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«Dentro de la piedra, el ritmo de vida de Santiago es muy moderno»

El Camino de Santiago y Cunqueiro son ingredientes de «Un mal paso», un novela negra de Alejandro Pedregosa ambientada en Galicia que arranca con el asesinato de un catedrático de la USC

Día 26/06/2011
«Dentro de la piedra, el ritmo de vida de Santiago es muy moderno»
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Pedregosa, autor de la novela

—De los sanfermines al Camino de Santiago.

—Mi idea hasta ahora ha sido ambientar novelas negras en sitios de España que me resultaran especiales. Pamplona era una ciudad a la que tenía aprecio por cuestiones personales. Santiago es una ciudad fetiche para mí desde hace tiempo, junto a Granada, donde vivo, y San Sebastián. Aunque con una sociología muy diferente, son tres ciudades que comparten un ritmo de vida que a mí me gusta mucho, el provinciano. Quería hacer un homenaje a la ciudad.

—¿Qué le gusta de Santiago?

—Santiago me recuerda mucho, en lo que me gusta, a Gijón. Es una ciudad moderna dentro de la piedra y de lo antiguo, pero tiene una día a día y un ritmo de vida muy moderno. También me recuerda a Granada en el peso que tiene la universidad, pero la burguesía de Granada es más rancia que la de Santiago. Y me gusta el humor de la gente, la retranca gallega, esa forma de decir lo que me da la gana con cara de palo. Está muy bien cuando vienes de un sitio que te obliga a ser gracioso por naturaleza, que es el cliché que tenemos los andaluces. Es un humor más sobrio.

—¿Tenía relación anterior con la ciudad?

—Tengo amigos aquí, y viajé para documentarme. Siempre que puedo, vengo por la ciudad dos veces al año. Hice el Camino de Santiago para documentarme. Nunca había entrado en mis planes echarme a andar, y ahora lo recomiendo.

—¿Qué ruta hizo?

—Empecé en Navarra. Hice el Camino Francés, porque en principio es el más concurrido y el que me permitía una mayor variedad de personajes. No hice el recorrido con una afán introspectivo, sino todo lo contrario: llevaba mi carpetilla con notas para fijar la gente que veía.

—Escoge un periodista alcohólico como protagonista. ¿Tenía a alguien en mente?

—(Ríe) No, no conozco tanto el gremio. Necesitaba alguien que fuese contando el día a día y tuviese capacidad mediática, porque el asesino de la historia lo que busca, al fin y al cabo, es que le den bombo. Es un tipo de asesino que observa a los famosos y necesita salir en los medios, porque cree que en eso consiste la vida. Por ello necesita a un periodista de cebo. Quería un caminante que no fuera gallego. Iba a ser mi mirada, la del que hace el Camino desde fuera.

—El periodista, Huguet, es un contraste muy grande con el comisario Corbalán...

—Sí. Hoy me he ilusionado, porque cuando hablo con lectores gallegos, ellos comparan la novela con otras sobre Galicia o escritas por escritores gallegos, y me preguntan si he vivido aquí, que este carallo está bien puesto en su sitio... El trabajo no es solo mío, porque amigos de aquí han pasado el filtro.

—En el libro hace un homenaje a un escritor gallego, Álvaro Cunqueiro. ¿Sabe que coincide con su aniversario?

—Me enteré sin querer, en la prensa, cuando ya había salido el libro. Es una de las cosas más divertidas de la novela. Uno de los personajes es un profesor universitario, compañero de departamento del desaparecido al inicio del libro. Está perdiendo la cabeza, tiene brotes de esquizofrenia, y entre sus muchas locuras se dedica a pasear de noche con su perro y pegar post it en las rejas de la Catedral con mensajes absurdos. Este profesor escucha una voz, y la voz que escucha es la de Álvaro Cunqueiro. El escritor le habla como escribe en los relatos. Ha sido muy divertido imitar y darle esa pátina al discurso de Cunqueiro. La voz le ayuda a escapar de la policía, que sospecha de él en un primer momento.

—¿Conocía su obra anteriormente?

—Mucho. Creo que está terriblemente infravalorado, y no lo entiendo. No sé si es porque gran parte de su producción está en gallego. Yo tengo su obra completa, y es una maravilla. «O ano do cometa» me abrió una ventana. ¡Qué imaginación más brutal! Lo había leído antes, pero nunca tan apasionado.

—Ha dicho alguna vez que cuando escribe novela negra no busca hurgar en las miserias de la gente, sino hacer una foto fija de la sociedad con cierto tono humorístico. Pero es complicado no entrar en las miserias...

—El humor me parece que no está tan valorado en la literatura española como en otras, como la anglosajona. Me parece un error muy español. Me gusta la novela negra que yo llamaría mediterránea, más cercana en lo cultural: Fred Vargas, Camilleri. Es una novela más limpia, con menos sangre, que se sale un poco de la inicial, la de la cultura americana del arma. Creo que a la novela negra nórdica, a excepción de Mankell, le falta literatura: son muñecas rusas que van encajando, pero a las que les falta literatura. Todas tratan de explicar que en cada uno de nosotros hay un límite: unos lo rebasan por amor, otros por desamor, otros por dinero...

—Hay que ser profundo.

—Sí, parece que gusta lo sesudo, aunque después no se profundiza en ello. El humor no es imprescindible, pero sí una buena guía para una novela. En su día, «El Quijote» fue un bestseller: no porque todo el mundo pensase que iba a convertirse en el canon literario o una obra central de la literatura universal, sino porque divertía, entretenía y era divertido. Siempre pongo este argumento cuando me hablan de lo sesudo y la seriedad. El rey del canon no era serio. Como el propio asesinato es oscuro, lo del humor es buscar una ventana al lector para que tenga un contrapeso.

Cuando dije que no buscaba hurgar en la miseria me refería a un contexto muy preciso. Cuando salió mi primera novela, el año anterior habían asesinado a una chica en Pamplona durante las fiestas. Me preguntaban si existía alguna relación entre el caso y el libro. No tenían nada que ver, no me gusta ese tipo de novela en absoluto, la que parte de un hecho luctuoso que ha hecho sufrir a personas. Esto es todo inventado.

—¿Qué hay de Santiago en la historia?

—Es una fotografía plana de la ciudad, con los prototipos de gentes que pasan por ella.

—En los inicios de su carrera se dio a conocer como escritor de poesía. ¿Sigue escribiendo versos?

—Alterno. Mis primeros libros publicados eran de poesía. Después me aventuré con mi primera novela, gané el premio Saramago y a partir de ahí... Me fichó Ediciones B, y digamos que la faceta de novelista está más asentada. No he dejado de lado la poesía, sino que es un mundo muy diferente. Al no haber una vis comercial, se escribe por gusto. La poesía siempre está ahí, pero a otro nivel. Está subvencionada, la crisis ha cortado el grifo y hay menos para los mismos. La poesía tiene un público escaso, pero fiel. Tengo la suerte de no sentirla como una obligación y afrontarla con honestidad.

—¿A los que primero son poetas les cuesta más tiempo escribir?

—Yo no soy tardón, pero porque soy muy metódico. Trabajo como gestor cultural y además doy talleres de creación literaria y novela negra, de la literatura y su periferia. Pero todas las tardes, de cuatro a ocho y media, escribo. Más o menos páginas por día, corrigiendo y remodelando lo anterior, vas sacando adelante la obra.

—¿A dónde se marcha ahora?

—La siguiente novela transcurrirá entre Madrid, Barcelona y San Sebastián. Las dos primeras, más lejanas, nos irán llevando a la tercera. Soy muy futbolero, de la Real desde pequeñito.

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