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Un millón y medio de peregrinos celebran la beatificación más multitudinaria

La fiesta del beato Juan Pablo II será el 22 de octubre, según ha anunciado el Papa Benedicto XVI

Día 02/04/2012 - 14.14h
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Peregrinos en la plaza de San Pedro
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Peregrinos en la plaza de San Pedro
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Peregrinos acampados en la Plaza de San Pedro
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La mayor ceremonia de elevación a los altares en toda la historia ha sido una gran fiesta en Roma y en los 129 países que el “Papa viajero” recorrió durante sus casi 27 años de Pontificado. Un millón y medio de peregrinos participaron en las distintas misas celebradas simultáneamente en la Ciudad Eterna, mientras cientos de millones de personas seguían el acontecimiento desde todos los rincones del planeta.

A las diez y cuarenta de la mañana, el rostro sonriente de Juan Pablo II se asomó a la fachada de la basílica de San Pedro en una espléndida fotografía. Benedicto XVI acababa de pronunciar la fórmula de beatificación y de anunciar que su fiesta será el día 22 de octubre.

Los fieles aplaudían, muchos lloraban, otros se abrazaban. Todo era mejor de lo previsto. El tiempo había pasado de cielo nublado a sol radiante, la plaza estaba más hermosa que nunca, y la fotografía de Juan Pablo II era preciosa. Por tratarse de un primer plano y de una fotografía gigantesca, todos podían verla sin necesidad de las pantallas de televisión.

La emoción y el esfuerzo de la espera habían sido intensos, pero había valido la pena. Decenas de miles de peregrinos estaban ya en las inmediaciones de San Pedro a las dos de la madrugada, mucho antes de la apertura de la plaza a las cinco y media. Muchos enfermos y niños en sillas de ruedas habían entrado en el Vaticano por una puerta lateral a las tres de la madrugada, pues ya se sabía que después de esa hora sería imposible moverse en los alrededores.

En cuanto Benedicto XVI pronunció la fórmula de beatificación, la religiosa polaca Tobiana Sobotka, que había administrado el apartamento de Juan Pablo II durante casi treinta años y había escuchado sus últimas palabras –“Dejadme ir a la casa del Padre”- y la religiosa francesa Marie Simon-Pierre, curada milagrosamente de su párkinson por intercesión de Juan Pablo II, llevaron su reliquia hasta el Papa y después el altar.

Benedicto XVI besó el relicario en forma de ramos de olivo entrelazados que contiene en su interior un tubo transparente con una muestra de sangre extraída a Juan Pablo II poco antes de su fallecimiento para estudiar la posibilidad de una transfusión que ya no llego a hacerse. La sangre se mantiene líquida debido a los anticoagulantes empleados en el momento de la extracción. Poco después, dos niñas dejaban flores ante el relicario, en la primera muestra de culto público a las reliquias del nuevo beato.

Un Papa eleva a los altares a su predecesor

Era la primera vez que un Papa elevaba a los altares a su predecesor desde hace mil años, era la beatificación mas rápida de la historia desde que el Vaticano creó reglas para los procesos, era la más multitudinaria…era una nueva colección de “records” que se añadían a tantos de Juan Pablo II en vida.

El Papa inició su homilía confirmando que ya durante los funerales celebrados hace seis años en esa misma plaza “percibíamos el perfume de su santidad, y el pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él”. El fenómeno volvió a repetirse con la reaparición de los carteles de “Santo Súbito”, “¡Santo, ya!”, pidiendo que se proceda cuanto antes a su canonización.

El culto público del nuevo beato se limita como siempre a la diócesis que promueve la causa, en este caso la de Roma, pero se ha hecho una excepción para incluir a toda Polonia. Aun así sabe a poco, y fieles de todo el mundo esperan que se produzca pronto un milagro que permita la canonización y, con ella, la extensión del culto a todo el planeta.

Benedicto XVI recordó en su homilía la coincidencia de fiestas, pues se celebraba también el domingo de la Divina Misericordia, instituido por Juan Pablo II, y la fiesta del trabajo del uno de mayo, una fecha muy significativa para un papa que había sido obrero y que escribió una extraordinaria encíclica “Laborem Exercens” sobre el trabajo humano.

El Santo Padre manifestó alegría por la coincidencia suplementaria de que la beatificación “tenga lugar en el primer día del mes mariano”, pues Karol Wojtyla amaba tiernamente a la Virgen María, cuya inicial llevaba en su escudo junto con el lema “Totus Tuus”, “Todo Tuyo”.

«Abrió a Cristo la sociedad»

El Papa afirmó que el nombre de Juan Pablo II “se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamo durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida más alta de la vida cristiana, a la santidad”.

Pero el mejor elogio a su predecesor fue recordar que, tal como había pedido en la misa de inauguración del Pontificado el 22 de octubre de 1978, Juan Pablo II “abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venia de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible”.

El Santo Padre afirmó que “con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra, ayudó a no tener miedo a la verdad, porque la verdad es garantía de libertad”.

Saludo a los peregrinos de lengua española

Al término de la misa, el Papa saludó afectuosamente en castellano “a los peregrinos de lengua española, y en especial a los cardenales, obispos, sacerdotes, religiosos, seminaristas y numerosos fieles, así como a las delegaciones oficiales y autoridades civiles de España y Latinoamérica. El nuevo Beato recorrió incansable vuestras tierras, caracterizadas por la confianza en Dios, el amor a María y el afecto al Sucesor de Pedro, sintiendo en cada uno de sus viajes el calor de vuestra estima sincera y entrañable”.

Entre los cardenales celebrantes faltaba el emérito de Valencia, Agustín García-Gasco, fallecido poco antes de la ceremonia a causa de un infarto, según confirmaron fuentes del hospital San Carlo de Nancy.

El octogenario cardenal español se había sentido mal pocas horas antes y fue trasladado a ese hospital, muy cerca del Vaticano, pero los esfuerzos por salvarle resultaron inútiles. Era una nota triste en medio de la alegría general pero también, como comentaron algunos peregrinos valencianos, “un modo de celebrar la fiesta con Juan Pablo II en el cielo”.

Veneración del féretro

Concluido el saludo final a los peregrinos, el Papa entró en la basílica, seguido de los cardenales concelebrantes, para venerar el féretro del nuevo beato, situado en el centro del templo, ante el altar de la Confesión. Benedicto XVI rezó de rodillas durante largo rato y después pasaron los cardenales: todos tocaban el féretro, muchos lo besaban.

Poco después iniciaba el mismo homenaje por parte de los fieles. Las puertas de la basílica permanecerán abiertas día y noche durante dos días para que todos puedan rendir el último homenaje antes del traslado del féretro a su lugar definitivo en la Capilla de San Sebastián, contigua a la Piedad de Miguel Ángel.

La primera misa con las lecturas propias de la fiesta del beato Juan Pablo II será celebrada el lunes a las 10 de la mañana en la plaza de San Pedro por el cardenal secretario de Estado, Tarcisio Bertone. Es una misa de acción de gracias, un sentimiento que desborda en tantos corazones a lo largo de todo el planeta.

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