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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

El ex pacifista

Peter Pan vestido de comandante en jefe. Final de trayecto, señor presidente; el poder también era esto

Día 21/03/2011

TODO presidente tiene su guerra, dicen. Zapatero y Obama ya tienen la suya como la tuvieron Aznar y Bush junior, y antes González y Bush senior; es la cara amarga de la política, la cicuta del poder. Ocurre que en la personalidad y el currículum de Zapatero chirría el avatar bélico porque el presidente hizo de sí mismo el retrato de un pacifista contumaz, de un objetor de conciencia, de un hijo tardío del flower power, de un Gandhi vestido de Armani. Y se lo ha envainado, como se envainó la espada de paladín socialdemócrata y proteccionista, con la misma frialdad pragmática con que liquidó su apuesta feminista del Ministerio de Igualdad. En un mundo perfecto, en el País de Nunca Jamás, bastarían los buenos propósitos y la retórica de las intenciones para que prevaleciese el ansia infinita de pazzzzzzz. En el mundo real, desordenado y áspero, desapacible y hostil, la paz y la justicia —y el petróleo— requieren a veces el respaldo de unos bombarderos y Peter Pan ha de ponerse los pantalones largos del uniforme de comandante en jefe. En el caso de Zapatero su ingreso en la realidad, el final de su adolescencia política, casi se corresponde con su despedida. Un guiño siniestro de la Historia le devuelve en posición inversa al punto de partida, convertido, como el Zapata de Elia Kazan, en la clase de gobernante al que hace siete años hubiese combatido.

Zapatero se va a ir porque no puede continuar transformado en el reverso de sí mismo. No es ahora cuando más se ha equivocado; antes al contrario, su autodemolición se ha producido al comenzar a hacer parte de lo que debía. En la política económica, en la estrategia nuclear, en las alianzas internacionales, se ha conducido en los últimos tiempos bajo un soplo de relativa sensatez. Forzado por los acontecimientos, sí. A contramano de sus proclamas, sí. Guiado sólo por el afán de permanencia en el poder, sí. Ése es el problema; podía haber renunciado a deconstruirse y no lo hizo porque eso suponía abandonar y confesar un fracaso. Ahora se tiene que ir de todos modos; fracasado, sin crédito y rodeado de una contradicción tan patente que ha triturado su imagen pública. Pero el error esencial fue el del principio, el del adanismo, el de la frivolidad, el de la inconsistencia, el del fatuo engreimiento de la nada. Hoy podría pasar, en abstracción del pasado reciente, por un dirigente tan malo como cualquier otro. Proyectado sobre su propio retrato, aparece como un político sin principios capaz de caminar sin remordimientos en sentido contrario al de sus huellas.

Quizá ni él mismo podía esperar que su deconstrucción acabase en el visto bueno a un lanzamiento de misiles. Su nombre vinculado al siniestro argot bélico, a las palabras-fetiche del lenguaje de la guerra: tomahawks, portaviones, bombardeos. En el via crucisdel pragmatismo ha alcanzado la última estación. Final de trayecto, señor presidente; el poder también era esto.

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