Madrid

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Los cirujanos del nuevo Madrid

De sus diseños ha surgido el «fenómeno Manzanares»

Día 03/04/2011 - 07.17h
En un chalet discreto de una tranquila calle del norte de la ciudad, una veintena de hombres y mujeres se afanan ante sus pantallas. Todos son jóvenes. Quién diría, vista la calma que se respira en el ambiente, que allí se está dibujando la operación que va a marcar el futuro de Madrid.
Los cirujanos del nuevo Madrid
Carlos Rubio, Francisco Burgos, Ginés Garrido y Fernando de Porras-Isla
ERNESTO AGUDO 

<MC>Cuatro equipos de arquitectos que se asociaron para desarrollar conjuntamente el proyecto son los «padres» del diseño de Madrid Río: Burgos&Garrido, —Ginés Garrido, y Francisco Burgos—, Porras&La Casta —Fernando de Porras-Isla y Aránzazu La Casta—, Rubio&Álvarez —Carlos Rubio y Enrique Álvarez-Sala—, y los paisajistas holandeses West-8. Hablan de él con entusiasmo, conscientes de haber hecho algo único e irrepetible.

«Esto no es sólo un parque más, una zona verde nueva». Recuerdan algunas cifras que dan idea de la envergadura de la operación: «Hablamos de un ámbito de 120 hectáreas, a lo largo de siete kilómetros que unen 3.000 hectáreas de espacios verdes, desde El Pardo hasta la Caja Mágica». En este panorama, «el río es el hilo que conecta norte y sur de la ciudad».

«Es un milagro». Así lo definen, con la lucidez del que sabe que «nunca más se van a dar estas circunstancias»: tener ese dinero —400 millones de euros sólo para la obra en superficie— para gastar en un espacio enorme en medio de la ciudad —«el más grande que han tenido unos arquitectos de una sola vez»—, y a desarrollar en tan poco tiempo.

Sobre un rascacielos tumbado

Madrid Río «va a cambiar el futuro y el destino de Madrid». Sus arquitectos lo comparan con operaciones del calado de la Gran Vía o la construcción del paseo de la Castellana. Para llevarlo a cabo, más de 50 empresas diferentes han estado trabajando simultáneamente en una operación fraccionada por razones administrativas y presupuestarias, pero en la que existe una unidad conceptual desde el primer metro hasta el último. Del éxito del proyecto dan fe los miles de visitantes que cada fin de semana se lanzan a sus paseos: los atascos son ahora de peatones, en este auténtico «fenómeno Manzanares».

Fernando Porras-Isla explica de forma gráfica la que ha sido idea-fuerza de su proyecto: «Madrid es un acontecimiento más de los que experimenta el río: vimos que había que entrar con él a la ciudad, incorporarlo». Y hacerlo «construyendo algo encima de un edificio tumbado de seis kilómetros de largo en cada sentido, que es lo que en realidad son los túneles». No hay, insisten, «ningún precedente en el mundo de 50 hectáreas de parque construidas directamente sobre el hormigón».

Su importancia es tal que son ellos, los túneles, los que marcan la topografía en superficie. Lo que aparece ante el paseante como una colina o un repecho, es en realidad una salida de emergencia, un respiradero o una sala técnica. «El edificio aparece, emerge, y hay que negociar con él».

Levantar un inmenso parque sobre una estructura hueca presenta muchas complicaciones técnicas: «Hemos tenido que estudiar cada tramo soterrado para saber cuánto peso resistía, cuánta tierra se podía poner encima, cómo tratarla para hacerla más fértil, o qué tipo de especies son más adecuadas». Madrid Río acumula más de 33.600 árboles y 470.000 arbustos. «Hemos tratado de seleccionar los mejores árboles del mundo. Y si queremos ejemplares de clima mediterráneo, ¿de dónde mejor que de España, Francia e Italia?».

El jabalí, una señal

En el suelo, junto a cada puente, la señalización indica los distintos usos permitidos: peatones, bicicletas, o ambos. En todos ellos, aparece una cabeza de jabalí como símbolo del proyecto. Un «logo» con su propia historia: un jabalí se coló casi hasta la M-30, desde el Monte del Pardo, en junio de 2007. Tuvo que ser abatido por la Policía, ante el riesgo de que causara daños. «Nosotros lo vivimos como una señal», reconoce Ginés Garrido. Desde entonces, el animal es el símbolo del proyecto.

