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La mentira permanente

Hay mentiras no aceptadas en democracia, y la primera de ellas es la mentira disfrazada de virtud

Día 01/04/2011

DOMINAN el arte de la mentira como nadie. Claro que no hacen otra cosa que mentir. Saben, por tanto, que cuanto más grande es la mentira, más fácil es colarla, pues su magnitud deslumbra al auditorio. Ahora nos dicen que las promesas que hacían a Eta eran falsas, que sólo trataban de engañarla, para que dejase de matar. Listos que son los chicos. Lo malo es que los hechos demuestran que tales promesas no eran ficciones, sino realidades: se relevó al fiscal incómodo, Fungairiño, se dejó en libertad a De Juana, se continuaron los contactos después del atentado de Barajas, por citar sólo unos cuantos hechos que contradicen la supuesta táctica sibilina del Gobierno en sus conversaciones con Eta. No, no era Eta a la que quería engañar. Era a los españoles. Y nos ha seguido engañando desde entonces, hasta que la verdad le ha acorralado. Porque la verdad puede taparse por un tiempo más o menos largo —depende de la calidad democrática de un país—, pero no puede borrarse. La mentira, tampoco. Y parece llegar el momento en que empezamos a saber la verdad de esas negociaciones, epitomadas en el caso Faisán. No hay más que escuchar a Rubalcaba para comprobarlo. Ya no está para cuchufletas. Es veneno puro lo que suelta cada vez que abre la boca.

Mientras acaba de descubrirse, los lectores me permitirán alguna reflexión sobre el tema. Si bien tenemos asumido que los políticos mienten como el buey muge o la gallina cacarea (Camba), hay mentiras no aceptadas en democracia, y la primera de ellas es la mentira disfrazada de virtud, como está haciendo el Gobierno: vendernos el actual acorralamiento de Eta como consecuencia de su negociación con ella. Eso ya no es una mentira. Es una felonía. Eta estaba ya acorralada antes de que empezasen esas conversaciones y si ha vuelto a estarlo es porque el Gobierno volvió al anterior acoso policial y judicial de la banda terrorista, que ahora intenta vendernos como suyo. Cuando lo suyo era «el proceso de paz» con la banda, incluso después de que hubiera vuelto a asesinar, como demuestran los hechos que había venido negando.

Los españoles vivimos bajo un gobierno que se mantiene en la mentira permanente y sólo sale de ella cuando la realidad le obliga a reconocerlo. Pero incluso entonces trata de enmascararla de virtud. Del mismo modo que negó la crisis económica hasta que Europa le forzó a aceptarla, continuó dando crédito a Eta cuando Eta había demostrado de sobra no merecerla. ¡Y ahora se queja de que demos más crédito a Eta que a él! Aunque eso no es lo peor. Lo peor es que los españoles nos hemos acostumbrado de tal forma a la mentira que ya no nos indigna. Cuando la verdadera libertad es liberarnos de la mentira. O sea, que, en cierto modo, seguimos siendo esclavos de nuestros gobernantes.

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