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Czeslaw Milosz entre escorpiones

La de Czeslaw Milosz fue la principal voz que se alzó contra el régimen comunista polaco. Adam Michnik, uno de los impulsores de aquella democracia, recuerda al Premio Nobel en su centenario

Día 11/06/2011 - 06.49h

Milosz representó una leyenda para varias generaciones, incluida la mía. Su poesía era como el fruto prohibido: nos sabía a gloria, pues acceder a ella requería grandes esfuerzos. Sus versos formaban una especie de código secreto de comunicación entre los polacos insumisos. Nos reconocíamos a través de citas de Milosz: al que estuviera familiarizado con su poesía podías llevártelo contigo a tomar una cerveza sin temer nada. Sus libros, con esas características cubiertas grises de la editorial parisina Kultura, eran considerados por los intelectuales polacos el bien más preciado. Swiatlo dzienne [Luz de día], El pensamiento cautivo, Rodzinna Europa [Europa familiar], Traktat poetycki [Tratado poético], Kontynenty [Continentes], Prywatne obowiazki [Los deberes privados], Czlowiek wsród skorpionów [Hombre entre escorpiones], Widzenia nad Zatoka San Francisco [Visiones en la bahía de San Francisco], Ziemia Ulro [La tierra de Ulro]: todos estos títulos eran devorados por los miembros de la oposición democrática, quienes los consideraban de lectura obligada. Libros que fascinaban a la vez que inquietaban.

Los rebeldes anticomunistas nos dábamos cuenta intuitivamente de que Milosz continuaba la polémica abierta en varios frentes. No solo argumentaba contra el comunismo soviético y la hipocresía de la oposición izquierdista de Occidente, sino que también juzgaba con incondicional severidad la tradición polaca de irreflexivo griterío populista y nacionalismo totalitario. Sus escritos dedicados al período de entreguerras, la actitud hacia las minorías nacionales, la pobreza de la derecha polaca y la falsedad de la izquierda, el antisemitismo, la agresividad obtusa del clericalismo, pero también sobre la hipocresía de las elites del poder de la «Sanación» [coalición política polaca que accedió al poder en 1926 con un golpe de Estado liderado por Józef Pilsudski y que pretendía la «sanación moral» del país], nos retaban a replantearnos los valores de la cultura y la espiritualidad polacas. Milosz, el autor de Pensamiento cautivo, fue un maestro del pensamiento libre en Polonia.

Testigo de la agonía

Milosz se había formado en la Mancomunidad de las Naciones –como solía denominarse al Estado polaco integrado por múltiples nacionalidades–, o para ser más exactos, en el Gran Ducado de Lituania, país de gran diversidad nacional, cultural, lingüística y religiosa, de cuya agonía fue testigo en los años 30, lo que condujo a que desde entonces el poeta se considerara un emigrante, un refugiado, un hombre que había perdido su patria. Escribió en Toast [Brindis]:

«Se vivía en una mezcla de dialectos y selvas, / Revoluciones, religiones y romanas Digestas. / Quería huir de allí, porque mi instinto de ave / Me dice qué es sano y qué deja el humor acre, / Hasta que demasiada materia se me aglomera / Y poca distancia, y un exceso de parte interna. / Me ayudó a emigrar, casi como un indigno, / El voivoda de allí, Bocianski de apellido. / Se saldó a mi favor, pero es dulce la venganza. / A quien se me ponga en medio, le pondré trabas. / Y aquí, en medio de virutas de una garlopa alegre, / Entre versos introduzco el nombre de un Feldwebel. / Porque lo que repite Breza (ese autor) es atinado: / Mucho más escritor, dice, que dignatario».

Esta observación –que debería ser memorizada por los dignatarios– ofrece una clave importante de la biografía del escritor. La política le aburría y le repugnaba; no obstante, sabía que era imposible huir de ella en una época en la que el Espíritu de la Historia hablaba la lengua de la opresión totalitaria. Tal huida solamente era factible pagando el precio del oportunismo y la mentira, pero Milosz afirmaba:

«Madre, no es verdad que en el género humano / no existan los salvados ni los condenados. / ¿Quién puede llegar a decir, soy justo, / Cuando de la cobardía crece la indiferencia, / De la indiferencia, el silencio sobre el crimen, / Del silencio, sólo la muerte y acusaciones?»

