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España / 23-F | ANIVERSARIO

Los hombres que gobernaron España durante 16 horas

Mientras Tejero mantenía secuestrado el Congreso, el director general de Seguridad, Francisco Laína, formaba un ejecutivo provisional con 35 altos cargos

Día 20/02/2011 - 12.46h

Aquel lunes por la tarde, Manuel Varela Uña (Madrid, 1922), médico ginecólogo y secretario de Estado para la Sanidad, tuvo que ir al Congreso de los Diputados. Se solventaba la segunda sesión de investidura de Leopoldo Calvo Sotelo y Alberto Oliart, ministro en funciones, le había pedido que acudiera por si en el debate posterior se trataban asuntos sanitarios. Varela, resignado al aburrimiento, se sentó en la tribuna de invitados y se dispuso tranquilamente a bostezar.

La votación avanzaba sin suspense. Bastaba con una mayoría simple para convertir a don Leopoldo en el segundo presidente de la democracia y todos los grupos habían definido ya su postura. Como si entonara una letanía, el secretario de la Cámara, Víctor Carrascal, iba leyendo en voz alta los nombres de los diputados.

–Don Enrique Múgica Herzog.

–No.

–Don José Nasarre de Letosa Conde.

–Sí.

–Don Carlos Navarrete Merino.

–No.

–Don Manuel Núñez Encabo.

Entonces se oyeron voces confusas, ruido de pasos y un extraño alboroto. Alguien gritó «fuego». Al diputado Núñez Encabo se le quedó el «no» colgando en los labios y el teniente coronel Antonio Tejero Molina irrumpió, bigotón, marcial y ufano, en el hemiciclo.

18.22-19.00 horas: Toma del Congreso

«Qué coño perdigón; esto es de reglamento»

Minutos después del tiroteo, tumbado en el suelo, Manuel Varela Uña comprobó que le habían caído sobre las piernas «unas bolitas metálicas y oscuras». Cuando un guardia civil jovencillo se puso a su lado, le preguntó si acaso tiraban perdigones.

–Qué coño perdigón –se ofendió–; esto es munición de reglamento.

Más tarde, cuando los ánimos se relajaron algo, Manuel Varela supo que aquel golpista orgulloso y casi imberbe era, en realidad, un motorista de tráfico que estaba haciendo un cursillo en Madrid. De repente, lo habían metido en un autobús y soltado allá, en el Congreso, sin saber muy bien de qué iba la juerga. Para colmo, el chaval estaba con la cabeza en otro sitio. Acababa de casarse y esa misma mañana, en unos ejercicios, se había dado un terrible golpe en los testículos. Al conocer que Varela era médico, el guardia civil abandonó toda pose guerrera y, en un susurro, le confesó la duda íntima que le consumía: temía haberse quedado estéril. «No me pareció oportuna en aquellos momentos una exploración directa, pero procuré tranquilizarlo», remata Varela. A los 89 años, don Manuel no tiene ganas de recordar otra vez todo aquello y se remite a su autobiografía ('De memoria'), publicada por Taurus en 2009.

Mientras el secretario de Estado de Sanidad se ocupaba de los problemas genitales de aquel inopinado golpista, Antonio Lago Carballo (León, 1923), historiador, profesor de la Universidad Complutense y subsecretario de Educación, estaba tendido en el suelo del bar del Congreso. «No tenía por qué haber ido, pero quise acompañar a mi viejo amigo Leopoldo». Lago, de 87 años, todavía es capaz de relatar con pelos y señales todo lo que le ocurrió ese 23 de febrero. «Por ahí tengo las notas que tomé», advierte. Y cuenta que, hacia las seis y veinte de la tarde, se abrió la puerta del bar y entraron dos individuos «vestidos de verde y con gorra cuartelera», que gritaron:

–Todos al suelo.

