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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Bazofia

Menudas minervas eran los negociadores; ¡y con esa gente quería Zapatero ganar el Premio Nobel de la Paz!

Día 01/04/2011

RUBALCABA y Blanco tienen razón: se trata de bazofia. Toda la historia de la negociación zapaterista con ETA no es más que el relato de una hedionda bajeza moral y de una despreciable basura política. Un empeño viciado y poco honorable, urdido con mentalidad claudicante, desarrollado con estrepitosa incompetencia y saldado con un deplorable fracaso. Una aventura errática y ofuscada en la que no se sabe si fue peor la obstinación del concepto o la torpeza de su puesta en práctica. Bazofia, sí; un bodrio indigerible de principio a fin, de la cruz a la raya.

El problema es que esa basura fue el proyecto angular de todo el primer mandato de Rodríguez Zapatero, que lo concibió tal vez antes de llegar al poder —¿para qué fue Carod-Rovira a ver a Josu Ternera?— y luego lo convirtió en la clave de su acción de gobierno. Obsesionado por pasar a la Historia como el gran pacificador, subordinó al «Proceso» toda la estrategia del Estado y se convirtió en rehén político de unos terroristas. Desairó a las víctimas, descolgó a la oposición, irritó a los jueces y desdeñó las lecciones del pasado —las de Aznar y las de González— con un optimismo ciego, iluminado y arrogante. Pero todo eso lo hizo desde una infinita torpeza autocomplaciente, desde un adanismo elemental y suicida. Confió en la palabra de un grupo de asesinos, y encima eligió para negociar con ellos a un manojo de ineptos encabezado por ese delirante visionario que se llama Jesús Eguiguren, un hombre desmañado y montaraz, incapaz de un análisis medianamente sensato. Si la mitad de lo que dicen las actas de Thierry es verdad, esa gente no estaba en sus cabales o no tenía la menor idea de la clase de juego en que andaban metidos. Prometían cosas que no podían cumplir, se ufanaban de manejos comprometedores y trataban de ir de farol con unos redomados canallas acostumbrados a resolver las dudas a bombazos. Era como una partida de ajedrez, le han dicho al juez Ruz los esclarecidos negociadores; ni al mus le habrían ganado a una pareja de ciegos. Menudas minervas; ¡y con esa gente quería Zapatero ganar el Premio Nobel!

El sumario Faisán ha rescatado toda esa basura intelectual, política y moral del olvido en que la había sepultado la crisis, y ha devuelto a la opinión pública la imagen de aquel Gobierno entregado con toda su energía a un designio inviable cuyo desarrollo no podía ni sabía controlar. Ya entonces parecía un delirio aventurerista, un propósito descabellado gestionado con un voluntarismo ilógico; pero ahora, proyectado contra la luz de los detalles y el desgaste añadido de la ineptitud gubernamental ante la crisis, se percibe como el epítome de un desgraciado estilo político. Objetivos desenfocados, análisis incorrectos, planes confusos, decisiones extraviadas, gestos inútiles y una autoconfianza disparatada. Y mentiras, muchas mentiras para encubrir o endulzar esa bazofia irremediable.

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