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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Gadafi y el capitán Reanault

Europa repudió a Gadafi creyendo que caería como Mubarak, sin valorar su feroz determinación suicida

Día 09/03/2011

LOS dirigentes de la Unión Europea sufren ante Libia el síndrome del capitán Renault, aquel cínico jefe de policía de «Casablanca» que, siendo cliente privilegiado y habitual del café de Rick, fingía escandalizarse al descubrir que se trataba de un casino. La Europa que le vendía aviones de guerra y le compraba petróleo a Gadafi se rasga las vestiduras ante el delirio de sangre del tirano y amenaza con una intervención armada en la que el pretexto humanitario esconde a duras penas la intención prístina de preservar el control del crudo. De repente las honorables democracias se han dado cuenta de que el armamento que suministraban al líder de la Al-Jamairiya servía para reprimir al pueblo.

La resistencia feroz del sátrapa a la rebelión ha sembrado la alarma de sus recientes aliados, que contemplan con aprensión la posibilidad de que aguante el pulso. Creyeron que la dictadura libia caería bajo la presión callejera sin valorar la determinación suicida de un tipo que lleva cuarenta años acostumbrado a conservar el poder matando. El error parte de un análisis defectuoso de los procesos de Egipto y Túnez, atribuidos por la opinión pública europea a la espontánea movilización popular cuando en realidad se trató de sendos golpes de Estado militares sobrevenidos a raíz de las revueltas. Pero en Libia no hay un Ejército propiamente dicho, una milicia independiente y sólida capaz de derrocar al dictador, sino una fuerza de choque a su servicio personalista. Ahora Europa se da cuenta de que se aventuró muy pronto en el repudio de un Gadafi que sabe demasiadas cosas y que si resiste el desafío se puede convertir en un peligro descontrolado y rencoroso sentado sobre una gigantesca bolsa de combustibles fósiles. Pero incluso si pierde el envite, existe riesgo objetivo de que los rebeldes victoriosos consideren que no han tenido suficiente apoyo occidental y se sientan desligados de gratitud alguna. En ambas hipótesis hay por medio estratégicas reservas de gas y de petróleo.

Así que ya no hay vuelta atrás: si la tiranía no cae habrá que empujarla. Los doscientos mil desgraciados —muchos de ellos subsaharianos que trabajaban en las explotaciones petrolíferas— hacinados en las fronteras y las víctimas civiles de la represión gadafiana no constituían hasta ahora prioridad alguna para el humanitarismo biempensante, pero de golpe se han convertido en motivo de preocupación crítica. Y los argumentos que servían para rechazar —con razón— la invasión de Irak se soslayan con reversible hipocresía pragmática para defender la intervención libia. Sadam era un déspota, Gadafi también; Sadam era un terrorista, Gadafi también; Sadam tenía petróleo, Gadafi también; Sadam no escondía armas de destrucción masiva, Gadafi tampoco.

Pero los negocios son los negocios. También al capitán Renault le entregaban sus ganancias cuando cerraba el garito.

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