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Columnas / UNA RAYA EN EL AGUA

Proceso de paz 2.0

La versión 2.0 en pruebas sustituye el concepto de «paz» por el más unilateral del «fin de la violencia»

Día 14/02/2011

LA única demostración empírica y positiva de que Jaime Mayor Oreja no lleva razón en su constante y agorero lamento de Casandra, con el que trata de advertir a la confiada sociedad española de la presencia de un caballo de Troya terrorista construido a expensas de una presunta negociación subterránea con el Estado, consiste en que los tribunales troyanos cierren el paso a ese artificio electoral urdido por los estrategas batasunos y ordenen su traslado inmediato al otro lado de las murallas de la democracia. La hipotética admisión por el Supremo o el Constitucional del nuevo partido, aceptando la condena táctica de la violencia que sus promotores pronuncian sin referirse a los crímenes pasados y sin que medie la disolución verificable de ETA, supondrá por ajustada a derecho que pudiese resultar un profundo quebranto de la cohesión nacional que ha alentado la resistencia democrática al terrorismo y dejará en una gran parte de la opinión pública el sinsabor amargo de un fracaso: la certeza moral de que el pragmatismo de un final más o menos acordado de ETA puede sustituir la premisa esencial de no pagar contrapartida alguna con la que los asesinos pudiesen obtener por dejar de matar lo que jamás han conseguido en cuarenta años de sufrimiento y sangre.

La teoría de una nueva o continuada negociación Gobierno-ETA carece de respaldo verosímil y cuenta —en la firmeza policial y judicial de los últimos tres años— con abundantes elementos objetivos con que rebatirla. No sucede lo mismo, sin embargo, con la idea de una nueva revisión del «Proceso de Paz» en la que los contactos directos con la banda hayan sido sustituidos por estrategias de quid pro quo trazadas con su brazo político a través de emisarios, mediadores y demás profesionales de la intermediación. Esa versión 2.0 en pruebas diferiría de la antigua en que el concepto recíproco y concesivo de «paz» se ha transformado en el más unilateral del «fin de la violencia», pero vendría a mantener el elemento común del rescate institucional de una izquierda abertzaleque dé continuidad política al proyecto etarra sin una ruptura definitiva y explícita con el pasado y sin despejar las dudas sobre la tutela terrorista; simplemente bajo la benévola y remota esperanza de que sea una Batasuna reconvertida la que aísle a ETA y la convenza para desistir de su delirio a cambio de la construcción de una pista civil de aterrizaje.

Mientras la versión definitiva del Proceso 3.0., la que traiga de serie la derrota completa de ETA y sus cómplices, no tenga fecha prevista de salida al mercado, las profecías jeremíacas sobre una capitulación del Estado y un cambio implícito de las reglas de juego vigentes dispondrán de una base sobre la que sostenerse. Jeremías era sin duda un fundamentalista y un llorón, pero si ha pasado a la historia es porque rara vez se equivocó en sus taciturnos pronósticos.

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