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La revolución yemení degenera en una sangrienta guerra civil

El aferramiento al poder del presidente provoca el alzamiento de varias tribus

Día 27/05/2011

Sanaá vive en estado de guerra. Un centenar de muertos —cuarenta de ellos en las últimas 24 horas— y heridos, disparos de artillería, edificios oficiales tomados por milicianos, miles de civiles huyendo, aeropuerto cerrado durante horas… son las consecuencias del combate directo en las calles de la capital entre las fuerzas leales al presidente Alí Abdulá Saleh y las milicias del jeque Sadiq Al Ahmar, uno de los líderes tribales más poderosos del país y que desde el comienzo ha estado del lado de la revolución que busca poner fin a 33 años de dictadura.

Mientras las explosiones sacuden el norte de la capital «sin descanso», según vecinos consultados por teléfono, en la rebautizada «plaza del cambio», frente a la universidad, los manifestantes que piden la dimisión del presidente y que viven allí acampados desde hace cuatro meses lanzan llamadas al cese de las hostilidades para evitar que la revolución yemení siga los derroteros de la libia. Pero sus gritos, pancartas y oraciones no pueden sofocar el brote de violencia.

«Nos mantenemos firmes. Abandonará el país sin nada», declaró el jeque insurrecto ante las cámaras de Al Yasira en un jornada en la que las autoridades ordenaron su detención y la de nueve de sus hermanos bajo la acusación de «levantamiento armado». Los combates se han endurecido en las últimas horas, pero estallaron el lunes, poco después de que Saleh se negara a firmar el enésimo acuerdo para dejar su cargo a cambio de inmunidad. En un intento de aumentar la presión sobre el dirigente, los hombres del jeque intentaron ocupar a comienzos de semana varios edificios de la capital y el Ejército, que en su mayor parte sigue fiel a Saleh quien en sus años en el poder se ha encargado de colocar a hijos y parientes directos al mando de las unidades de élite, no dudó en usar la fuerza. Los enfrentamientos más duros se produjeron ayer en las zonas próximas a la mansión de los Al Ahmar, desde donde se lanzó una llamada al resto de tribus para unirse a la lucha.

Pobreza y revuelta

Los yemeníes se echaron a las calles a finales de enero siguiendo el ejemplo de tunecinos y al mismo tiempo que los egipcios. La revuelta caló en las principales ciudades del país más pobre del mundo árabe, pero Alí Abdulá Saleh se aferra al sillón y, como sus homólogos en Egipto, Túnez y Libia, acusa a Al Qaeda de estar detrás de todo.

Tras cuatro meses de protesta pacífica en el centro de la capital –donde los opositores mantienen un campamento al estilo de la plaza Tahrir en El Cairo- «el presidente está logrando por fin lo que buscaba, la guerra civil. Su único objetivo es que esta revolución se convierta a algo parecido a lo que ocurre en Libia para mantenerse en el poder por la fuerza», denunciaba a este medio en una entrevista reciente el analista local, Abdul-Ghani Al Iryani.

Ni la Unión Europea, ni Estados Unidos ni los países del Golfo han logrado convencer al presidente de la necesidad de firmar un acuerdo que le garantizaría una salida digna.

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