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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Cara de presidente

Tras siete años de ser, como Al Gore, el «ex próximo presidente», Rajoy está en condiciones de soltar la preposición

Día 28/05/2011

EL arrebato de pasión autodestructiva del PSOE le ha permitido a Mariano Rajoy, que tiene injusta fama de vago —es el único éxito reciente de la propaganda socialista—, tomarse una verdadera semana de vacaciones. Las elecciones del domingo las perdió Zapatero, pero el vencedor es él; no hay más que ver cómo le merodean los pelotas —«Mariano, cuenta conmigo para lo que quieras, tú sabes que siempre te he apoyado»— que hasta hace diez días lo acusaban de remolón, de mingafría y de blandengue y ahora elogian rendidos su estrategia de cambio sereno. Va a tener tarea en frenar la euforia e impedir que los suyos bajen los brazos: lleva demasiado tiempo en política para desconocer la volatilidad del éxito. Sin ir más lejos, ya se le escapó una vez la victoria por el sumidero en aquellos trágicos tres días de marzo. Desde entonces ha pasado siete años siendo lo que Al Gore decía con amargo sarcasmo de sí mismo: el «ex próximo presidente» del Gobierno. Ahora está por primera vez en condiciones reales de sacudirse la preposición.

Con los resultados del 22-M, al Partido Popular no habría modo de arrebatarle el triunfo en unas generales. A la ventaja que le otorga la extrapolación bruta de los datos habría que añadirle la ponderación del voto de las candidaturas independientes, que en su mayoría tiende a volcar sobre el centro-derecha cuando se ventila el poder del Estado. La cosecha de Andalucía y Cataluña pone a Rajoy en la puerta de la Moncloa. Pero un análisis más detallado revela indicios que no puede descuidar. El principal, un apunte de desgaste en Madrid y Valencia, y en general en los territorios donde ya gobernaba, que han empezado a dar muestras de cansancio bien por la escasez de inversiones o por la gestión negligente de los casos de corrupción. Luego está la UPyD, que aunque muerde a derecha e izquierda es una fuerza en ascenso a tener en cuenta sin arrogancia ni menosprecio. Puede ser decisiva en futuras alianzas.

Pero además, aunque estando Zapatero por medio nunca se puede descartar incluso un cataclismo mayor, hay que contar con que el PSOE haya tocado fondo, aliviada la decepción de sus electores en esta furiosa catarsis de castigo. Rubalcaba no cometerá torpezas y puede organizar alguna de sus barrocas maniobras estratégicas. Y resulta previsible que la izquierda trabaje a fondo para convertir el vago malestar de los «indignados» en un movimiento de protesta explícitamente antiliberal. Pero más allá de todo eso, el peligro para el PP consiste en la sensación psicológica colectiva de que ya ha ganado, agrandada por la hegemonía de un poder territorial que le va a obligar a anticipar medidas antipáticas. La estrategia de los socialistas apunta a convertirse en oposición antes de tiempo. Expertos como son en transformismo, quizá no pasen muchas semanas sin que veamos el primer Gobierno antigubernamental de la Historia.

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