«Recuerdo que había una señora, petrificada quizá por el susto, que era incapaz de abandonar su sillón. Entonces le repitieron la orden y la pobre se fue escurriendo hasta que se pegó una culada», sonríe el profesor Lago.

A la abogada Rosa Posada Chapado (Madrid, 1940), portavoz del Gobierno en funciones, también le mandaron echarse al suelo. Había ido al Congreso para mantener una reunión con los ministros del Interior, Juan José Rosón, y de Justicia, Francisco Fernández Ordóñez, que debían permanecer atentos a las votaciones. «Fueron momentos de extrañeza, de mucho desconcierto. Cuando alguien nos ordenó tirarnos al suelo, me sorprendí a mí misma replicándole que tenía una lesión de columna y que no me podía tumbar. El guardia se lo pensó un rato y me permitió seguir sentada, aunque alejada de la mesa». De aquellas horas, Rosa Posada, hoy diputada del Partido Popular en la Asamblea de Madrid, retiene alguna imagen surrealista («me asomé a una habitación del Congreso y vi un montón de pistolas y otro montón de cámaras fotográficas») y varios instantes de desasosiego: «Me preocupé mucho cuando sacaron a Adolfo (Suárez) del hemiciclo. No sabía ni dónde estaba ni qué habían hecho con él. Respiré cuando me dijeron que lo habían visto y que estaba bien».

A lo largo de la tarde, las tropas de Tejero fueron dejando salir del Palacio del Congreso a quienes no eran parlamentarios. Cuando Manuel Varela, Antonio Lago y Rosa Posada se encontraron por fin en la calle, decidieron regresar a sus despachos y hacer algunas llamadas. Los tres recibieron la misma orden: debían acudir con urgencia a la sede del Ministerio del Interior, en la calle Amador de los Ríos. «Cuando llegué –relata el profesor Lago–, me encontré con Carlos Robles Piquer. Me dijo que Paco Laína le había encargado redactar un texto que manifestara la constitución de un gobierno provisional».

19.00-20.00: Gobierno provisional

«Necesitamos un segundo escalón»

La mujer de Carlos Robles Piquer, Elisa Fraga Iribarne, no pegó ojo en toda la noche. Estaba preocupada por su marido, que andaba de reunión en reunión, y por su hermano Manuel, secuestrado en el Congreso. Robles Piquer (Madrid, 1925), diplomático, exministro de Educación y secretario de Estado de Asuntos Exteriores, celebraba aquel día un almuerzo de trabajo con una delegación de la India. A la hora del café, su secretaria le avisó de que «algo muy raro pasaba». «Al ir comprendiendo lo que sucedía, me despedí de los indios y marché hacia el Ministerio», explica.

Cuando entró en su despacho, a eso de las siete de la tarde, Robles Piquer consiguió hablar con el jefe de Protocolo del Palacio de la Zarzuela: «Le dije que hacía falta que hubiera un poder civil, porque daba la impresión de que, por encima de los militares, solo estaba el Rey. Necesitábamos un segundo escalón. Creo que otros tuvieron la misma iniciativa». Al parecer, también Luis Sánchez Harguindey, subsecretario del Interior, había planteado la necesidad de formar un gobierno provisional que asumiera el poder.

El general Sabino Fernández Campo, secretario del monarca, aprobó la medida y el Gabinete Telefónico del Ministerio del Interior fue convocando a los secretarios de Estado, a los subsecretarios y a otras personalidades relevantes, como el entonces gobernador del Banco de España, José Ramón Álvarez Rendueles. Todos ellos debían acudir de inmediato a la sede del Ministerio para ponerse a las ordenes de Francisco Laína García, director de la Seguridad del Estado.

