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El cancionero de Sebastián de Horozco, un monumento revisitado

Día 21/06/2011 - 18.09h
El problema con nuestros clásicos es que es tan inmenso su corpus que los árboles impiden divisar el bosque, donde hay árboles si no tan majestuosos casi tan bellos e interesantes como ellos. Una crítica handi-capada por los escalafones académicos y el categórico imperativo del criterio de las «autoridades» (lo que dijo Don Zutano va a misa y no se cuestiona por más hallazgos en contrario que se acrediten), se suele limitar una y otra vez a reeditar, revisar y analizar los grandes nombres de nuestros siglos áureos y, lo que es todavía peor, dentro de estos sólo un número limitado de entre los títulos de su producción. Si bien en las últimas décadas, se constatan intentos serios por introducir nuevos campos de estudio, perspectivas diversas, parece como si ello quedara al final en una serie de ocurrencias juveniles que para nada afectan al canon establecido, inmutable, como una ciclópea muralla infranqueable.
 
 
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Los mismos autores y títulos acaparan planes de estudio y, por tanto, la programación de las editoriales encargadas de abastecerlos, ¿para qué arriesgarse a novedades donde basta con reimprimir para asegurar beneficios? ¿Para qué hacer i más d en relación con nuestras bellas y a veces buenas letras? Sonroja un poco que en los albores de este nuevo milenio, hasta ahora tan decepcionante como cruento, pero sin embargo saturado de cachivaches y recursos tecnológicos, duerman todavía en la sección de raros y manuscritos tantos tesoros que harían las delicias de estudiosos, estudiantes y simples lectores aficionados a nuestros clásicos y ala buena literatura.

Claro que hay excepciones, gente con preparación y el empuje necesarios como para acometer desde sus pequeños equipos grandes y quijotescos empeños. Tal es el caso del profesor e investigador alcarreño José Julián Labrador que, tras muchos años de desempeño docente en la universidad norteamericana de Cleveland, comanda un equipo consagrado a estudiar, reeditar y poner en valor la poesía cancioneril, la que define los siglos áureos del bel trobar castellano, que en este campo hay que adelantar a su apoteosis del XV. Junto al catedrático Ralph di Franco, ha preparado una base de datos digital que contiene en la actualidad 100.000 primeros versos en referencias cruzadas procedentes de 1.270 manuscritos e impresos custodiados en 96 bibliotecas de uno y otro lado del Atlántico. Con el mismo investigador y colaboradores invitados, creó en 1988 la colección Cancioneros Castellanos, en la que han aparecido títulos como el Cancionero autógrafo de Pedro de Padilla o Thesoro de varias poesías y ahora este verdadero monumento literario, apenas conocido y muy poco reconocido, escrito y mandado compilar por el toledano Sebastián de Horozco.

Viaje lírico

Sebastián de Horozco fue un jurista que consagró acaso sus mejores energías a la escritura. Estudió leyes en Salamanca hasta el año 1534 en que se licenció, y llegó a ocupar el puesto de consultor de la Santa Hermandad, del Santo Oficio y del Ayuntamiento de Toledo. Casado con María Valero de Covarrubias, tuvo tres hijos, Juan, Catalina y Sebastián (futuro autor del Tesoro de la lengua castellana, primer diccionario de la lengua castellana). De estirpe conversa judía, abogado, toledano, escritor, bachiller en Salamanca, ¡cuántas analogías con Fernando de Rojas, segundo autor o acabador, como él mismo se nombra, de La Celestina!, Horozco prolonga con este su cancionero la tradición cancioneril que alcanzó su cénit en lo que yo prefiero llamar la corte poética toledana del XV, con vates tan prodigiosos como Álvarez Gato, Gómez Manrique y el genial, único, máximo Jorge Manrique.

