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Pasando el platillo

Hoy, a Zapatero y sus ministros no se les cae de los labios la palabra España, pero es un poco tarde

Día 02/03/2011

Hemos pasado de tener, según nuestro presidente, «el sistema financiero más sólido del mundo» a mendigar por el Golfo Pérsico que compren nuestras cajas de ahorro, convertidas en pozos de deuda; de «haber sobrepasado a Italia y estar a punto de superar a Francia» a figurar en el pelotón de los torpes de la Europa comunitaria; de ser un país de inmigrantes de todas partes del mundo a preparar la maleta de nuestro jóvenes más capacitados para que marchen, como sus abuelos, a Alemania porque aquí no encuentran trabajo. Este es el balance de mandato y medio de José Luís Rodríguez Zapatero, ya que la destrucción no ya del empleo, sino de la moral de España empezó durante su primera singladura, en la que quiso cambiar todo y lo que consiguió fue estropearlo. La crisis económica mundial, que él no quiso ver, sólo dio la puntilla a aquella labor de zapa y derribo, en la que se negociaba con los terroristas, se daba carta blanca a los nacionalistas y se dudaba desde la misma presidencia del Gobierno del concepto de nación. Y, naturalmente, así no se hace una nación. Así se la deshace. Hoy, a Zapatero y sus ministros no se les cae de los labios la palabra España, pero es un poco tarde. Lo que ellos sembraron de insolidaridad, revancha y guerracivilismo nos está pasando factura. Nadie arrima el hombro, la consigna es sálvese quien pueda y el que venga detrás que arree. Dan ganas de vomitar cuando se oye a los mismos que querían meter al PP en la leprosería, acusarle de antipatriota porque no aplaude las medidas que toman, cuando, si son iniciativas suyas —como es esa limitación de la velocidad en las autovías, digna sucesora del cheque-bebé a del arreglo de las aceras— son inútiles, y si les vienen impuestas desde fuera —como el plan de ajuste marcado por Bruselas—, sólo las están cumpliendo tarde y a medias, lo que las hace perder la mayor parte de su eficacia.

No ha habido otra variación entre el primer y segundo mandato de este Gobierno que el de aflorar en el segundo los errores del primero. El resto de los cambios han sido más virtuales que reales. Rubalcaba es una Fernández de la Vega con barba y menos despliegue de vestuario, como Salgado, un Solbes menos cínico y más presentable. Pero de hecho, todos ellos y ellas son meros instrumentos de un presidente que se niega a reconocer su incapacidad y se empecina en sus errores. Ahí lo tienen, en el Golfo Pérsico pasando el platillo ante los emires y anunciándonos que la recuperación ya ha empezado y a finales de año estará en plena marcha. ¿Cuántas veces nos lo ha dicho? ¿Cuántas veces nos lo hemos creído? No hay más ciego que el que no quiere ver, ni más sordos que los que no quieren escuchar.

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