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Columnas / AD LIBITUM

El naufragio

El hundimiento del Partido Socialista se asemejamás al del «Lusitania» que al del «Titanic»

Día 06/04/2011

NO todos los hundimientos son iguales. En tiempos políticos como los que corren, en los que escasea el talento, abunda la incertidumbre y los intereses pequeños tienden a anteponerse a los mayores, conviene tener claras las ideas. Cuando el «Titanic» naufragó en el Atlántico Norte fue un accidente. El trasatlántico, en su viaje inaugural de Queenstown a Nueva York, chocó con un iceberg y murieron millar y medio de personas. El caso del «Lusitania» es distinto. En plena Guerra Mundial en el mar de Irlanda, el submarino alemán U-20 disparó contra el buque de pasajeros y también fueron muchos los centenares de ahogados y desaparecidos. Un crimen.

El hundimiento del PSOE se asemeja más al del «Lusitania» que al «Titanic». Los efectos están ahí y se han llevado por delante un partido más que centenario y, lo que es más importante aquí y ahora, la mitad del mérito y buena parte del soporte de la Transición. La otra mitad, que ahora navega refundida bajo el símbolo de la gaviota, no ha tenido mucho que ver en el caso. El torpedo fatal del navío que capitanea todavía José Luis Rodríguez Zapatero, en dramática paradoja, lo activó el propio Zapatero y, lo que es relevante a efectos de futuro, con la ayuda imprescindible de algunos que ya no están en el puente ni en las máquinas del barco —de María Teresa Fernández de la Vega a Pedro Solbes— y de otros que, como Alfredo Pérez Rubalcaba, Carme Chacón o Elena Salgado siguen en sus puestos y no cambian un rumbo que ya ha demostrado su fatalidad.

El «capitán» Zapatero nos anunció el sábado que, al terminar la travesía, no volverá a embarcar; pero, como si nada ocurriera, sus compañeros en el mando siguen ahí, impertérritos, con ganas de ocupar su camarote y hacerse cargo de la tripulación, de la compañía naviera y del armador. Rubalcaba, por ejemplo, gran maestro en mirar hacia el norte para ver lo que ocurre en el sur, decía ayer que las dos cosas «más importantes» que hoy preocupan al PSOE son «las elecciones municipales y autonómicas». Hay que agradecerle la sinceridad; pero, cuando se ven crecer vertiginosamente las cifras del paro, quizás sus prioridades debieran ser otras. La confusión fáctica socialista entre Estado, Gobierno y Partido lleva a esos excesos. Se entiende porque, si es cierto que el actual vicepresidente aspira a la sucesión, se la juega en los comicios de mayo. La pérdida del gobierno en algunas autonomías, como Andalucía, y la del poder municipal en ciudades como Barcelona o Sevilla le convertirían al cántabro en heredero de la nada, en líder de un buen número de militantes afectados por la pérdida de sus privilegios actuales.

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