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Columnas / AD LIBITUM

La esencia del Zapaterismo

El presidente no parece dueño de sus actos y parece un resorte que salta con la más mínima presión

Día 27/02/2011

UNA sociedad con hambre de futuro y vocación de progreso no puede permitirse el lujo de que sus mejores cabezas, sus más preclaras y fecundas inteligencias, se dediquen a la política. En lo que a selección de personal respecta es prioritario dotar de talento los territorios de la investigación y la enseñanza, las áreas de la iniciativa emprendedora e, incluso, las buhardillas de la creación artística. La política, en una democracia asentada y verdadera, tiene suficiente con la aportación de los funcionarios y el impulso de los, literalmente, elegidos que no debieran destacar por su extravagancia y en quienes es exigible la prudencia y rechazable la astucia, que suele ser tramposa. Tampoco es deseable, como ahora parece que nos ocurre, que se dediquen a la política, y lo hagan «profesionalmente», quienes no parecen servir para otra cosa y solo son producto de la partitocracia imperante.

No sé, ni creo que nadie lo sepa, si la decisión gubernamental de rebajar a 110 kilómetros por hora la velocidad máxima en las vías en las que hasta ahora se permitía circular a 120 es buena o mala; si la incomodidad y el disgusto que produce serán superados por un importante ahorro energético o, como suele suceder, haya que clasificarla en el largo catálogo de ocurrencias con las que José Luis Rodríguez Zapatero suele disimular su escasez y, de paso, entretenernos con la provocación de polémicas estériles entre quienes, por socialistas, tienden a ver como bueno, sin mayores análisis, todo cuanto avalan el puño y la rosa o, por populares, a entender que la gaviota nunca se equivoca.

A juzgar por las apariencias, cada amanecer, Zapatero y los suyos se desperezan diciéndose: veamos qué se nos ocurre hoy y, ¡zas!, a falta de un plan bien trazado, dan por buenas las primeras ideas que les vienen al magín, como si fuera posible que lo fácil coincida con lo útil. Se echa en falta, en cuanto a la crisis económica se refiere, un concepto global que alcance todas las aristas del problema y, sobre todo, evite que el parche de hoy sea la génesis del mal de mañana. La improvisación de Zapatero invita a la desconfianza. Más atento a las apariencias que al fondo de los asuntos que nos inquietan, el presidente no parece dueño de sus actos y toma la apariencia de un resorte que salta con la más mínima presión. «Improvisar» algo que no está bien pensado y elaborado es peligroso en el mundo de las artes y resulta suicida en la economía porque una «buena idea» puede resultar contradictoria con otras igualmente buenas y, en su conjunto, resultar todas demoledoras. Esa es la esencia del zapaterismo.

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