Todo depende del ser humano

Poseía una intuición inaudita de su tiempo y una extraordinaria conciencia de su deber como escritor. Su vida discurrió en una secuencia de trampas dispuestas por el Espíritu de la Historia: en los años 30 se enfrentó al gobierno de «Sanación», la derecha nacional-demócrata y la izquierda simpatizante del comunismo. En la época de la ocupación alemana, observó con terror el devenir de los acontecimientos que condujeron a su patria a la cruel matanza durante la Insurrección de Varsovia de 1944, los crímenes de la época estalinista y el dominio soviético sobre Polonia. Frente a todo ello se sentía impotente; impotencia que por otra parte le proporcionaba una particular sensación de libertad. Durante la ocupación alemana escribió: «En un momento de la Historia en que nada depende del ser humano, todo depende del ser humano: hoy esta verdad paradójica se me revela con singular claridad».

Esta libertad le permitió contemplar la espantosa catástrofe con una perspicacia que muchos considerarían cinismo, pero que en realidad revelaba su desesperación. Milosz presenció el fin del mundo, equiparable en su visión con el derrumbe de la civilización de la antigua Roma. ¿Cómo se puede continuar viviendo después del fin del mundo? Nada más terminar la guerra, observando desde su perspectiva de diplomático polaco en Washington cómo las democracias occidentales pactaban con Stalin, dijo en un poema dedicado a Kronski:

«[...] Y a nosotros, Juliusz, ¿qué poder nos sería dado / Si previéramos el destino de nuestra Europa / Natal, que conduce los pies armados / A estar bajo potencias extranjeras? [...] Pero la heredera de nombre griego, / La gloria, durará mientras dure la humanidad. // Y el siglo de la oscuridad pasará como el invierno / Mientras el árbol tenga resistentes jugos bajo la corteza [...]».

Después de 1945 consiguió publicar Ocalenie [Salvación], un tomo de poesía que se convertiría durante decenios en un título de coleccionista. También tuvo tiempo para enriquecer la lengua polaca con un puñado de bellas traducciones de lírica anglosajona y editar, casi de milagro, Traktat moralny [Tratado moral] y Toast [Brindis]. Inmediatamente después se cerró la puerta de la cárcel en la que quedaría recluida la cultura polaca.

Recurriendo a las palabras del propio escritor, diríamos: traicionó. Se escapó adonde pudo. Ante sus ojos veía la lisa pared de Oriente, a su espalda las murallas polacas de la Ciudad Oscura. En 1951, mientras trabajaba la Embajada de Polonia en París, buscó refugio en la sede parisina de la editorial Kultura. Como solía decirse por entonces, «eligió la libertad». Kultura publicó su famoso artículo «Nie» [«No»]. Posteriormente contaría su ruptura con el régimen en Historia de un suicida.

La decisión que tomó Milosz debió de haber nacido de la más absoluta desesperación. Los círculos de la emigración polaca en Occidente, fieles al anterior sistema, veían en él a un agente comunista; los salones franceses de orientación izquierdista lo consideraban un agente estadounidense y un instigador de la guerra. Rompió también con su medio natural, sus amigos en Polonia, quienes optaron por continuar confeccionando sus «mezclas para el futuro», aun al precio de verse obligados a escribir alguna que otra obra al servicio del régimen. Y el precio inicial que les exigió el poder fue escupirle a Milosz.

Total aislamiento

Hubo muchos que se doblegaron a esta exigencia y entre ellos se encontraba –cosa que recuerdo con dolor– mi querido maestro y amigo Antoni Slonimski, quien por oportunismo, desconocimiento, pero sobre todo por miedo, escribió entonces la infame Carta a Milosz, de la cual se avergonzaría hasta el final de sus días. Basta con consultar las revistas de aquella época, tanto las publicadas en Polonia como en la emigración, para darse cuenta de lo obvio: Milosz, calumniado y vilipendiado, se había convertido en un «hombre entre escorpiones».

Posiblemente fuera aquella experiencia de un aislamiento total –salvo la honrosa excepción de Jerzy Giedroc y los círculos parisinos de Kultura– lo que impulsó a Milosz a escribir un libro sobre Stanislaw Brzozowski. Probablemente también por el mismo motivo defendió públicamente a Józef Mackiewicz, condenado con dureza por la ortodoxia patriótica polaca. En un gesto real, tomó partido por las personas acusadas de traición mayor, a quienes nadie más quiso defender.

