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Chernóbil, la amenaza eterna

Aún no existe la tecnología para eliminar el amasijo de radiactividad que late bajo el hormigón

Día 26/04/2011

El nombre de Chernóbil ha sido en los últimos 25 años el sinónimo más conocido de catástrofe nuclear. Dio nombre incluso a un tipo de reactor cuya sola mención bastaba para desatar todas las alarmas. El accidente de la central de Fukushima se ha sumado al escaparate de los peores miedos, aunque en este caso los japoneses se pueden hacer una idea cabal de lo que queda un cuarto de siglo después de la explosión del reactor número 4 de Chernóbil. La fusión del nucleo de un reactor, como sucedió aquí, sigue siendo la principal pesadilla de los ingenieros nucleares.

Sobre lo que pasó en las primeras horas de la madrugada del 26 de abril de 1986 «sabemos prácticamente todo con la mayor exactitud», dice José Mota, experto portugués que trabaja para la agencia de seguridad nuclear de la Comisión Europea. En resumen, «los responsables de la central intentaron realizar un experimento para mejorar los márgenes de seguridad del reactor, pero para ello violaron algunos de los mecanismos de protección», lo que desembocó en una catástrofe sin precedentes.

Los científicos han estado preocupados pensando que el destino de los residuos radiactivos era el principal problema, cuando los dos peores accidentes de la historia nuclear demuestran que la gran cuestión es mantener funcionando a toda costa y en cualquier circunstancia el sistema de refrigeración del núcleo. Lo que tienen en común Chernóbil y Fukushima es que en ambos casos falló el sistema que impide que el núcleo se sobrecaliente, aunque en Japón el incidente lo causó el peor maremoto de los que se tiene noticia y en Ucrania fue más la mala gestión de un experimento que inicialmente pretendía precisamente reforzar la seguridad.

La idea era muy prometedora, al menos sobre el papel. Puesto que los generadores diésel necesitaban cierto tiempo para alcanzar su régimen de crucero en caso de parada del reactor, los ingenieros soviéticos pensaron que en caso de emergencia podría utilizarse la inercia de las turbinas y garantizar así momentáneamente la electricidad necesaria para bombear el agua del circuito de refrigeración. Dos elementos intervinieron para hacer posible el accidente: el primero, que el equipo de ingenieros que realizó el experimento no fue el que había sido adiestrado adecuadamente, porque la prueba fue aplazada debido a que la industria ucraniana pidió más energía el mismo día en que se había programado la parada experimental, y la segunda, que para hacer el experimento se violaron todas las reglas de seguridad, incluyendo la desconexión del ordenador de control, precisamente porque hubiera impedido realizar acciones prohibidas.

Orden de silencio

El ingeniero Andrei Lujov lo recuerda perfectamente, porque aquel día tenía que haber estado en el turno de noche del reactor número 4, «pero como se había programado pararlo para hacer el experimento me avisaron para que no fuera a trabajar». Lujov es hoy uno de los 3.500 trabajadores que todavía acuden cada día a la central para desmantelar los restos del reactor accidentado y de los otros tres que estuvieron funcionando hasta el año 2000. Vivía en Pripiet, la localidad de 45.000 habitantes que fue evacuada en apenas unas horas, aunque con tres días de retraso, porque los responsables de la dictadura trataron de ocultar la información.

El accidente de Chernóbil no solo destruyó la reputación de la industria nuclear soviética, sino que probablemente esa reacción defensiva del régimen de Moscú fue el comienzo del fin de su credibilidad. Cuando los ciudadanos se dieron cuenta de que las autoridades les habían ocultado un suceso como este, empezaron a hacerse las preguntas que nunca antes se habían atrevido a plantearse.

La información, de todos modos, sigue siendo muy escasa cuando se trata de Chernóbil. Un cuarto de siglo después del accidente, no ha sido posible estimar de forma indiscutible el número de víctimas que causó la mayor emanación artificial de radiactividad en la historia. Algunos informes hablan de 28 muertes entre menos de quinientas personas hospitalizadas, mientras que los ecologistas alemanes presentaron en 2006 un informe según el cual hasta 120.000 personas pudieron padecer cáncer en toda Europa a causa de las emisiones, la mitad de ellos en Bielorrusia y Ucrania.

En realidad, las antiguas repúblicas soviéticas vivieron periodos extraordinariamente calamitosos a consecuencia de la desintegración de la URSS y hay también teorías que tienden a decir que aquellos años de escasez y miseria, especialmente en Ucrania, fueron peores que el propio accidente. Según otras tesis, las autoridades actuales de Kiev no tienen inconveniente en seguir alimentando teorías catastrofistas, porque ello garantiza que la comunidad internacional le seguirá ayudando financieramente a hacerse cargo de los restos del reactor.

El nuevo sarcófago

Pero seguramente el accidente de Fukushima ha sido también la mejor manera de recordar que Ucrania sigue necesitando invertir mucho dinero para gestionar, mantener e intentar desmantelar lo que queda de aquella central, unos trabajos que durarán probablemente durante el próximo siglo. El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, acaba de anunciar que la UE ha decidido añadir este año otros 110 millones de euros para seguir financiando el proyecto de construir el caparazón de acero con el que se enclaustraría el reactor número cuatro. Y confiando en que en las próximas cuatro o seis décadas se desarrolle una tecnología para hacer que robots teledirigidos puedan intentar desmantelar la madeja de hierros y hormigón, todo ello altamente radiactivo, que yacen bajo el sarcófago que los militares soviéticos crearon después del accidente para tratar de confinar la amenaza.

Ese sarcófago hará las veces de la cúpula de seguidad que Chernóbil no tenía, pero que en el caso de Fukushima ha salvado a los japoneses de haber sido víctimas de una gigantesca emisión de radioactividad como la que escapó desde Ucrania a media Europa. Pero por lo demás, es muy posible que dentro de otros 25 años, tanto Chernóbil como Fukushima seguirán compartiendo muchas cosas, empezando por una zona de exclusión de treinta kilómetros alrededor de los reactores accidentados y muy posiblemente para entonces también una tecnología, que aún no conocemos, para desmantelarlos.

«La radiación allí era enorme»

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