Pero no es una prolongación del «tiempo antiguo» anacrónica y desfasada, bien al contrario, sintoniza con la realidad de un Toledo cosmopolita, abigarrado, palpitante mucho más y mejor que tantas obras del paradigma nuevo, el italianizante endecasílabo introducido por el tamdem Boscán-Garcilaso. La feroz sátira social, que no deja títere con cabeza prácticamente en ningún estamento, preludia las grandes diatribas barrocas y evidencia el influjo de obras como las Coplas de Mingo Revulgo, impresas en Toledo en 1525.

Las 380 composiciones que componen este cancionero recogen muestras de casi todos los géneros: debates poéticos, sátiras, poesía amorosa, poemas religiosos, glosas de canciones viejas…, con una gran fidelidad al octosílabo y a la copla real, sin que tampoco falte la copla de pie quebrado manriqueña. Hay que decir que no escasean lo verde ni lo burlesco ni incluso lo escatológico; le hubiera encantado a Cela este cancionero. Incluye además unas cuantas representaciones e incluso un entremés, que reflejan la dedicación a la escena de Horozco. En mi opinión es un tanto exagerado denominarlo «dramaturgo», se trata simplemente de una deriva, muy feliz y en ocasiones del mayor nivel, de su producción poética, donde existen bellos poemas dialogados, hacia el teatro menor (pequeñas representaciones para hacerse en conventos o en determinados ciclos litúrgicos), incluyendo una escalofriante danza de la muerte que renueva el género en pleno renacimiento.

En no pocas de estas composiciones el Horozco poeta sintoniza con el Horozco historiador. Claro, hasta ahora no lo había dicho. Horozco es autor de unas amenísimas Relaciones históricas toledanas, imprescindibles para conocer la intrahistoria toledana del seiscientos. Sin este texto, difícilmente tendríamos, hasta donde se me alcanza, una descripción precisa de los patéticos y aun terroríficos autos de fe celebrados en Toledo cuando se implantó en nuestra ciudad el Tribunal del Santo Oficio. Un testimonio que este descendiente de judíos transcribió de algún testigo presencial de su familia o entorno que sobreviviera a esa calamitosa irrupción.

Otro de los momentos estelares de su relato (que yo utilicé profusamente para mi novela Memorias de un hombre de palo) es la crónica de la última corte general celebrada en Toledo, coincidente por cierto con la celebración de la boda de Felipe II. En contra de la opinión más difundida, parece que la sociedad toledana, al menos Horozco, estaban un tanto hartos de unas cortes que provocaron gran carestía en los precios y una enorme inseguridad para personas y propiedades:

«Estamos tan hartos ya/ de lidiar con esta corte,

que no sé yo quién podrá/ contaros cómo nos va

sin que la vida se acorte./ Esperamos cada día

cuándo se nos tiene de ir,/ que según la carestía,

si la corte aquí porfía/ nos hemos de consumir».

Son muchos los pueblos y villas de Toledo que salpican este cancionero (Sonseca, Mazatrambroz, Burguillos, Nambroca, Argés, Ajofrín, Chueca, San Martín), recurrentes las alusiones al vino, a la moda (la prohibición de que las mujeres llevaran chapines), las menciones de detalles y enclaves urbanos (como la demolición de los saledizos y la apertura de la calle principal del Alcaná a mediados de siglo o la reforma de los cobertizos, etc…). La compilación ofrece un cuadro variado y multicolor de la ciudad que acogió al Lazarillo y su revolución literaria (una empresa para la que el propio Horozco siempre ha figurado como posible candidato a despejar la x del anonimato).

Editada por el catálogo de Publicaciones de la Junta, esta es prácticamente la primera edición rigurosa y completa del cancionero toledano, cuyo códice figura en la Biblioteca Colombina de Sevilla. Un libro que propone algo que ninguna agencia nos puede ofertar: un viaje lírico al Toledo del siglo XVI.

El cancionero de Sebastián de Horozco, un monumento revisitado
 
Antonio Lázaro
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