Paco Laína (Ávila, 1936) vive hoy en la ciudad amurallada, retirado del mundo. Abogado y amigo personal de Adolfo Suárez, decidió aparcar su prometedora carrera política en 1982, cuando el PSOE llegó al poder. En la madrugada del 23 al 24 de febrero, asumió durante dieciséis horas la presidencia efectiva del país, pero apenas ha querido hablar sobre aquella frenética noche. Requerido por V, Laína se disculpa amablemente por su obstinado silencio, aunque anticipa que pronto publicará un libro sobre el 23-F: «Se están escribiendo tantas novelas sobre el golpe que casi me he visto obligado», dice. La voz de Paco Laína suena tranquila y fiable, pero firme. Tres cualidades que, según quienes le conocen, definen su personalidad y retratan su actuación en aquel día dramático. «Laína daba buen ejemplo», resuelve Robles Piquer.

20.00-21.30: Primeros pasos

«Un Gobierno ilegal, pero con eficacia real»

Cuando los políticos convocados fueron llegando al salón del Ministerio del Interior, debieron abordar una primera cuestión, casi fundacional: ¿qué eran realmente?, ¿cómo debían aparecer ante el país? La Junta de Subsecretarios era un organismo legalmente previsto, pero que solo se ocupaba de preparar las sesiones ordinarias del Consejo de Ministros. Ni la Constitución ni las leyes vigentes preveían aquella circunstancia excepcional. Los juristas presentes advirtieron de que la denominación ‘gobierno provisional’ era inexacta e incluso abiertamente ilegal.

Entonces tomó la palabra Juan Díez Nicolás, catedrático de Sociología en la Universidad Complutense y subsecretario de Ordenación Territorial, que recordó a sus compañeros el llamado 'teorema de Thomas': «Para que un hecho tenga consecuencias reales, no es preciso que sea real; basta con que se tome como real». Díez Nicolás respaldaba así la opinión de Paco Laína y de Carlos Robles Piquer, que deseaban aparecer ante la opinión pública como 'gobierno provisional': «Milans del Bosch había sacado los tanques en Valencia con la excusa de que había un vacío de poder, así que nosotros teníamos que desmontarle la estrategia», subraya el sociólogo madrileño. «Había que responder con rapidez y con sentido práctico», concluye Jesús Fernández Cordeiro (Lugo, 1931), subsecretario de Hacienda.

Robles Piquer elaboró a toda prisa un primer texto, que fue sometido a la consideración y a las enmiendas de los asistentes. «En el borrador inicial había alguna palabra despreciativa hacia los golpistas. Les llamaba ‘tontilocos’ o algo semejante. Joaquín Ortega (subsecretario de Asuntos Exteriores) y yo le aconsejamos que no hubiera calificativos –revela Antonio Lago–. Ya habría tiempo de ponerlos cuando tuviéramos toda la información».

Finalmente, poco después de las nueve de la noche, Paco Laína apareció en Televisión Española. No estaba envarado ni nervioso. Ni siquiera visiblemente preocupado. Medio tumbado en el sillón, casi aburrido, como si amonestara a unos gamberretes demasiado molestos, Francisco Laína García leyó la declaración institucional de aquel extraño gobierno. Un texto trompicado, quizá demasiado largo, pero certero. Y, sobre todo, muy oportuno: «Quienes en este momento asumen con total plenitud el poder civil y militar de manera transitoria y bajo la dirección y autoridad de su majestad el Rey pueden garantizar a sus compatriotas que ningún acto de fuerza destruirá la convivencia democrática que el pueblo libremente desea y que se plasma en el texto de la Constitución a la que civiles y militares han jurado proteger».

21.30-1.30: Discursos y debates

«Nos inquietaba lo que tardaba el Rey en salir»

El mensaje arrojaba un primer cubo de agua al incendio que había provocado Tejero. Incluso tuvo un efecto balsámico entre los parlamentarios secuestrados. El centrista vasco Julen Guimón, ya fallecido, había conseguido conservar en el hemiciclo un pequeño transistor que tuvo conectado toda la noche. Al día siguiente, entre orgulloso y divertido, Guimón enseñaba el aparato a las cámaras de Televisión Española y subrayaba, por orden cronológico, los dos momentos radiofónicos que elevaron la moral de los diputados: el primero, hacia las nueve y media de la noche, la arenga de Paco Laína; el segundo y definitivo, a la una y cuarto de la madrugada, el mensaje oficial del Rey.

