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Comienza el poszapaterismo

Puede que se haya quitado de la primera línea de fuego. Lo que no podrá evitar es que, al hacerlo, inicie una nueva era

Día 03/04/2011

Se va, se va, se va, pero se queda, al menos de momento. O eso se cree él. Fiel a su norma de que más vale una retirada a tiempo que una derrota clamorosa, José Luís Rodríguez Zapatero anunció su retirada ante los suyos en medio de un silencio sepulcral. Lo atribuyó a una vieja idea de de no pasar de dos legislaturas —como si hubiera respetado alguna vez sus viejas ideas— y se excusó diciendo que iba a dedicar todos sus esfuerzos a combatir la crisis, lo que se contradice con su plan de lanzarse a hacer campaña electoral por los suyos. Pero las contradicciones nunca han representado un mayor obstáculo para él.

Puede que se haya quitado de la primera línea de fuego. Lo que no podrá evitar es que, al hacerlo, inicie una nueva era, la del poszapaterismo, en la que ni él, ni el partido ni el país serán los mismos. Es muy posible, dada su tendencia a confundir deseos con realidades, que crea que así tendrá más posibilidades de resolver los duros problemas con que nos enfrentamos, logrando al menos una salida honorable del cargo. Lo más probable es que vuelva a equivocarse. A partir del mismo momento que anunciaba su renuncia a la reelección, su poder empezaba a languidecer, y su influencia, a disminuir, tanto en el partido como en la nación, como en el extranjero. Ya no será quien haga las próximas listas electorales ni quien distribuya cargos ni reparta mercedes. Será otro. U otra. Pero no él.

Con el agravante de que ha abierto el melón sucesorio. Ojos y oídos se orientarán hacia el o la que pueda sustituirle, que será quien otorgue las futuras sinecuras. Lyndon Johnson hizo algo parecido en 1968, cuando renunció a presentarse a la reelección «para concentrarse, dijo, en resolver el problema de Vietnam». Resultado: no solucionó lo de Vietnam y sumergió a su partido en tal debate interno que perdió la Casa Blanca y tardó ocho años en recuperarla. Pues no hay batallas más crueles que las internas.

Este hombre, me refiero a Zapatero, lo ha confundido todo y no ha arreglado nada. El desastre de su gestión se extiende a su partido, donde ha ido quemando sucesivamente a la gente más valiosa que él, que era mucha, y rodeándose de nulidades. Aunque eso no ha sido lo peor. Lo peor es la lastimosa situación económica, social y moral en que deja España. Una situación que ni siquiera ha alcanzado su nivel más bajo, pues nos queda todavía un año más de sus triquiñuelas, malabarismos, desvaríos, sortilegios, falsas predicciones y crueles realidades. Un año de poszapaterismo que puede hacer bueno el zapaterismo, con lo que está dicho todo. ¿Qué hemos hecho los españoles para merecer esto? Pues elegirle. Aunque ya verán ustedes como pronto empezaremos a oír: «Yo no le voté». Es lo que ocurre con lo que empieza a ser historia. En este caso, mala, por no decir infame.

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