En un panfleto alusivo a los emigrantes polacos en Londres, Milosz escribió:

«[...] Y los rusos entraron en las ruinas de la ciudad / Con sus tanques, les dieron normas y les pusieron el collar. / La nueva provincia crece ya en el Imperio / Y trae como tributo carbón, manteca y cereales. / Maldice el pueblo, y los bufones le cantan / Que nunca había sido tan libre como ahora. / Y busca signos que iluminan el cielo: / ¿La paz del servilismo? ¿O el exterminio de la guerra? / Mientras, ellos, temblando en las cuevas de las sombras, / Piensan que no saben que ya están condenados» (París, 1951).

Al escribirlo, Milosz era consciente de que aquellos que «tiemblan en la caverna de sombras» controlaban la opinión pública en la emigración. Le llovieron rayos y piedras, no se salvó de los peores insultos ni calumnias, mientras desde Polonia le llegaba un grito insistente: «Eres un desertor; eres un traidor». Nunca olvidó aquellos momentos y en el futuro amaría siempre a su patria con un amor particular, libre de autoengaño. Años más tarde escribiría:

«Lengua mía fiel, / te he servido. / [...] Has sido mi patria, porque me faltaba cualquier otra. / Pensaba que serías también mediadora / entre yo y la buena gente, / aunque fueran veinte, diez / o no hubiesen nacido todavía. / Ahora reconozco mi duda. / Hay momentos en los que parece que he malgastado mi vida. / Porque eres la lengua de los humillados, / lengua de los irracionales y de los que se odian / a sí mismos tal vez más que a otras naciones, / lengua de los confidentes, / lengua de los trastornados [...] / Pero sin ti, ¿quién soy? [...]» (Berkeley, 1968).

¡Dios mío, cuánta perspicacia en la visión de este poeta herido! Tuve la suerte de conocerlo durante casi 30 años. Le conocí personalmente en el otoño de 1976 en París, aunque naturalmente ya había leído sus poemas y ensayos. Siendo un chaval de 15 años me escapaba de las clases del colegio a la Biblioteca Nacional, donde leía sus obras. Como pocos, puedo atestiguar cuánto debo a estas lecturas. Cuando a veces me pregunto qué podré alegar a mi favor en el Juicio Final, sigo repitiéndome que pertenezco a un círculo muy reducido de personas que contribuyeron a publicar la obra de Milosz en Niezalezna Oficyna Wydawnicza, editorial clandestina polaca. Cuando el poeta fue galardonado con el Nobel, pudimos decir con orgullo que éramos sus editores en Polonia.

«El día de mi suicidio»

Sin embargo, en aquellos momentos en París nadie soñaba todavía con el Nobel. Milosz, a quien conocí a través de Jerzy Giedroyc y Zygmunt Hertz en la redacción de Kultura, me honró con una invitación a cenar. Quedamos en el Barrio Latino, donde el poeta tardó bastante en encontrar el restaurante. Miraba a su alrededor, perdido, arrastrándome por las callejuelas, hasta que finalmente lo encontró. Se trataba de un pequeño y simpático bar búlgaro. Nos sentamos, Milosz pidió el vino y dijo: «Aquí precisamente quería traerle. Solía venir aquí a principios de los años 50, diariamente, creyendo siempre que éste sería el día de mi suicidio».

Fue una conversación larga y fascinante. En un momento dado, cuando íbamos aproximadamente por la tercera botella de vino, empecé a recitar de memoria los poemas de Milosz, sorprendentemente liberado de mi habitual tartamudeo. Me conocía muchos. De repente, y para mi gran sorpresa, vi correr lágrimas por las mejillas del poeta. Consternado, interrumpí mi recital y entonces oí la voz emocionada de Milosz: «No sabía que los jóvenes en Polonia se supieran de memoria mis poesías. Creí haber sido proscrito».

Condenado a la inexistencia

Era lógico que lo creyera. Sus libros se confiscaban con una diligencia inusual, como si los comunistas quisieran demostrar que su venganza no tenía límite. En la Encyklopedia Powszechna [Enciclopedia Universal] su apellido apareció seguido del calificativo: «Enemigo de la Polonia Popular». Afortunadamente, una vez más comprobamos que «dura más el escritor que el dignatario». Los dignatarios que habían condenado a Milosz a la inexistencia, hoy no existen, mientras las palabras de Milosz continúan resonando e irradiando una belleza impoluta.

