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El debate de hoy

El presidente se sostiene por el mismo principio por el que lo hacen los tentetiesos: le pesa más la base partidista en la que se asienta que su propia cabecita

Día 28/06/2011

HEMOS llegado a tal punto de deterioro y desprestigio en lo que al Gobierno de España respecta que hoy, cuando arranque el debate sobre el estado de la Nación —algo más protocolario que político— el interés no reside en lo que pueda decir José Luis Rodríguez Zapatero, el líder que se volvió tarumba de tanto mirar por el retrovisor. El presidente se sostiene, y previsiblemente lo hará hasta el final de la legislatura, por el mismo principio por el que lo hacen los tentetiesos: le pesa más, mucho más, la base partidista en la que se asienta que su propia cabecita y, aunque parezca muchas veces que está a punto de caer, vuelve a la verticalidad. Ni tan siquiera la bicefalia socialista, tan inevitable como negativa, con que el PSOE acudirá al Debate le añade interés y morbo al espectáculo parlamentario. Alfredo Pérez Rubalcaba, antes que candidato a la presidencia, es el segundo, por vicepresidente primero, en el guiso de las calamidades que ahora nos afligen y, por mucho que trate de desmarcarse de su responsabilidad, la mera presencia de Zapatero en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo estará enmarcando la que tiene, que no es poco.

De hecho, el máximo interés del Debate de hoy, si es que tiene alguno, habrá que buscarlo en el censo de las omisiones y silencios del líder de la Oposición y probable próximo presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. Según la falsilla establecida por Pedro Arriola, el sabio que le prepara éxitos a cambio de menosprecios, el líder de la gaviota repasará los desastres del zapaterismo; pero sin señalar alternativas de conducta que pudieran anticipar en algo su hipotético programa de Gobierno. Sobrevolará el doble problema financiero de la Nación, el de los bancos y el de las cajas; pero sin nombres propios y señalamientos concretos, sin negar el soterrado y demoledor proyecto de conversión, mediante la mezcla de cajas podridas con otras sanas —es un decir—, para dar paso a «bancos autonómicos» de imprevisibles efectos negativos en la política, en la economía y, por lo que llevamos visto, en la decencia pública. Rajoy, muy en su línea, nos recordará lo mal que lo viene haciendo su predecesor y subrayará el drama del paro, las dudas sobre la resistencia de la UE frente a Grecia, la dolorosa incongruencia de Afganistán, el fracaso de la política internacional española y cuantos etcéteras le vengan al paso; pero sin apuntar una solución posible en ninguno de esos epígrafes. Ni tan siquiera nos sacará de dudas sobre si José Antonio Monago, cuando afirma galanamente que «a los terratenientes, que les den», se expresa por sí mismo o por cuenta del PP.

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