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Columnas / MONTECASSINO

El argumento del miedo

El frenazo en seco de Carmen Chacón y su profunda contrariedad son fruto de un golpe inesperado. Es producto del miedo

Día 31/05/2011

CARMEN Chacón estaba convencida de ser todo lo que le habían dicho que era. Pese a que esa certeza sólo emanaba de palabras ajenas. Armada con esa fuerza que consideró suficiente, se creyó capaz de afrontar el gran reto. Como se ha visto, ni ella es lo que le habían dicho, ni su fortaleza era más que presunción. No aguantó ni un asalto de los profesionales. Creía haber llegado por mérito propio a inverosímiles glorias y se creyó capaz de este desafío. Parece mentira que, tan bien asesorada en cuestiones de imagen, nadie le advirtiera que ya no le serviría la apariencia. Necesitaba sustancia para resistir a aquellos a quienes desafiaba con sus ambiciones. Y la pobre mujer tuvo que ver que carece de ella para tamaña empresa. No sabemos cuál fue el «argumento» que quebró su ambición y pretensión. Que la llevó a renunciar a algo que ya había decidido. No es plausible que fuera sólo una amenaza genérica de tipo político. Mucho menos una apelación a la solidaridad con los triunfadores de la operación. Su frenazo en seco y su profunda contrariedad son fruto de un golpe inesperado. Es producto directo del miedo. A la ministra le metieron miedo. De una forma brutal, efectiva y eficaz. El daño que se le expuso como represalia si no cambiaba de actitud y se negaba a la enmienda era excesivo para esta chica, tan sobrevalorada que había acabado engatusada consigo misma. Veremos «cosas maravillosas» decía con voz de princesa de teatro de pueblo hace unas semanas. Y vio cosas inimaginables cuando los profesionales dejaron claro que se habían acabado las tonterías. Y le hicieron ver a la princesita popular que tenían todo el poder sobre ella. El requerido para imponerle unos planes que eran los contrarios a los propios. En el fondo, más allá de nuestra imagen y la personalidad propia que cultivemos, somos lo que creemos. Nuestro fondo de resistencia, de lo que daba en llamarse el honor, sólo puede medirse por lo que somos capaces de sacrificar en su defensa.

Nadie le puede pedir a esa joven madre una firmeza heroica de carácter y convicciones que hubiera sido necesario para ir al enfrentamiento total con Rubalcaba y sus agentes. Y asumir las represalias que le habrían anunciado. Pero si pensaba que su opción era la justa y la otra tan condenable como nos dio a entender podía haber superado el miedo a las amenazas y haber puesto a los socialistas y a la sociedad española por testigos. La fragilidad de personas y convicciones hacen quiméricos estos desafíos. Por eso el miedo es el mejor argumento para algunos poderosos. El miedo a la liquidación social, al oprobio y al desprestigio es su mejor arma en la política. Es tan efectiva como el miedo a la cárcel, al pelotón o a la brigada al amanecer. Y de aplicación universal con muy pocas excepciones. No son muchos los seres libres del miedo por la firmeza de sus convicciones. Son almas irreductibles, como Mijail Jodorkovski, en su día el hombre más rico de Rusia, que lleva ocho años en una remota cárcel de Siberia. Podía haber tenido una vida de lujo ilimitado de haberse sometido a las reglas de la mafia del presidente Putin. Como los demás magnates. Él se negó e intentó crear una alternativa política a Putin. Le advirtieron una y mil veces que respetara el código amoral. Se negó, lo pagó y lo paga. La historia brilla con humanos de esta talla. Ante los que el miedo fracasa. Pero claro, ya estamos hablando de otra cosa.

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