hay que probarlos y mientras eso no ocurra tienen derecho a que la fobia social no desemboque en una condena anticipada. Resulta preocupante que el avance de la libertad tecnológica propicie retrocesos democráticos que actualizan en pleno siglo XXI los rituales del sambenito y otros castigos inquisitoriales.

Bautista se había convertido, en gran parte por su culpa, en uno de los personajes más odiosos de España. Su exagerada voracidad recaudatoria ha malbaratado la legitimidad de su empeño por defender los derechos de autor, y su gestión opaca y clientelista del oligopolio de la SGAE lo ha envuelto en un halo de caciquismo jactancioso, típico de los personajes encumbrados que desdeñan todo atisbo de humanidad en el poder. Parecía un jerarca del sindicalismo vertical. Habrá que ver hasta qué punto ha sucumbido a la tentación de desviar parte de los fondos que con tan excesivo celo recolectaba. Pero la animadversión, la tirria que suscita tiene que ver sobre todo con el que quizá sea el más razonable de sus esfuerzos, aunque él mismo lo haya malversado a base de arbitrariedades, atropellos y prepotencia: la lucha contra la piratería intelectual, la copia ilícita y la generalizada mentalidad de gratuidad completa que al amparo de internet amenaza el trabajo de los creadores. Y esa sensación de justicia poética que ha ocasionado su arresto es una especie de desahogo rencoroso que tiene mucho de ejecución populista.

Es tan imposible sentir simpatía por un tipo así como imprescindible distinguir entre la justicia y el ajusticiamiento. Sumarse al apedreo indiscriminado constituye un acto de cobardía social que deberíamos desterrar de nuestra conducta colectiva. En una época de aprietos es fácil que se ponga de moda la hostilidad hacia esa clase de personajes célebres y poderosos —banqueros, constructores, ejecutivos, políticos— sobre los que resulta tentador construir un perfil detestable que cargue con las culpas de las desgracias generales. Esa animosidad elemental, mezclada con resentimiento, forma un cóctel peligroso y sencillo de inflamar por motivos espurios. Se llama demagogia.

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