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«Fukushima es la tercera bomba atómica de los japoneses»

A los 16 años, Keijiro Matsushima sobrevivió a la bomba de Hiroshima. Ahora, con 82, teme las fugas radiactivas de la siniestrada central de Fukushima

Día 27/03/2011 - 18.59h

"El accidente en la central nuclear de Fukushima es como la tercera bomba atómica, pero esta vez lo hemos hecho nosotros los japoneses. Sé de lo que hablo porque el 6 de agosto de 1945 estaba en Hiroshima. Tenía 16 años y no era más que un colegial hambriento y débil por las precariedades de la guerra, que empezábamos a perder. Mis hermanos fueron reclutados a la fuerza y apenas había comida, pero Hiroshima no sufría los intensos bombardeos que arrasaban otras ciudades. Creíamos que Hiroshima no era importante para el Ejército americano, pero nos equivocamos: era justo al revés.

El 6 de agosto amaneció un día precioso de cielo azul. Empezamos la clase a las ocho de la mañana y, poco después, a través de la ventana vi un bombardero B-29 sobrevolando el cielo a 10.000 metros de altura. Cuando volví los ojos al libro, la bomba estalló en el aire. Primero nos cegó una luz resplandeciente y luego siguió una bofetada de calor y un temblor a nuestro alrededor. Nuestro colegio estaba a sólo dos kilómetros al sur del hipocentro donde cayó la bomba.

“¡Mamá, Buda, ayudadme, voy a morir!”, pensé. Me tapé los ojos y los oídos, pero aun así escuchaba cientos de truenos. De repente se hizo oscuro y no pude ver nada. Antes de que el techo se desplomara, pude salir corriendo. Estaba sangrando; por suerte eran sólo cortes superficiales por los cristales rotos. Pensaba que nos había caído una bomba justo encima pero, cuando salí a la calle, vi que toda la ciudad estaba destruida y ardiendo. Con los edificios en llamas, Hiroshima se moría. ¿Qué clase de proyectil nos habían lanzado?

En la calle, la gente tenía la cara ennegrecida, el pelo quemado, la ropa hecha jirones y la piel se les caía a tiras dejando al descubierto los músculos. Como zombis, andaban a duras penas con los brazos extendidos y gimiendo de dolor. ¿Nos habían tirado cientos de bombas incendiarias? La temperatura aumentó 4.000 grados y muchos heridos se arrojaron al río para refrescarse. Allí perecieron ahogados; durante los días siguientes la corriente los meció arriba y abajo en medio de las ruinas de Hiroshima. Otros buscaron refugio en los colegios y templos para pasar la noche. Al amanecer habían muerto.

Anduve diez kilómetros hasta que llegué a mi casa. Por todos sitios había heridos en un estado lamentable. A los pocos días cayó la lluvia negra. Yo soy uno de los supervivientes más afortunados. Sólo tuve fiebre y diarreas por algo que desconocíamos entonces: la radiactividad. Otros enfermaron de cáncer o leucemia y sus hijos sufrieron malformaciones genéticas. Hiroshima quedó reducida a cenizas.

Ahora, tras el accidente en la central nuclear de Fukushima, los japoneses estamos confundidos. Nuestra economía depende de la energía atómica porque el país es pequeño y no tiene recursos naturales. Es un mal necesario, pero el daño ha sido tan grande que debemos acabar con el derroche de electricidad y el consumismo desbocado y apostar por las energías renovables, aunque tal vez no sea suficiente. Llegan tiempos difíciles; las nuevas generaciones deben hacer los mismos sacrificios que hicimos nosotros tras la guerra."

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