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No hay «ninis» en este campamento

Pasamos un día entre quetzales, adolescentes de 16 y 17 años, mujy inteligentes, que comienzan a despertar a los rigores de la convivencia tan próxima. Ya hay dos nuevos inquilinos en el asentamiento en Perú: un brote diarreico y los primeros romances

Día 22/06/2011 - 22.50h

Iñigo González de Echávarri pide a sus padres, a través de ABC, que cuando vayan a recogerle a Madrid, de vuelta de su Ruta Quetzal 2011, le «lleven las lentillas». Necesidades menores éstas en un campamento de jóvenes expedicionarios que durante más de un mes viven sin la adicción a los móviles, los Tuenti y los Facebook, las salidas a deshora, los videojuegos y las conexiones a internet. A cambio, rellenan esos huecos de ocio con mil y una actividades preparadas por la organización de esta ruta, patrocinada por BBVA y que se asienta este año en la costa norte peruana, del extremo sur de Lima hasta el inicio del Amazonas en medio de la cultura de los Chachapoyas.

En esta ocasión, el campamento se desplaza de Huanchaco a Lambayeque. En la primera ciudad, el Gobierno peruano ha consentido que se levantase en una playa acotada al público. El asentamiento de los 224 jóvenes y los 17 monitores (contando el jefe del campamento, Jesús Luna, y su segundo, David Cuadrado) es un enjambre de tiendas de campaña azules, distribuidas a tres personas por «jaula».

La organización tiene un punto de militar: perfectamente estructurada en horas y actividades, se organizan en doce grupos a cargo cada uno de un adulto responsable. Éste se encarga de velar por su seguridad y también impone autoridad, como comenta el simpático Juan Ignacio Pieras, investigador de Genética de 27 años que tiene dos armas claves para tratar con los muchachos: «Paciencia y mano izquierda».

Desayunan avena y un «banano»; comen arroz y pollo... Los jóvenes ponen malas caras cuando se les habla de comida. Alguna chica pide un kebab, otra necesidad no de lujo pero que se extraña ya pasada la primera semana de convivencia quetzal. En las campañas cuelgan decenas de biquinis y bañadores, tendidos para que el clima seco de este invierno moderado en Perú los seque antes de la siguiente ducha.

«Lo peor es la higiene y la limpieza. Cuesta mucho limpiar cada plato para reutilizarlo después de cada comida», nos cuentan dos jóvenes de 17 años, David Zamora y el navarro que reclamaba sus lentillas. Y es que, tras el desayuno, toman una ducha rápida en unas diminutas estancias separadas del mundo solo por una cortinilla. Por eso, ninguno olvida su traje de baño. El valenciano Álvaro Torres objeta: «Lo más duro es dormir en la playa, en un saco. Ya tengo la tienda de campaña llena de moscas».

Un nuevo huésped habita el campamento

La hora del baño se torna casi tétrica si nos vamos a los urinarios, porque un brote diarreico –como suele ocurrir- ya ha aparecido y está haciendo mella entre los quetzales, sobre todo, entre ellas, dicen. Las condiciones son «durillas» para los muchachos, como califican ellos mismos, pero ninguno renunciaría a vivir esta aventura en Perú. Y especialmente a la convivencia. Porque los lazos de amistad que han logrado forjar en apenas unos días llegan a extremos casi inauditos.

Algunos parece que se conocieran de toda la vida. El hermanamiento entre los miembros de cada grupo es bestial, sorprendente. Todos gritan sus consignas de guerra, ideadas para cada grupo (resuenan en este momento al otro lado del campamento los del grupo 2: «Y si alguien me pregunta, levanto la cabeza orgulloso y le digo, del grupo 2 hasta morir»). También rodean como abejas a la miel al periodista que interroga a uno solo y cuando pide una foto a dos de ellos, de repente de dibujan una veintena en el objetivo de la cámara.

Todos vestidos de «mofetillas»

Hay una parte extraordinariamente buena, extrae el madrileño David Zamora: «Que todos vistamos igual, con la ropa de la organización y los espónsor de la ruta, democratiza la estancia y hace la convivencia y todo mucho más fácil». Será verdad eso de que el pelaje hace al animal y llevando el mismo, se pueden codear unos con otros sin mayores problemas. «Lo que ocurre es que empieza a escasear la ropa limpia, solo tengo dos camisas más», añade David, sabedor del «piropo» de «mofetillas» que empieza a correr por el campamento.

Esa convivencia cercana propicia el roce más cariñoso. Divisamos los primeros acercamientos, coqueteos, algunas «manitas». «Ya se ha formado alguna pareja», informa Álex Torres. Y ni él ni Wesley Jiménez, de Puerto Rico, descartan encontrar a su media naranja en esta «comuna». No en vano, une mucho «lo de convivir en el mismo lugar haciendo lo mismo», agrega Iñigo. Aunque no vienen “buscándolo”, advierte la mayoría, «si surge, surge». No se pueden poner puertas al campo. Al fin y al cabo, todos tienen 16 y 17 años.

Mensajes en una botella

«Y hay chicas muy lindas en el campamento», dice le puertorriqueño de San Juan Wesley, autor de una de las iniciativas más afectivas del asentamiento quetzal. Su grupo, el 10, y los integrantes del grupo 2 han llenado de mensajes escritos una botella y la llaman «la botella de los deseos». «El mío ha sido conocer fuera de aquí a mis nuevos amigos del campamento», expresa, con un punto de nostalgia por no haber podido compartir con su abuelo el Día de los Padres, que acaba de celebrarse en su país natal.

De Puerto Rico, como él, de Brasil como Thais Sales, de Panamá como Alany Marcos... Intercultural es una palabra muy «chic» que se utiliza ya como alabanza para cualquier centro turístico o ciudad, pero el significado verdadero de ese término se encuentra, estos días, en este asentamiento en Perú. Hay gente de todo tipo, en una miscelánea increíble, y más allá de desentendimientos puntuales, todo marcha perfectamente. Thais, por ejemplo, está aprovechando para mejorar su castellano, que aprende desde hace solo unos pocos meses. «Son atípicos estos jóvenes –dice casi emocionada otra de las monitoras, Silvia Soria, del grupo 1-. Hay mucha diferencia de valores, por ejemplo, entre culturas como los iberoamericanos, que no materializan nada».

Lumbreras en Perú

Y son atípicos en cuanto a la imagen asentada en el imaginario colectivo. Aquí no hay “ninis”, solo muchachos con unas virtudes meritorias que les han valido el pase directo a Perú. Sus brillantes trabajos, como el de Fernando Gil de Burgos, que realizó una escultura moche documentándose en el Museo América de Madrid, o el juego de mesa moche originalísimo que presentó el oscense Pedro David Bardají, les han traído hasta aquí y han probado su inteligencia y sus capacidades manuales. Mientras Rafael Ucañán, pescador de la zona, les muestra en la playa de Huanchaco cómo se construye un caballito de totora, todos prestan una atención exclusiva. Preguntan, participan, se interesan, toman notas... Iñigo dibuja en su cuaderno la estructura de esta sirena de caña del Pacífico. Es todo un artista.

Ahora posan para una foto conjunta con el pescador. Y gritan otro lema: «¿Cuál es nuestro oficio? Quetzal, quetzal, quetzal». Corean. Son lumbreras. Muchachos despiertos a la vida. Y, por qué no, al embrujo de los primeros romances.

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