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Cine / ENTREVISTA A ROLAND JOFFÉ

«No soy una persona demasiado buena, no soy nada religioso»

El autor de «Los gritos del silencio» y «La misión» presentó en Madrid su último filme, «Encontrarás dragones», sobre los años de juventud de Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei

Día 23/03/2011 - 17.30h
DE SAN BERNARDO

Después de diez años trabajando en televisión, Roland Joffé (Londres, 1945) debutó en el cine con dos películas que removieron la platea del mundo: «Los gritos del silencio» y «La misión». Ayer llegó a nuestro país con otro título comprometido bajo el brazo, «Encontrarás dragones», cuyo personaje principal es José María Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. La cinta, que se estrena el próximo viernes, ha sido producida con capital mayoritario español (con dos productores numerarios), reparto mixto y profesionales oscarizados en los principales apartados técnicos. Joffé, un cineasta agnóstico y de izquierdas, parece ahora un hombre a una misión pegado. Incluso se da un aire a Jeremy Irons.

—¿Por qué cree que fue elegido para dirigir la película?

—Me sorprendió, realmente. No pensaba que fuera el adecuado, ni sabía si el material daría para una película. Pero cuando empecé a pensar en cuáles eran los problemas que suponía, vi el camino de cómo contar esta historia y, quizá, una manera distinta de ver la guerra civil española.

—¿De verdad pensaba que no era la persona adecuada?

—No soy una persona demasiado buena. Soy bastante común, no soy nada religioso. No sé si hay un dios o no, pero no soy tan tonto como para asegurar que no existe. Y no tengo sesgo en una dirección ni en la otra, excepto en que creo que plantearse la pregunta es importante y me parece fundamental que cada persona tenga esa elección de escoger. Pero puedo pensar en personas mucho más adecuadas para dirigir esta película.

—Usted no intenta vendernos a un santo.

—Si piensas en el individuo, puede hacer una serie de cosas. Normalmente escoge una y actúa. Estos pensamientos en potencia se manifiestan a través de algo que sucede. Es la forma que tiene la física cuántica de ver el universo. Me pareció una manera interesante de mirar al ser humano. Cuando decimos que alguien es un santo, lo que decimos es que muchas de sus acciones estaban por encima del comportamiento normal egoísta de las personas. Tenemos al capitán republicano, que descubre que le han escondido un cura en el dormitorio y no lo entrega, o al vigilante del metro, que lo protege. En ese momento expresan su humanidad. Ahí no hay ideología. Son actos santos. Hay más de un santo en esta película.

—La película tampoco pretende convencer ni convertir al espectador.

—No, sería muy arrogante por mi parte y tampoco sería bueno para el relato. Sí puedo contar la historia de un hombre que cree. No iba a considerarlo una superstición. Aceptemos lo que él cree. Es más creativo así.

—¿Por qué solo cuenta unos pocos años del protagonista y le hace compartir la historia con otra persona casi al cincuenta por ciento?

—Escrivá estaba al servicio de los demás. Hacer una película solo de su vida sería como una traición. Para mí lo más importante fue tomar esa idea de que Dios existe en lo cotidiano y pensé en la situación cotidiana más dura que podía encontrar, el lugar donde menos cabría encontrar a Dios, que es la guerra.

—En una escena de la película Escrivá sale flagelándose. ¿Cómo midió la importancia de ese momento?

—Es algo que no se entiende demasiado bien. Nuestra relación con el dolor es algo muy confuso. Pensamos que el dolor es algo inhumano y que debemos evitarlo a toda costa. Obviamente, eso no es posible. Intento establecer un contexto. En ese momento de su vida, de alguna manera lucha contra su propia ira y desesperación, pero no se distancia de la humanidad. Ofrece algo a Dios, como recompensa. Es una condición profunda y básica del ser humano y creo que tiene su propia belleza, pero también hay que tratarlo con sumo cuidado, como se debe tratar cualquier experiencia religiosa. No quería pasarlo por alto en la película.

—Mientras se documentaba, ¿qué es lo que más le sorprendió de su protagonista?

—Su humor. Hablé con muchas personas que lo conocieron y el humor siempre estaba presente. Pero lo que más me tocó fue lo mucho que insistía en la responsabilidad de cada uno y en reconocer la humanidad plena de todos, incluso la de aquellos con los que no estamos de acuerdo.

—¿En algún momento pensó en Dan Brown y en «El Código da Vinci»?

—Lo he leído, claro. Es una historia bastante emocionante, pero no tiene nada que ver con la realidad. El Opus Dei no tiene nada que ver con lo que se presentó. Quizá los vampiros de verdad tampoco tienen nada que ver con Drácula. No me lo tomé muy en serio y creo que él tampoco lo hizo.

—Su forma de contar la guerra también es más humana que ideológica.

—Una vez más, tuve que eliminar mis prejuicios y desarrollar las relaciones humanas para que fueran lo más importante. Oriol es un personaje fabuloso. Los anarquistas representaban una gran belleza en lo que intentaban hacer, algo que de una forma rara también era cristiano.

—¿Le preocupan las comparaciones con «La misión»?

—No. Creo que mejora «La misión». Trata temas de una manera más complicada, hay más riqueza.

El Opus Dei aprueba la cinta

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