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Cioran, la tentación de existir

No se consideraba ni filósofo ni escritor, pero el rumano Emil Cioran logró ser ambas cosas. El 8 de abril se cumple el centenario de su nacimiento

Día 02/04/2011 - 06.02h

El rumano Emil Cioran (Rasinari, 1911-París, 1995) fue uno de los pensadores más personales del siglo XX, en un doble sentido: por un lado, su reflexión va inextricablemente unida a un estilo (una literatura), y, por otro, hizo de su subjetividad su mundo filosófico. Es cierto que dedicó páginas lúcidas y preciosas a Joseph de Maistre y Valéry; dibujó rápidos retratos, siempre al sesgo; llevó a cabo meditaciones penetrantes sobre el tiempo, la Historia y la utopía: todo ello encontrará lectores en nuevas generaciones. Su universo es el de un nostálgico de la mística transformada en un bisturí mortífero. Fue un espíritu negador, del alto estilo, en la mejor tradición maniqueísta de los bogomilos, geográfica y espiritualmente cercana a su vida.

Pensar la nada

Se definía como budista, al menos por un buen tiempo, pero siempre pensaba en el budismo y en el hinduismo en su vertiente negadora y en el hecho de que fueron religiones que pensaron a fondo la nada. No le interesaron los aspectos, notables en su literatura y arte, que exaltan el erotismo y la compasión, aunque él fuera, en cierto sentido, compasivo. Su obra es contradictoria, sobre todo porque expresa las diferencias de una persona, de su mundo subjetivo y heterogéneo, que no necesariamente ha de someterse a la consistencia de la lógica.

Aunque su padre fue pope, Cioranfue siempre ateo, pero obsesionado como pocos por la religiosidad; de hecho, padeció agudas crisis religiosas sin fe. Como Baudelaire, osciló del éxtasis al horror por la vida.

Actor de sí mismo

Tuvo una infancia feliz hasta los diez años; a partir de entonces, el insomnio, esa experiencia de la orfandad y la distancia, lo transformó. Vivió en Rumania hasta 1937, fecha en la que se instaló en París, y donde más tarde adoptaría la lengua francesa. Apasionado lector de filosofía y novela (de esta hasta los cuarenta años, como Josep Pla), de poesía y de memorias, nunca tuvo mucha paciencia con los filósofos jergosos y académicos, y siempre sintió debilidad por la reflexión aliada a lo literario (el primer Pascal, Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Chamfort, Simmel), es decir, pensadores con una fuerte impronta personal; no tanto intelectuales, en los que la gravitación se ha desplazado hacia el mundo, sino aquellos en los que el yo ha predominado, designando con yo a la persona en cuanto que individuo irreductible a otro. Tampoco estuvo cerca de los ilustrados, ni de ningún posibilista.

La división entre el árbol de la vida y el del conocimiento (Génesis) era en él irreconciliable, de ahí «el inconveniente de haber nacido» –para la conciencia y para la Historia– con este correlato moral: la vanidad de todo gesto y la insignificancia de todo. Se sintió atraído por el tedio romántico, en los románticos alemanes y en Dostoievski, cuyo personaje Stavroguin adoraba. Cioran tuvo una gran vocación de fracaso (era rumano, un país siempre invadido, golpeado por la Historia). No lo consiguió del todo. Quizás fue un poco exagerado en sus gestos, y fue en parte un actor de sí mismo.

Cotilleo metafísico

Aunque le interesaban los absolutos de la mística y el otro extremo, preferir el yo a la existencia, hay en su obra mucho cotilleo metafísico, lo cual lo torna en un clown (del humor a la payasada ingeniosa) un poco exagerado. Amó a Bach sobre todos los músicos, y, en la tradición popular, según dijo alguna vez, la melancolía del tango. Fue ajeno al cine, a la ciencia, y careció de vida política, aunque no de opiniones. Escribió en muchas ocasiones sobre la decadencia imparable de Occidente y de su pronta hecatombe, no por la bomba atómica, sino por la degeneración de nuestra cultura.

Conoció a su mujer, Simone Boué, traductora y profesora de inglés, en 1941, pero nunca aparece en su obra. Fue amigo de Ionesco, de Samuel Beckett, de Michaux, escritores a los que admiró, pero siempre dijo que prefería la gente iletrada. Profesó un afilado desprecio por la escritura como oficio, por la publicidad y la producción literaria. Varias veces dijo tener debilidad por España: la del Quijote, Santa Teresa y el pueblo llano que queda resumido en lo que le oyó a un campesino en cierta ocasión: «Qué lejos queda todo». De España le gustó lo que vio de no europeo, aunque nada tan europeo como la gran novela de Cervantes, si bien es cierto que Cioran ama sobre todo al personaje que lucha contra la realidad, contra el mundo.

También fue un defensor de la risa, nunca de la solemnidad. A su humor y amor a la vida, un amor que puede convertirse en crítica violenta u odio, le debemos varias obras inolvidables: El aciago demiurgo, El inconveniente de haber nacido, La caída en el tiempo y Ejercicios de admiración.

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