Entre ambos discursos, los subsecretarios vivieron momentos de zozobra. «A mí –se sincera Robles Piquer–, lo que más me inquietaba era lo que tardaba el Rey en aparecer. No es una crítica. Seguramente, don Juan Carlos habló en el momento idóneo, pero nosotros anhelábamos escuchar esa intervención pública. Al menos, nos tranquilizaba saber que Laína estaba en continua comunicación con la Casa del Rey».

Matías Rodríguez Inciarte (Oviedo, 1948) era el miembro más joven de aquel azaroso ejecutivo. Tenía 33 años y ocupaba la Secretaría General de la Vicepresidencia Económica del Gobierno. «Para mí estuvo siempre claro que nuestro margen de maniobra era limitadísimo», observa. Actual vicepresidente del Banco Santander y presidente de la Fundación Príncipe de Asturias, Rodríguez Inciarte asistió esa noche «a numerosas conversaciones de Laína con la Zarzuela»: «No tuve entonces duda alguna de que la autoridad del Rey estaba siendo decisiva para inclinar la balanza, en momentos sumamente confusos, a favor de la legitimidad constitucional».

1.30-12.30: Una noche eterna

«Sabíamos muy poco más que el resto»

Jesús Fernández Cordeiro precisa que nadie pasó «miedo o pánico», aunque en las primeras horas sí hubo «bastante incertidumbre». Y café. Mucho café. Café en cantidades amazónicas: «Bueno... hasta que empezó a escasear –puntualiza–. Estábamos reunidos muy cerca del Restaurante Jockey, pero cuando alguien reparó en que teníamos que cenar, ya era imposible conseguir comida. Por lo menos, pudimos compartir unos bocadillos que aparecieron no sé de dónde».

A medida que avanzaba la madrugada, incluso después del discurso del Rey, Laína y sus hombres se toparon con una cuestión fundamental: ¿debía entrar la policía a liberar el Congreso? «Elaboramos un plan para tomarlo por la fuerza –desvela Robles Piquer–. Aquello se hubiera podido hacer..., pero nos parecía muy arriesgado. Hubiera podido haber muchas víctimas». «Fue un dilema angustioso», enfatiza Rodríguez Inciarte. Finalmente, se optó por seguir el consejo del psicólogo José Luis Pinillos, a quien Díez Nicolás llamó por teléfono: «De noche –le dijo–, todo se magnifica y ahora estarán envalentonados por haber demostrado su poder frente a los políticos, pero al amanecer se derrumbarán».

Antes de que se confirmara la profecía del profesor Pinillos, Juan Díez Nicolás cogió un ejemplar barato de la Constitución, de los muchos que había amontonados en aquella sala, y requirió las firmas de los asistentes. Para Paco Laína reservó un bolígrafo rojo. «Fue lo único que firmamos esa noche», remacha, con un poco de sorna, Eugenio Nasarre (Madrid, 1946), entonces subsecretario de Cultura y hoy diputado del PP: «Nuestra función era permanecer en torno a la gran mesa para que, de vez en cuando, las cámaras de televisión nos sacaran, dando así la impresión de que tomábamos las riendas de la situación... Pero sabíamos muy poco más que el resto de los españoles».

¿Cuál fue el peso exacto de aquel gobierno urgente? Alfonso Pinilla, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Extremadura y autor de libro 'El laberinto del 23-F', aclara su dimensión: «Su mérito fue evitar el vacío de poder y mantener una cierta normalidad del sistema. Y Laína –apostilla– cumplió ese trabajo con brillantez».

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