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Madrid olímpico

Madrid necesita menos Olimpiada y mayor atención a lo cotidiano, lo que mejora la calidad de vida de los ciudadanos

Día 02/07/2011

EN 1966, con Carlos Arias Navarro como alcalde, Madrid optó a sede de los Juegos Olímpicos de 1972 que se le adjudicaron a Munich y tuvieron el dramático arranque de un feroz atentado terrorista palestino que se llevó por delante a dos atletas israelíes. Madrid quedó finalista y la máquina publicitaria que aceleró el Ministerio de Información y Turismo, con Manuel Fraga Iribarne de titular, tuvo que dar marcha atrás. Lo que se vendía como «reconocimiento» al Régimen se quedó en agua de borrajas. Ahora, sin haber aprendido de su sonoro fracaso en la intentona de conseguir los de 2016, que irán a Río de Janeiro, el alcalde de Madrid perpetra a la presentación de la candidatura capitalina para el 2020. ¿Por qué a un hombre tan lúcido y brillante como Alberto Ruiz-Gallardón no se le ocurrirán iniciativas de resultados más ciertos, costes más bajos y mayor provecho para los ciudadanos?

Está en la razón de ser y el carácter de los faraones el construir pirámides, pero Gallardón ya ha cumplido con ese mandato del destino. Él solito ya lleva levantadas —desde la M-30 a la calle de Serrano— muchas más pirámides que Keops, Kefrén y Micerinos juntos. Se entiende que, tras el entusiasmo y los euros derrochados en la pasada y frustrada ocasión, sienta el alcalde el prurito de la insistencia; pero tiende su desmemoria a olvidar que Madrid es la ciudad más endeudada de España y, también de las de Europa. Al parecer, el presidente del Comité Olímpico Internacional, esa mandanga de altos vuelos y estratosféricos gastos, le ha animado a Gallardón para que vuelva a presentar a Madrid como anfitriona de tan singular fiesta cuatrienal. En tiempos de tribulación económica y decaimiento productivo los entusiasmos merman y tampoco serán muchos quienes quieran enfrentarse a un gasto tan descomunal.

Me dicen los sabios especializados, y me lo razonan, que no son muchas las posibilidades de Madrid en la próxima puja olímpica; pero, fueran las que fueren, la ocasión requiere hacerle la peineta a La Peineta. Menos Olimpiada y mayor atención a lo cotidiano, a lo mínimo y rutinario que es lo que, de verdad, mejora la calidad de vida de los ciudadanos rasos, de quienes, sin pertenecer a ninguna minoría extravagante, pagan el IBI, el SER y cuantos impuestos, tasas y aranceles requiere la condición de residente en una ciudad que, mejor que peor, rige un alcalde que no quiere ser, como siempre han sido sus colegas, presidente del Consistorio. Hasta que podamos digerir —un par de siglos— el exceso de su última pirámide, la de Cibeles, ni un solo gasto extraordinario más y muchos ordinarios menos.

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