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Internacional / viaje al nuevo egipto (II)

Viaje en el tren «español»

En Alejandría prendió la llama de la revolución egipcia cuando la Policía asesinó en junio al joven Khaled Said

Día 17/02/2011 - 06.01h

Cualquier viaje en tren en Egipto empieza 24 horas antes. Hay que acercarse a la estación Ramsés —si se usa el metro la parada se llama «Mubarak»— y comprar los billetes con adelanto porque los trenes van llenos, especialmente «el español» que cubre la línea que une El Cairo y Alejandría. Caminamos sobre tablas y rodeados de andamios para acercarnos al vagón número uno en medio de una estación en pleno proceso de reforma. Asiento 38, ventana. La imagen interior no tiene nada que ver con el coche azul marino mugriento que se ve desde fuera. Decorados en tonos azules y con el logotipo de la compañía nacional de ferrocarriles en las cortinas, los asientos son los de un avión en «busines class» de los años setenta.

«Le llaman “el español” por el diseño interior, nada más. Hay otro que es “el francés” porque sigue más la línea de los trenes de ese país», responde el revisor que pasa pidiendo billetes a los pocos minutos de partir. Salimos puntuales a las nueve. Un tren larguísimo se despereza entre casas de adobe y ladrillo rojo que amenazan con caer sobre las vías.

Amr y Mohamed, como el resto de pasajeros, devoran periódicos. Apenas se ven ejemplares de la antigua cabecera oficial del régimen, Al Ahram. La gente lee ahora Shorouk'y Al Masry Al Youm, los dos altavoces de la oposición durante los últimos años que desde el primer día informaron al detalle sobre las revueltas en Tahrir. «La noticia del día son los escándalos económicos de la gente del partido (en relación al Partido Nacional Democrático dirigido por Mubarak), creo que muchos van a pasar por la Justicia. El patrimonio de los dirigentes era tabú hasta ahora», opina Amr, fiscal del estado, que viaja a Alejandría a pasar el día y visitar el lugar donde empezó todo.

A las 9 horas y 42 minutos llega el servicio de té, café y refrescos. El tren camina con suavidad sobre los raíles a una velocidad que permite admirar el paisaje. Mujeres y niños limpian cacharros de cocina en el Nilo y las madres, de paso, dan un buen remojo a los pequeños. Al pasajero de la fila 36 no le interesa porque va enfrascado en su iPad leyendo una columna de opinión cuya tesis es «como los musulmanes vamos a la Meca para el haj, a partir de ahora iremos a Tahrir cuando queramos libertad».

A las 11.24 llegamos a Alejandría, la ciudad en la que los taxis son de la marca rusa Lada y están pintados de negro y amarillo. El primero nos lleva hasta el barrio Cleopatra, en pleno malecón, y nos deja en el número 47 de la calle Yubaset, la casa del primer mártir de la revolución, Khaled Said.

«Todos somos Khaled Said» La muerte de este joven de 28 años el pasado 6 de junio a manos de la Policía fue el germen de unas protestas que explotaron finalmente el 25 de enero y acabaron con la dimisión de Mubarak 18 días después. Vamos hasta el cibercafé SpaceNet en el que estaba Khaled cuando los agentes le detuvieron. Hasan Mesbah, dueño del local y padre del yudoca del mismo nombre que ganó la medalla de bronce en los juegos de Pekín, le recuerda como «un buen chico y apasionado de los chats y la música. Últimamente venía menos por aquí porque había puesto internet en casa».

Narra con detalle cómo a pocos metros de donde estamos sentados los agentes golpearon varias veces su cabeza contra la pared. Luego lo llevaron al portal de al lado, junto a la peluquería, y lo remataron. Minutos después arrojaron su cadáver a la calle. Su muerte fue publicada en internet a través del grupo de Facebook Kullum Khaled Said, «Todos somos Khaled Said», y despertó el sentimiento en los egipcios de la necesidad de luchar contra la impunidad y la injusticia. Los chicos del barrio aseguran que la Policía le tenía ganas a Khaled porque había difundido un vídeo en Youtube de agentes de Alejandría con grandes cantidades de hachís.

Con el relato del asesinato de Khaled en nuestras mentes cogemos un nuevo Lada hasta la mezquita de Khad Ibrahim. La plaza frente al templo fue el equivalente a Tahrir en la segunda ciudad del país. Vendedores de banderas nacionales estratégicamente situados comparten acera con grupos de jóvenes voluntarios que, como en El Cairo, limpian la calle, pintan bordillos y plantan árboles para devolver al lugar su aspecto original. Último Lada del día para volver a la estación y regresar a El Cairo. «El español» espera en la vía a los pasajeros. A las cinco en punto suena la campana del andén e iniciamos el camino de vuelta. Adiós Khaled Said, adiós Alejandría. El nuevo Egipto os debe mucho.

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