La ciudad rodea Madrid Río: los ciudadanos pueden pasear por sus márgenes, pasar de una a la otra, y este enorme parque lineal le devuelve a Madrid algo que ya había olvidado: «Antiguamente, la ciudad las cerraban las murallas; ahora, las nuevas murallas son las circunvalaciones, la M-30, la M-40...». Madrid Río permitirá «salir de la ciudad andando, por la casa de Campo al Pardo, y por el parque del Manzanares sur hacia Getafe».

El río como elemento de cohesión social de la ciudad. Y también con función de rótulo luminoso que saca a la luz elementos de patrimonio histórico que estaban prácticamente olvidados. Como esa entrada a la Casa de Campo, que «ahora, se integra perfectamente con la restauración del Puente del Rey y la peatonalización de la avenida de Portugal, y hay un acceso monumental que, desde la Gran Vía, permite entrar en un parque de 1700 hectáreas».

El mismo gen

Lo mismo ha ocurrido con la ermita de Virgen del Puerto, sepultada hasta ahora y prácticamente oculta a la vista. Este pequeño tesoro de 1725, obra del mismo arquitecto que hizo el puente de Toledo, Pedro de Ribera, es ahora accesible desde el paseo junto al río.

A lo largo de los más de seis kilómetros de paseo en las márgenes del Manzanares, el proyecto del equipo de arquitectos habla un lenguaje común: desde el elemento más pequeño —la tapa metálica de una luminaria bajo el puente de Toledo— al más grande —las farolas o los bancos—, todo ha sido diseñado ex profeso para este espacio. «Todo tiene el mismo gen»: si es piedra, se usa granito con distintos tratamientos, desde el pulido al rústico. Igual ocurre con los elementos verticales, de la misma «familia»: farolas, papeleras, bolardos y señalización utilizan el hierro fundido. El tercer gran elemento es la madera, usada para los sistemas de juegos infantiles, de madera natural —«un bosque dentro del bosque»—, y los diseñados para mayores.

El Salón de Pinos, que se extiende a lo largo de los 7 kilómetros, es la columna vertebral de este gran pulmón. Una franja verde en la margen derecha del río, que crece sobre los túneles y «cuando se encuentra con algo excepcional, reacciona, como un experimento químico». Llega al puente de Toledo y se convierte en un jardín bajo, solemne, en el que las plantas de durillo, laurel y boj forman «tatuajes» barrocos que uno puede contemplar acodado en el gran mirador que es ahora este puente histórico. A la altura del puente de Praga, genera un conjunto de pistas deportivas y zonas para mayores. En el encuentro con el puente de Segovia, «el diálogo es más suave y sosegado, con dos estanques a cada lado», un espacio desde donde contemplar la Cornisa de Madrid y el Palacio Real.

... Y las playas

Sobre las 30 hectáreas del parque de La Arganzuela se han instalado las tres láminas de agua —de apenas tres entímetros de profundidad— que harán las veces de «playa» urbana; los toboganes infantiles —«como una falla emergiendo de la tierra»— y las fuentes, con su suelo de filigrana en pavimento blanco y negro. Allí se entrecruzan tres caminos: uno rápido, ancho, «en el que tal vez en el futuro pudieran celebrarse eventos como la Feria del Libro», otro lento y sinuoso —para recorrer sin prisas— y el cauce del río seco, un «camino de aventura». Al final de todos ellos, el gran centro de creación cultural que es Matadero.

Pero además, sobre el cauce se despliega un abanico de puentes y pasarelas que comunican barrios que antes estaban literalmente aislados por la muralla que formaban el aprendiz de río y su eterna compañía de 200.000 vehículos circulando. En total son 21, entre los restaurados, los nuevos y las presas reconvertidas en pasos.

En su intensa tarea de estos años, los arquitectos de Madrid Río han visto cómo «la ciudad te ofrece oportunidades que estaban escondidas»: los columpios instalados bajo algunos de los puentes existentes; o el centro de interpretación del parque construido justo encima de lo que fue el pozo de ataque de las tuneladoras, la zona más deteriorada en el fragor de las obras.

Madrid Río empieza y acaba casi igual: con una pasarela peatonal en la que la propia estructura hace de barandilla. La primera al sur, en Legazpi, es de acero; la última al norte, junto a la avenida del Manzanares, es de fibra de carbono. A un lado, el ruido de fondo de 200.000 coches transitando cada día. Al otro, un millón de metros cuadrados de zonas verdes, y las campanas del carillón de Arganzuela.

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