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Vamos de excursión

Los caminos de Bono son inescrutables, ya se sabe; pero éste sobresale por su indecorosa oportunidad

Día 11/02/2011

AUNQUE, según la Constitución vigente, la forma política del Estado español es la monarquía parlamentaria la partitocracia imperante tiende a convertir las Cámaras en meros centros litúrgicos y protocolarios y alejar de ellas la esencia del debate político. La luz deslumbra y los taquígrafos incomodan y, por ello, el zapaterismo tiende a evitar en lo posible el Congreso e, incluso, el Senado, ese lujo inútil que nos hemos dado para que no le falte de nada a nuestra pobre democracia. Quizás ahí anide la razón por la que el Parlamento tiene que buscarse ocupaciones que justifiquen su existencia y entretengan a sus señorías, que no es cosa de que se nos mueran de un bostezo. Del mismo modo que hace unas semanas viajaron al Líbano, sin que conozcamos la razón de fondo para una gira tan singular, ahora una amplia representación parlamentaria también con José Bono a la cabeza, visita Guinea Ecuatorial. La ministra de Exteriores ha bendecido el viaje y el portavoz parlamentario del PP, Gonzalo de Arístegui, ha certificado su conveniencia porque, dice, se trata de una «visita institucional». Nada como lo mostrenco para justificar lo injustificable.

De cuando Malabo se llamaba Santa Isabel y era la capital de una provincia española solo queda en Guinea Ecuatorial el lema de su escudo nacional —«Unidad, paz, justicia»— como gran proclama mentirosa. Teodoro Obiang, decano de los dictadores africanos con más de treinta años en el poder, ha erradicado cualquier vestigio opositor y, sin respeto alguno por los derechos humanos, tortura a sus disidentes con el garbo de quien, por razones geoestratégicas y económicas —léase coltán—, se siente protegido por las grandes potencias de Occidente.

Cierto es que los supuestos éticos se han erradicado de las relaciones internacionales y que son vectores de interés material los que marcan los niveles de relación con los países terceros; pero, en nuestro caso y en un territorio como la vieja Guinea Española, ¿sin límite alguno? Es natural que mantengamos intensas relaciones diplomáticas con Malabo y que, tanto el Gobierno como la iniciativa privada, en cuanto les convenga, incentiven el cruce de negocios entre los dos países. Pero el turismo parlamentario, la presencia —«institucional», según Arístegui— del pueblo español en la represora corte del tirano es un aval a un indeseable modo de Gobierno, un refuerzo que contribuye a la perpetuación de sus desmanes. La presencia de empresas españolas en Guinea es tarea menos institucional y más pragmática. Los caminos de Bono son inescrutables, ya se sabe; pero éste sobresale por su indecorosa oportunidad.

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