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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

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La moción de censura ya tuvo lugar el domingo, tan clara que al presidente lo van a acabar echando los suyos

Día 25/05/2011

TODO es pura cháchara, retórica de tira y afloja, palabrería poselectoral: no habrá moción de confianza ni de censura. Zapatero no puede pedir confianza a nadie, aunque es lo que corresponde tras un varapalo como el que acaba de sufrir, porque ha quedado claro que eso es precisamente, la confianza del pueblo, lo que ha perdido. Los ciudadanos se la han retirado de golpe y con estrépito y ya empieza a faltarle incluso la de sus propias filas, que se remueven inquietas por la comezón de la toma de posiciones sucesorias. Rajoy no presentará una censura por dos razones: primero porque carece de apoyos para ganarla y segundo, aunque más importante, porque si lo hiciese tendría que colocar su programa en el centro del debate, permitiendo que el Gobierno aliviase la presión tras el contundente castigo electoral. Si el presidente pretende seguir agarrado a su cada vez más precario sillón es lógico y consecuente que se enfrente al desgaste de esa resistencia; para su adversario, sin embargo, resultaría suicida entrometerse a cambio de nada. Lo único que podría sacar de esa maniobra es convertirse en la diana de un fuego cruzado. El PP no necesita siquiera apretar las tuercas; la situación gubernamental se va a volver insostenible por sí sola y desde dentro. La verdadera moción de censura se sometió a votación popular el domingo y tuvo un veredicto implacable.

Pero como Zapatero no se quiere dar por enterado no habrá más remedio que esperar a que se decanten las evidencias. Hay una solución de emergencia que consistiría en una moción de censura pactada con un único punto: la convocatoria inmediata de elecciones. Demasiado complejo y arriesgado. Rajoy no la podría encabezar y sería necesario acudir a los límites de la Constitución para encontrar un mirlo blanco, prestigioso y neutral. Es una fórmula de excepción para un escenario excepcional —una quiebra y/o un rescate financiero, y aún así con muchas dudas— que no se ha producido todavía. Por desgracia, los gobiernos incompetentes no son excepcionales en España, pero el país los resiste con estoica resignación o admirable fortaleza. No queda otra salida, pues, que el tiempo y la paciencia. El PSOE, que está en situación crítica, se va a meter en un embrollo fenomenal para tratar de escapar del zapaterismo, y en medio de ese lío le resultará imposible gobernar. Después de la hecatombe electoral al presidente lo van a acabar echando los suyos o las circunstancias; su empeño por salir sin oprobio está condenado también al fracaso.

Es cierto que el país va a perder un tiempo precioso en medio de una inestabilidad turbulenta y con un Gobierno provisional de facto. Pero el único que puede cambiar las cosas no quiere hacerlo. Abocado a un final poco honorable, parece dispuesto a concluir su borrosa hoja de servicios derramando sobre ella el tintero.

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