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Franco murió en la cama

Día 02/03/2011 - 16.28h

LOS héroes ciudadanos del 23-F no pasaron de la fase de crisálida. Así terminaba hace una semana esta misma columna. En cuestión de heroísmo no puede decirse que estemos sobrados. En el último medio siglo quienes de verdad han sido héroes en España han sido nuestros soldados, que se han jugado la vida en diversos puntos calientes del planeta —qué error, qué gran horror seguir hablando de misiones de paz— y los misioneros seglares y laicos que han dado sobradas muestras de generosidad sin necesidad de medallas ni las consiguientes pagas complementarias.

Reconozcámoslo: Franco se nos murió en la cama. Y no sólo eso, sino que las colas para darle el último adiós fueron kilométricas. Uno de mi pueblo, que hasta las pasadas elecciones generales se confesaba votante socialista, reconoce —si mucho se le insiste— haber formado parte de la marea humana que se acercó al Palacio Real a rendir fúnebres honores a Franco, pero de inmediato justifica su presencia allí: «Fui para comprobar si el dictador se movía».

El general hacía semanas que no se movía. Inmóvil estuvo mientras el equipo médico habitual añadía en cada uno de sus partes diarios una nueva dolencia tan mortal como las que ya acumulaba su extenso currículum hospitalario. Inmóvil estuvo cuando su yerno le fotografió rodeado de aquel espantoso atrezzo de tubos, bolsas de suero, desfibriladores y ventiladores. Inmóvil estaba cuando mi conocido acudió a verle amortajado y hubo de esperar más de dos horas para que le llegase su turno.

Se ha dado como una de las más poderosas razones por las que Ben Alí y Mubarak —destacados miembros de la Internacional Socialista— fueron desalojados del omnímodo poder que detentaban en Túnez y Egipto, la existencia de Internet. No parece que el número de usuarios en esos países, ni tampoco en Bahrein, Libia, Yemen… sea tan elevado como para cimentar una revuelta de tan extraordinarias dimensiones y consecuencias como las que estamos viendo. Ni tampoco que sean concomitantes los motivos -más allá del inevitable contagio entre desesperados-que se pueden dar entre vecinos.

El caso es que los jóvenes tunecinos y egipcios —estamos a la espera de ver cuánto resiste el pirado de Gadafi— hicieron realidad una revolución en menos de un mes, mientras que aquí Franco terminó sus treinta y nueve años de ordeno y mando en la cama de un hospital y siendo objeto de una multitudinaria despedida, por más que muchos de los dolientes se inventen excusas como la ya anotada. A ver qué podíamos hacer si Internet todavía no estaba inventado.

Cuando leí hace unos días al columnista José Luis Ábalos recriminar a González Pons su estilo «subversivo» de hacer oposición lo entendí como un episodio más del rifirrafe habitual entre políticos, pero cuando añadió a continuación: «¡Cuánto se hubiera lucido un conservador diciendo esto mismo en un contexto adecuado como fue el de la dictadura!», pensé que debió tratarse de un tremendo lapsus. González Pons tenía once años en 1975. No me parecería justo que pueda llegarse a la conclusión de que Franco se nos murió en la cama por culpa de Esteban González Pons.

Rodríguez Zapatero, por cierto, nos ha reducido la velocidad en la carretera. Eso mismo, y por las mismas razones de ahorro, hizo Franco en 1973. O sea.

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