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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Volantazos

Estamos en manos de un grupo de arbitristas desorientados que se equivocan en lo importante y en lo accesorio

Día 26/06/2011

LA política de pegatinas, epítome de la inconsistencia y la superficialidad del zapaterismo, tenía corolario de quita y pon, una secuela tornadiza inherente a la naturaleza caprichosa e insustancial de una manera de gobernar basada en el oportunismo de cartelería. Al retornar a la velocidad máxima de 120 cuatro meses después de bajarla a 110, el Gobierno no sólo demuestra que aquélla fue una ocurrencia estéril, sino que evidencia el desbarajuste y la falta de rumbo de sus propias decisiones y se somete a un triple castigo crítico: en marzo le zurraron los detractores de la medida y ahora lo zarandean los partidarios, sin ahorrarse por ello la cuchufleta de los primeros y el estupor de los indiferentes. Es lo que tiene gobernar a tirones y a impulsos, a base de frenazos y marcha atrás; que las rectificaciones, en vez de parecer de sabios, sólo demuestran la inestable volatilidad de quien las lleva a cabo.

La reducción de velocidad era un desatino, una chusca improvisación de un ministro —Miguel Sebastián— aficionado a los gestos estrambóticos. Su ineficacia se ha revelado de inmediato y ha causado más inconvenientes que ventajas. Ha descendido la recaudación de Hacienda –aunque haya aumentado la de las multas—y no está clara su incidencia en la seguridad vial ni en el ahorro de combustible, debido con mucha más probabilidad a la carestía de la gasolina y los aprietos de la crisis. Lo que ha disminuido ha sido el tráfico por causa de la crisis. Rectificar era sensato pero los argumentos con que Rubalcaba trata de justificar la corrección sin asumir el fracaso están trufados de ventajismo epistemológico; si vamos a volver a 120 porque ha descendido el precio del petróleo sería lógico concluir que habrá otra nueva restricción de topes cuando suba. Según esta disparatada correlación el Gobierno debería crear una brigada móvil de operarios pegatineros que actuase en las carreteras con arreglo a unas tablas de cálculo, una especie de IPC de ajuste automático entre la velocidad y el crudo.

Lo que sucede es, simplemente, que el Gobierno anda a tumbos, instalado en el vaivén, en la circunstancialidad y en el experimentalismo. Ésa ha sido la tónica general del zapaterato, un período político caracterizado por el revisionismo continuo y la transitoriedad relativista, pero este episodio de política vial ha alcanzado cotas de fluctuación y de frivolidad paroxísticas. Estamos en manos de un grupo de arbitristas inestables y desorientados que se equivocan en lo importante y en lo accesorio, en lo grande y en lo chico. Gobiernan a bandazos no ya de conveniencia ni de encuestas, sino de puro desconcierto. Han hecho del error un sistema y de la autoenmienda un arte. Y es tal su confusión, su pérdida de sentido, que ya no sólo no aciertan más que cuando rectifican sino que hasta las correcciones parecen nuevas modalidades de extravío.

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