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Borges, la literatura del Siglo XX

«Como en el caso de El Quijote, se trata de alumbrar una existencia decididamente literaria. Una existencia para la literatura, el raro territorio de niebla en el que la ficción se apodera de la realidad, el sueño de la vigilia, ese es el asunto clave, el secreto, la huella borrada en la literatura borgiana»

Día 18/06/2011

BORGES más que un escritor, fue, es, será una literatura, la más cabal metáfora de la literatura del siglo XX. Murió hace ahora un cuarto de siglo en Ginebra. El lugar elegido para morir no fue casual. El 7 de diciembre de 1986, el año en que murió Borges, escribía Adolfo Bioy Casares en su dietario, que luego publicaría bajo el título de Descanso de caminantes: «Para mí, el mundo no es el mismo desde la muerte de Borges», el mismo día, creo, Pere Gimferrer, en la Biblioteca Nacional de Madrid, en una tarde de intensa niebla y en el salón de actos, donde apenas estaban seis o siete personas —entre ellas quien esto escribe, recién llegado de China, tras una larga estancia—, descubrió cómo la leyenda comenzaba a superar a la realidad, y María Kodama, aún con la estela de Ginebra en la mirada, agradecía esas palabras; Gimferrer afirmó que tal vez nuestro mayor mérito literario sea haber sido contemporáneos de Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986). Para hablar de literatura Borges solía vestirse con pulcritud. Una vida consagrada, como Alonso Quijano, a la lectura, trocada, después o antes o en el medio, en literatura; ese Borges que convertía la conversación literaria en algo sagrado. Los asuntos más dramáticos de la vida pasaban por el filtro de las letras. No será casual que Cansinos-Assens, una de las presencias más notables de la escritura borgiana, en el final del volumen III de La novela de un literato, fechado el 18 de julio de 1936 en Madrid escriba: «Aquí no muere la República, aquí muere la literatura». Para Cansinos, para Borges, para Ramón Gómez de la Serna, para Macedonio Fernández no hay vida más allá de la literatura. Cansinos era el tercero de esa sociedad secreta que forman los conjurados por Borges; esos tres Quijanos que, en la silva de varia lección de los libros, ocupan el territorio imaginado —y después vivido— de las letras. Los otros dos —esas huellas también borradas, que, como Quijano, se borran a sí mismas— serán los

citados, Macedonio, que desaparece de la vida, y vive entre las sombras de sus ensoñaciones abstractas y literarias, y Ramón que convierte en literatura todo cuanto toca, y él mismo es antes que una biografía, una concepción de la literatura. Borges, tras lo que algunos han denominado, las ruinas de la modernidad, el agotamiento del discurso de la razón y el contradiscurso vanguardista del irracionalismo, descubre, en medio de los senderos que se bifurcan, un destino: el regreso de la creación literaria a su lugar de origen, la mítica. La recreación de ese retorno la escribirá mediante un estilo noble, transparente, eterno. Es decir, en más de un sentido, cumple el anhelo invisible del silencio de la página en blanco (Mallarmé) porque se escribe en el aire sobre el libro de arena. Borges sabe que ningún regreso es inocente, ni posible. Sólo queda abrir, de nuevo, otra geografía, esta vez circular, irremediablemente paródica. Será la literatura del siglo XX.

El lenguaje que oculta intencionadamente su intensidad, que exhibe su levedad y que subraya su rareza. Una lengua irónicamente clásica teñida de marcas contemporáneas. El estilo invisible, como el cristal, como el aire. Está en la propia genealogía de la obra borgiana: la relación entre el tiempo y la eternidad, la unidad y la diversidad, lo uno y lo otro, las paradojas y el laberinto, la muerte del sujeto, el individuo perdido, el yo como mera ilusión, la consciencia como juego de sensaciones arbitrarias, el mundo como conjunto arbitrario de meros signos semánticos.

Los libros más deslumbrantes de su literatura, lo ha subrayado el ensayista boliviano H.C. Mansilla, borran a menudo las diferencias entre lo marginal y lo relevante, entre la razón y la locura (Foucault), entre lo santo y lo profano (Proust), entre lo lícito y lo delictivo (Beckett, Genet), entre lo cotidiano y lo extraordinario (Joyce), entre lo serio y lo festivo (Bajtín), entre la realidad y la ficción (Kafka, Macedonio), pese a que siempre los tratará con tanta distancia irónica como melancólica (Cervantes). Si todo es simulación, el pensamiento crítico deviene en una monumental parodia.

Como en el caso de El Quijote, se trata de alumbrar una existencia decididamente literaria. Una existencia para la literatura, el raro territorio de niebla en el que la ficción se apodera de la realidad, el sueño de la vigilia, ese es el asunto clave, el secreto, la huella borrada en la literatura borgiana.

Poco se sabe de la muerte cervantina de Borges en Ginebra. Una enfermera le leía a Novalis, autor al que el adolescente Borges había descubierto por vez primera en Ginebra. Alonso Quijano despierta del sueño de Don Quijote, y, para morir tras el sueño de la vida, una vida de libros, de lecturas, de héroes y melancolías, debe volver allí de donde partió: Ginebra.

En Ginebra había descubierto a Heine y a Virgilio, a Kipling y De Quincey; en Ginebra leyó a Baudelaire, aprendió el concepto de historia literaria, que reordenaría. Era el vasto volumen de lo que serían sus novelas de caballerías, lo que al joven porteño le volvería, también, fantasiosamente loco y le haría salir en busca de los molinos de viento, pero esta vez bajo la forma de una inmensa, eterna, biblioteca y una empresa: reordenarla.

Los últimos días en Ginebra, según el testimonio de su traductor al francés, Jean Pierre Bernés, son el regreso a casa, el regreso de Alonso Quijano. Murió reescribiendo palabras en las sagas islandesas en latín, en francés. Volvía a Ginebra porque volvía al principio: «¿En cuál de mis ciudades moriré? / ¿En Ginebra, donde recibí la revelación, / no de Calvino ciertamente, sino de Virgilio / y Tácito». Allí su padre decidió que Georgie fuera escritor, allí lo decidió él. Repitió la muerte del Quijote, la de Kant, contada por De Quincey, y alguna otra particularmente literaria que le obsesionaba. Hasta el final su modelo fue Cervantes, por el mismo motivo que lo era Ascasubi. Veía en ambos la fusión de las armas y las letras, lo que siempre admiró y trasladó a múltiples páginas de su obra. Bernés le preguntó en las últimas horas de un 15 de junio de 1986: «¿Quién es Borges? ¿Cervantes, el Quijote o Alonso Quijano?», la respuesta fue inmediata: «los tres».

El círculo tiende a cerrarse. La mitología literaria del siglo XX fue creada al sur, allí se reinventó, desde el barrio de Palermo, allí en Buenos Aires, la literatura. Volvamos al principio: «los tres», respondió Borges a la pregunta de quién de los tres era. O los cinco, Don Quijote, Alonso Quijano, Cervantes, Borges y «Pierre Menard», en un laberinto sin centro; es decir, el mundo como representación, las «palabras, palabras, palabras», de Hamlet a la pregunta de Polonio que siglos después se convertiría en «el orden de las palabras» como Joyce le confesó a su amigo Francis Ogden, eso que hemos dado en llamar desde los tiempos pretéritos literatura, esa maravilla que permite que lo imaginado por un hombre llegue a ser parte de la memoria de otros.

FERNANDO R. LAFUENTE ES

PERIODISTA

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