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Seis Oscar en tierra hostil

La película de Kathryn Bigelow se impuso a la de su ex marido James Cameron, «Avatar»

Día 25/02/2011

A pocos días vista de la ceremonia de los Oscar, he aquí una oportuna ocasión de revisar la gran vencedora del evento del año pasado, con seis Oscar, entre ellos el primer galardón al mejor director que otorgaba la Academia a una mujer, la altísima Kathryn Bigelow. Fue una victoria memorable porque Bigelow competía con su ex marido, James Cameron, y su monumental «Avatar»: detalles conyugales aparte, era también —y así fue percibido por muchos— un combate entre dos tipos de cine, el gran espectáculo de Hollywood (alta tecnología en 3D, argumento infantiloide) frente a una genuina producción independiente rodada con cuatro cámaras simultáneas de 16 mm., y con un tema que estaba lejos de poderse reducir al maniqueísmo de blanco (o, en este caso, azul) sobre negro.

«En tierra hostil» pertenece al más delicado de los subgéneros bélicos, el que se centra en un conflicto en curso, sin solucionar, que hurga en heridas abiertas y produce un goteo de muertes diarias. Quiere decirse que Bigelow no podía permitirse el consuelo de recurrir al modo épico, ni al triunfalismo, ni siquiera podía contar con esa visión de consenso con la que se perciben los conflictos cuando pasa el tiempo y ocupan su lugar en la Historia (con lo que jugaba Tarantino en «Malditos bastardos», la otra película barrida por ésta en el teatro Kodak). Ese es el primer mérito de «En tierra hostil», está hecha en caliente, cuando aún no se han enfriado los cadáveres: piénsese que Hollywood sólo rodó un filme sobre Vietnam, su primera guerra impopular, mientras duró esta y se trataba de «Las boinas verdes». En segundo lugar, «En tierra hostil» plantea un tema recurrente del cine bélico —la guerra es un infierno— pero rehúye el modo elegiaco que implantó precisamente el cine de Vietnam, centrado en las dolorosas secuelas de la guerra para los soldados americanos. Es notorio que la película de Bigelow se abre con una frase de Chris Hedges que dice: «El subidón del combate es una adicción potente y letal, pues la guerra es una droga». Es lo que parece ser, exactamente, para el protagonista William James, encarnado por un espléndido y hasta entonces desconocido Jeremy Renner, que eclipsa a todos sus compañeros.

El trabajo de Bigelow, y esto es un tercer mérito, se centra en la pura mecánica diaria de la guerra: en concreto, el trabajo de una brigada americana de desactivación de explosivos en un entorno como Bagdad que puede esconder una mina en cada palmo de tierra. En la escena inicial vemos volar por los aires al jefe del escuadrón (Guy Pearce, con Ralph Fiennes, el único nombre estelar del reparto); su sucesor James se caracteriza por una actitud efectiva, pero digna de un kamikaze, a la hora de desactivar artilugios prescindiendo de los robots que les sirven de «tentadero» y hasta del engorroso traje lunar que les protege. Siete acciones, siete intervenciones, presenta la película, como una tarde de lidia, una tras otra, sin clímax ni moraleja, sin pretender explicarnos lo que ha llevado allí a estos adictos al polvo, sudor y lágrimas, sin percibir al enemigo más que como una fantasmagoría. Pero, gracias al estilo «documental» de la filmación, nos planta en el lugar mismo de los hechos, como si fuéramos un corresponsal de guerra adosado a una patrulla en tierra hostil.

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