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El profesor Bacterio

Rubalcaba es en sí un yacimiento de fósforo en las debilitadas y confusas filas del PSOE

Día 01/03/2011

ES de sobras conocida la competencia para la Química (e, incluso, para la Alquimia) del titular de Interior y vicepresidente. Pero, por si alguien ignoraba aún que Rubalcaba es uno de los contados ministros que allega título universitario al expediente, ya se ha encargado él de hacerse lenguas de ese fulgor científico que alumbra en su mollera y de poner de manifiesto las supuestas virtudes de sus marchitos laureles académicos.

Se reivindicó, primero, sutil como las ondas y, como los fotones, ahíto de potencia. Dio en aplicar a sus innumerables adversarios (dentro y fuera del Partido) la retahíla que aprendió de carrerilla en la carrera. De ahí que González-Pons, en lugar de ser un reaccionario al uso, resulte algo peor, o más inquietante al menos: un producto reactivo, un absoluto incordio, una auténtica peste. Otros habrá que sean alcalinos, iónicos, clorhídricos, básicos o inertes. El chiste, en todo caso, no reside en la jerga del personaje para poner en solfa al oponente, sino en la caricatura que traza de sí mismo, por descuido quizá, tal vez por desvergüenza. Rubalcaba hace mutis por el foro y el tenebroso Freddy el Químico se enseñorea de la escena. La realidad es un proceso que se desarrolla «in vitro», una mentira alambicada, un redomado entuerto. La política, el fruto de una destilación impura en la que se confunden esencias y apariencias. Piedra filosofal que, al tornar plomo en oro, rescata al memo Midas y hace que Pepe Bono viva «tan ricamente». Todo es química. Desde la configuración electromagnética del chivatazo del Faisán a la combinación de elementos, del estroncio al selenio, en la sucesión socialista. Por no hablar de los desencadenantes de la combustión, en los cuales profundiza hasta determinar la ecuación óptima entre velocidad y consumo de carburante.

La tentación obvia es compararlo con el doctor Jekyll de Stevenson, creador de la pócima (más química) que transmuta al sereno científico en energúmeno Hyde, para al cual descuartizar a una damisela es tan trivial como ceder la acera a una viejecita. Sin embargo, la variedad de habilidades de nuestro prohombre, su inquietante propensión a las metamorfosis y su vis tragicómica encajan mejor en la personalidad multidisciplinar de Mortadelo, pareja de hecho de Filemón. Pasar de ministro de Industria a guardia de tráfico sin perder la compostura, al tiempo que se erige en recaudador del Reino, es un «gag» que no por repetido deja de tener su mérito.

Sustancia y disfraz, síntesis y papel, genio y figura, Rubalcaba es también el ácido —que no cal viva— en el que se disipan las dudas de los barones socialistas, a los cuales visita en fines de semana y agrestes veladas de neón electoral y plutonio en el verbo. No hay más que ver las propias reacciones de Rubalcaba, un catalizador cuando se trata de provocar fusiones, fisiones, colisiones y montoneras. Puro polonio en bruto, Rubalcaba es en sí un yacimiento de fósforo en las debilitadas y confusas filas del PSOE, el único capaz de frenar España y a Rajoy, un estereotipo de conductor al ralentí, de esos que aprovechan las bajadas para embragar el punto muerto. El martillo del PP afina la mezcla en su atanor. Quedan días para entregar el testigo. Entre tinieblas.

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