Después volví a ver a Milosz en numerosas ocasiones. En Varsovia, durante el memorable verano de 1981, y más tarde, en Budapest, California, México, Cracovia o París. Nuestras conversaciones siempre me resultaron fascinantes e intensas. Mientras hablaba con Milosz, era consciente de estar tratando con una persona excepcional. Poseía un extraño magnetismo, un don oculto de grandeza, que no le impedía en absoluto mostrarse cordial, directo y modesto frente a sus amigos. A la vez, fue leal y abnegado: nunca olvidaré lo que hizo por mí cuando estaba encarcelado.

Además de organizar continuamente toda clase de protestas en defensa de los presos políticos, me obsequió con un prólogo conmovedor a un libro que estaba a punto de publicar en Estados Unidos. Este prólogo supuso un acto de legitimación, de reconocimiento público. Yo era por entonces para el amplio público un preso desconocido, una víctima más de la ley marcial en Polonia, mientras Milosz había recibido ya el Premio Nobel. Oh, sí, la generosidad de Czeslaw Milosz superaba a veces toda expectativa.

Más tarde, ya en otra época, cuando un conocido sacerdote de Gdansk me propinó un escupitajo antisemita a la cara, Tygodnik Powszechny publicó las graves palabras de Czeslawa Milosza, llenas de preocupación y seriedad. Czeslaw decidió que debía pronunciarse en un asunto público, aunque este tipo de manifestaciones le disgustaba. Y cuando le di las gracias por aquello, se limitó a encogerse de hombros. «Es normal entre amigos, Adam...», dijo con una sonrisa.

Desde Kochanowski y, posteriormente, Mickiewicz no hubo otro escritor que dejara una huella más profunda en la cultura polaca, o diría, incluso, en la manera de ser polaco. Gracias a él somos, o tenemos la oportunidad de convertirnos en otra especie de polacos, que habitan este mundo sin pretender beneficiarse de una «tarifa reducida», que han renunciado a las rentas de su martirio. ¿Sabremos vivir así?

Poesía que no salva

Milosz comprendió perfectamente la oportunidad que se abre ante el espíritu polaco si somos capaces de reconsiderar la «mordedura hegeliana», experimentar las tinieblas de nuestra Ciudad de Sombras, comprender los valores y el sentido del catolicismo. Este heredero consecuente de la edad de la razón fue a la vez «un pobre cristiano que mira el Gueto»; el ganador del Nobel –cuyo otorgamiento a Milosz se celebró en Polonia casi tanto como la elección de Juan Pablo II como Papa– fue un pesimista herido por el destino y convencido de su propio pecado e insignificancia.

Durante toda su vida le acompañaron el sentimiento de la culpa y del deber. Estaba siempre pagando sus deudas: para con los excluidos y los desgraciados, para con la literatura polaca y los Estados bálticos sometidos, para con los poetas caídos en la Insurrección de Varsovia, los asesinados en Katyn, los judíos condenados a la discriminación y para con el destino que le obsequió con una voz de testigo de su época y unas visiones proféticas. Milosz se preguntaba:

«¿Qué es la poesía que no salva / Naciones ni personas? / Una participación de mentiras oficiales, / Una canción de borrachos antes de ser degollados, / Una lectura en la habitación de una señorita».

Sin embargo, no estaba seguro de esta conclusión. En repetidas ocasiones suprimió este poema para después volver a restituirlo. Sabía que la poesía no tiene por qué salvar, puede limitarse a ofrecer belleza.

Nadie como él había contado el mundo, y a su propia gente, de una manera tan viva, sincera y despiadadamente verdadera, la Historia de nuestra Europa familiar. Nadie como él nos había hecho ver tan claramente que nos rodean dilemas irresolubles, contradicciones inevitables, de las cuales nace la verdad del mundo. Él supo nombrar esta verdad con ternura y valor.

En verdad, Czeslaw Milosz nos obsequió espléndidamente.

Adam Michnik, periodista, historiador y ensayista, fue uno de los principales organizadores de la oposición democrática en Polonia.

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