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Teología política

Han sido diez añosde una guerra queaún no ha terminado.Pero el símbolo ha muerto

Día 04/05/2011

«EL Jeque Osama Bin Laden, al hacer frente a los imperialistas yanquis, se ha convertido en el héroe de todos los oprimidos, sean o no musulmanes… Es un yihadista, un combatiente por la umma , esto es, un unificador que actúa para unir las energías de los miembros y de los grupos dispersos y desunidos de la umma. Dicho de otro modo, es un internacionalista panislamista…» Generoso con quien batió ampliamente el récord de asesinatos políticos que él hasta entonces ostentaba, Ilich Ramírez Sánchez, más conocido en el santoral palestino como «Carlos», cierra su apología del millonario santón que masacró Manhattan con un llamamiento a la cautela: «Yo animaría al Jeque Osama a continuar su magnífico combate y lo exhortaría a proteger también su vida, como símbolo vivo que es de la Yihad».

Ya no. Y es eso lo esencial. En buena lógica, Osama Bin Laden no ha podido seguir siendo, en estos últimos diez años, un caudillo militar operativo. Demasiado buscado por los servicios de inteligencia de todo el mundo, su función era mucho más primordial que la de planificar o ejecutar acciones: existir. Porque su existencia como icono vivo certificaba la tesis básica sobre la cual el yihadismo asienta su red mundial de combate: la protección de Alá hace invulnerables a sus guerreros; hace, sobre todo, invulnerable a su único verdadero profeta en estos tiempos de decadencia islámica. Un puñado de muy humanos soldados del SEAL, apoyados sobre un mastodóntico trabajo de inteligencia, ha dejado patente que no hay Alá que detenga una ráfaga de calibre pesado en la cabeza. A nosotros podrá parecernos algo trivial. Pero es que nosotros somos de natural bastante escéptico. En la cabeza de un fiel islamista, ese abandono en el cual Alá deja a su protegido es peor que un misterio, una tragedia; y un paradójico sacrilegio.

Para un demencial asesino como Ilich Ramírez —que, entre otras cosas, perpetró la matanza olímpica de Múnich, y al cual Hugo Chávez sigue empeñado en sacar de su cárcel a perpetuidad en Francia— es esa sacralidad la que salva un tránsito que cualquier mente no enferma hallaría aberrante: el que va del terrorismo laico e izquierdista al servicio de la URSS, por él —como por tantos de su edad— practicado en los años setenta, a la conversión al Islam y la incorporación de su pulsión de muerte dentro de otra aún más intensa, la medievalizante fe en una teocracia única, regida por el «jeque» ungido; el providencialista entusiasmo que lleva a «enseñar el camino de la fe…, sabiendo cuán difícil es el camino hacia el Todopoderoso». El atentado terrorista se trueca así en santidad: «un atentado terrorista —escribe— vale más que todos los panfletos posibles para fracturar el espeso tabique de ignorancia y de indiferencia, más que toda una biblioteca de sabios análisis». El atentado terrorista es el Santo Sacramento en el cual Alá se muestra como destino único de la especie humana. Lo de Manhattan en 2001 fue su liturgia suprema. Ecos suyos Bali, Londres, tal vez Madrid…

Han sido, desde entonces, diez años de una guerra que aún no ha terminado. Pero el símbolo ha muerto, el mito es escombro. Y de la Guerra Santa quedan sólo cenizas y bandoleros.

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